Daniel Ferrer
El primer día en una empresa nueva era tan raro como lo recordaba.
Demasiados nombres. Demasiadas presentaciones. Lecturas de reglamentos. Explicaciones sobre las funciones de todo y de todos. Indicaciones. Demasiadas personas diciendo "cualquier cosa que necesites". En fin, demasiadas cosas que captar para ser el primer día.
Después de la reunión de bienvenida con mi nuevo jefe, llegué a la que sería mi oficina, dónde llevaba apenas una hora sentado aquí, reflexionando sobre todas mis decisiones de vida y sobre lo que tendría que hacer en mi nuevo trabajo.
He de decir que me gustaba, realmente me gustaba, mi nuevo jefe era amable y parecía estar muy capacitado para contratar al personal. Todos se veían realmente amables y eficientes, como si todos supieran que estaban detrás del mismo objetivo y se esforzaran por trabajar en sintonía para que funcionara: seguir haciendo crecer a esta empresa. En fin, un ambiente realmente agradable, hasta ahora.
La empresa en general lucía realmente impecable, todo realmente limpio y bien ordenado, las oficinas estaban hechas de modo en que cada trabajador tuviera su propio espacio, aunque las paredes eran de cristal con ligeras persianas que dejaban prácticamente todo el cristal al descubierto, de modo en que podías ver perfectamente todo lo que pasaba afuera y viceversa.
Estaba empezando a poner mis datos en la computadora de mi escritorio cuando escuché unas risas afuera, ligeramente lejos de dónde yo estaba.
Levanté la vista por curiosidad.
Y entonces la ví.
Olvidé completamente lo que estaba haciendo.
Por un momento el tiempo se detuvo al contemplar lo que tenía frente a mí.
Una mujer rubia de piel pálida y ojos del color del mar caminaba por la oficina como si el lugar entero le perteneciera. Vestido rojo ajustado, sin ningún tipo de manga, apenas llegando a mitad de sus muslos, tacones altos de aguja, el cabello cayendo en ondas suaves y sensuales en un solo hombro y ese tipo de belleza absurda que hacía que uno necesitara unos segundos extra para procesarla.
Pero lo peor era su sonrisa.
Porque no era una sonrisa dulce.
Era de esas sonrisas que prometían problemas.
Sentí literalmente como mi cerebro dejaba de funcionar por un momento.
Uno de los tipos del área de ventas iba caminado junto a ella diciendo algo que la hizo reír.
Y Dios.
Ni siquiera sabía que una risa podía verse así de bonita.
Ella siguió caminando mientras revisaba algo en su celular, y mientras lo hacía, prácticamente todos la saludaban o le hacían algún comentario sobre su apareciencia, como si estuviéramos en el instituto y ella fuera la chica más popular.
Ella levantaba la vista ligeramente para responder a los saludos, o responder con un risa a los comentarios que le hacían y luego volvía la vista a la pantalla.
Y, justo cuando pasó frente a mí oficina, levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Perfecto.
Me había quedado mirándola como un idiota y lo peor es que ni me dí cuenta.
Pensé que iba a ignorarme.
En cambio, sonrió de una manera que consideré peligrosa.
Después arqueó una ceja como si claramente hubiera notado que me acababa de dejar sin capacidad mental.
Y si, había pasado exactamente eso.
Desvié la vista hacia mi computadora intentando fingir que estaba trabajando intensamente, aunque probablemente ya era demasiado tarde para salvar mi dignidad.
Escuché unos pasos acercarse.
—¿Así miras a todas las mujeres o solo a las desconocidas?
Levanté la cabeza de golpe.
Ella estaba parada en la puerta de mi oficina.
De cerca era todavía más impresionante.
Genial.
—Depende —respondí intentado sonar normal—. ¿Todas las mujeres son así de distraídamente hermosas?
Ella soltó una risa corta.
—Buen intento.
—¿Funcionó un poco?
—Tal vez un dos por ciento.
Entró a la oficina con normalidad, mirando alrededor.
—Asi que tú eres el nuevo.
—Daniel Ferrer.
—Valeria Alcázar.
Hasta su nombre sonaba peligroso.
Ella se sentó casualmente en la silla frente a mi escritorio como si nos conociéramos desde hace meses.
—¿Y qué tal tu primer día, Daniel?
—Bueno, todavía no huyo llorando al estacionamiento, así que creo que voy bastante bien.
—Dale unas horas.
Sonreí.
Ella también.
Y honestamente empezaba a entender porqué literalmente todos la miraban cuando pasaba.
No era solo porque fuera sexy.
Era porque tenía una energía imposible de ignorar.
—¿Siempre eres tan coqueta con los nuevos o debería sentirme especial? —pregunté.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Te gustaría sentirte especial?
—Mucho.
—Qué rápido tomas confianza.
—Culpa tuya.
Valeria soltó otra risa suave y jugueteó distraídamente con una pluma de mi escritorio.
—Ten cuidado conmigo, Daniel.
—¿Eso fue una amenaza o una invitación?
—Todavía no lo decido.
La forma en que me miró después de decir eso debería ser ilegal dentro de oficinas corporativas.
Definitivamente.
—Bueno, ahora entiendo porqué nadie estaba trabajando allá afuera —dije.
Ella sonrió divertida.
—¿Ah, si?
—Si. Es difícil concentrarse cuando apareces caminando así como si fueras protagonista de una película.
—Eso ha sido, sin duda, el cumplido más exagerado que me han dicho hoy.
—¿Hoy?
—La competencia está fuerte.
Negué con la cabeza riendo.
—Entonces necesito esforzarme más.
Ella se levantó lentamente de la silla.
—Tal vez.
Se acercó un poco al escritorio y tomó mi taza de café.
—¿Esto es lo que estás tomando?
—Sí.
Hizo una cara de desaprobación dramática.
—Qué tragedia
—¿Qué tiene de malo?
—Parece petróleo.
—Eso explica porqué sigo vivo.