La noche de las alas negras
La tormenta había comenzado antes del anochecer.
Las nubes cubrían el cielo como un manto oscuro y pesado, devorando una a una las estrellas sobre el reino de Aeris. El viento atravesaba los bosques del norte con un silbido inquietante, doblando las ramas de los árboles antiguos y apagando las pocas antorchas que permanecían encendidas en las murallas del castillo.
Aquella noche, incluso el palacio parecía tener miedo.
Los guardias caminaban más rápido de lo normal por los corredores de piedra, evitando mirar hacia las ventanas. Nadie hablaba demasiado. Nadie quería mencionar el rumor que llevaba semanas extendiéndose entre los sirvientes.
La maldición había despertado.
En la torre más alta del castillo, encerrado detrás de enormes puertas de hierro, un joven observaba la tormenta desde las sombras. La luz de los relámpagos iluminaba por segundos su rostro pálido y sus ojos grises, cansados, demasiado fríos para alguien de su edad.
Pero no eran sus ojos lo que aterraba al reino.
Eran las alas.
Gigantescas alas negras nacían de su espalda, cubiertas de plumas oscuras que parecían absorber la luz a su alrededor. Eran hermosas y monstruosas al mismo tiempo. Una marca imposible. Una condena.
El príncipe Kael apoyó una mano contra el vidrio empañado de la ventana mientras el trueno hacía temblar la torre.
Podía sentirlo.
Algo estaba cambiando.
Desde niño le habían repetido las mismas palabras:
—Cuando las sombras despierten, el reino caerá.
Una antigua profecía. Un cuento para asustar niños. O eso había intentado creer durante años.
Hasta esa noche.
Porque por primera vez en mucho tiempo, las sombras le susurraban.
Una voz suave. Lejana. Familiar.
Y no venía del castillo.
Venía del bosque prohibido.
Kael cerró los ojos por un instante, intentando ignorarla, pero el sonido se volvió más fuerte. Más desesperado. Como un llamado imposible de detener.
Entonces ocurrió.
Un grito atravesó el viento.
Lejos del reino, oculto entre árboles negros y niebla plateada, algo brilló en medio de la oscuridad. Una luz violeta iluminó el bosque durante apenas un segundo antes de desaparecer.
Y el príncipe entendió que la profecía era real.
No estaba solo.
En algún lugar más allá de las murallas, existía otra persona marcada por las sombras.
Una persona capaz de destruirlo todo.
O salvarlo.
El cielo rugió sobre Aeris mientras Kael extendía lentamente sus alas negras.
Y por primera vez en años… sonrió.