Valeria Alcázar
Me gustaba la atención.
Me gustaba sentir eso de que todos te miraran, que todos te halagaran cada que pasabas, ver como todos olvidaban por un momento lo que estaban haciendo cuando saltabas a la vista.
Me gustaba lo que podías conseguir con un par de palabras coquetas y miradas insinuantes.
En fin, me gustaba sentirme sexy, atractiva, deseada.
Porque sabía que lo era.
Y me gustaba mucho, realmente me gustaba más que cualquier otra cosa que hubiera en mi vida.
Aunque también me gustaba mucho la empresa en la que trabajaba, sobre todo por las personas que había aquí.
Muchos chicos atractivos que tenían cara de poder hacerte olvidar todo con un buen polvo.
Y al final, ellos eran los que intentaban acostarse conmigo.
¿Y quién era yo para negarme?
Honestamente, eso nunca me había parecido un problema.
Me parecía un juego simple, pero divertido, muy divertido.
Me gustaba esa sensación de encontrarte con alguien con quién sabes que hay tensión sexual por parte de ambos, sentir y saber que ambos se desean mutuamente, coquetear, las miradas lascivas entre ambos, dejar comentarios insinuantes, juguetear, planear sutilmente el encuentro, hasta que finalmente pasa.
Spoiler: esa era mi parte favorita.
Al día siguiente, cada quien seguía con su vida.
Algunas veces, hasta que el encuentro volvía a pasar.
En el departamento de alguno de los dos, aquí mismo en cualquier oficina, o incluso en los baños de la empresa.
Pero no más.
No hacía falta hablar más que para eso, los hombres lo sabían y yo también.
Y ambas partes estábamos bien con eso.
A ambas partes nos gustaba la diversión y que al terminar no hubiera nada más.
Sin problemas, sin dramas, sin complicaciones.
Fin de la historia.
Solo diversión.
Y, de nuevo, yo estaba perfectamente bien con eso.
—Con ese vestido deberías ser ilegal, Valeria —dijo Andrés apenas me vio entrar al área de marketing.
Le sonreí mientras seguía caminando.
—Qué poético te pusiste hoy.
Él soltó una risa y se acercó un poco más.
—Tú me inspiras cosas.
—Si claro, ya me imagino qué cosas.
El volvió a reír, esta vez más fuerte.
—Pero igual de seguro le dices eso a todas.
—No a todas me las quiero llevar al baño de la oficina.
Solté una carcajada divertida.
—Qué romántico.
Andrés sonrió orgulloso de sí mismo, como si acabara de decir la frase más seductora del planeta.
Y honestamente, así eran prácticamente todos ahí.
Exagerados. Confiados. Intensos.
Pero era divertido.
Además, como ya lo dije, me gustaba coquetear.
Me gustaba hacerlos sonreír, hacer comentarios de vuelta, jugar un rato con la tensión.
Pero sobre todo, dejarlos con ganas de más.
Nunca lo tomaba demasiado en serio.
Seguí caminado hasta mi escritorio mientras varios saludos aparecían en el camino.
—Buenos días, preciosa.
—Te ves demasiado bien hoy.
—¿Ya decidiste arruinarme la vida o todavía no?
Sonreí, respondí un par de bromas y al llegar a mi oficina, me dejé caer en mi silla giratoria y abrí la computadora.
...
Después de un largo rato de estar revisando correos y demás asuntos, me dirigí a la cafetería del piso de abajo.
Al llegar, ví a Camila, una pelirroja de cabello lacio, a punto de prepararse lo que parecía ser un café.
Al verme llegar, me mira brevemente y sigue con lo suyo.
—No puedo creer que ya estés acosando al nuevo.
Giré hacia ella con expresión inocente.
—¿Acosando? Qué palabra tan fea.
Me mira con cara acusatoria, pero divertida.
—Valeria, literalmente fuiste a sentarte a su oficina cinco minutos después de haberlo visto.
Tomé un sorbo del café que ya había preparado mientras hablaba.
—Me gusta ser hospitalaria.
Camila soltó una carcajada.
—Claro. Hospitalaria.
Me recargué en la barra mientras ella seguía riéndose.
—¿Y qué tal está? —pregunta con una mirada insinuante— Porque desde lejos sí se ve bastante bien.
—Esta peligrosamente guapo.
—Uh.
—Si, "uh".
Camila levantó las cejas.
—¿Y ya cayó?
Solté una sonrisa divertida.
—Cayó en el segundo exacto cuando me vio.
—Como todos.
—Como todos.
Y no lo decía con arrogancia.
Era simplemente verdad.
Yo lo sabía.
Los hombres solían ser bastante faciles de leer.
Miradas largas. Excusas tontas para acercarse. Invitaciones disfrazadas de casualidad.
Ya estaba acostumbrada.
Daniel terminaría haciendo lo mismo que hacen todos.
Y sinceramente, no me molestaba la idea.
Porque además de guapo... parecía interesante.
Un tipo que parecía no ser cualquiera.
—¿Entonces te interesa? —preguntó Camila.
Me encogí de hombros.
—Tal vez.
—Eso en tu idioma significa que sí.
—Eso en mi idioma significa que quiero seguir molestándolo un rato.
Camila negó con la cabeza sonriendo.
—Pobre hombre.
—Sobrevivirá.
Aunque honestamente... no estaba segura de eso.
Porque la forma en que me había mirado casi me hizo reír ahí mismo.
Como si realmente hubiera olvidado cómo hablar.
Y no ayudaba nada que fuera tan fácil hacerlo sonrojarse.
Volví a subir unos minutos después y, apenas salí del elevador, ví a Daniel hablando con uno de los chicos de marketing.
Bueno.
"Hablar" es una forma generosa de decirlo.
Porque claramente Daniel estaba fingiendo prestar atención mientras revisaba algo en su celular.
Y sonrió apenas cuando me vio acercarme.
Ah.
Ah, eso era peligroso.
Porque tenía una sonrisa muy bonita.
Algo que no estaba segura de haber visto.
—Mira nada más —dije acercándome—. El nuevo ya está socializando.
El chico de marketing aprovechó inmediatamente para escapar.