La chica del bosque prohibido
El bosque prohibido nunca dormía.
Incluso durante las horas más silenciosas de la madrugada, cuando el viento dejaba de moverse y la luna desaparecía detrás de las montañas, algo seguía vivo entre aquellos árboles antiguos. Susurros invisibles recorrían la niebla. Las raíces parecían moverse bajo la tierra húmeda y las sombras respiraban como criaturas escondidas en la oscuridad.
Por eso nadie se acercaba allí.
Los habitantes de Aeris crecían escuchando las mismas historias: monstruos que devoraban viajeros, espíritus capaces de robar recuerdos y criaturas nacidas de magia oscura mucho antes de la creación del reino. Las madres cerraban las ventanas antes del anochecer y advertían a sus hijos que jamás cruzaran el límite del bosque.
Porque quienes entraban… no siempre regresaban.
Pero Lyra nunca había tenido miedo.
Quizá porque el bosque era lo único que había conocido.
La joven corría entre los árboles con una facilidad imposible, esquivando raíces y ramas bajas mientras la niebla rozaba el borde de su vestido oscuro. Sus botas apenas hacían ruido sobre las hojas húmedas y su respiración permanecía tranquila a pesar de la velocidad con la que avanzaba.
Era como si perteneciera a aquel lugar.
El arco colgaba de su espalda y un pequeño cuchillo descansaba sujeto a su cintura. No porque quisiera pelear, sino porque el bosque enseñaba rápido que sobrevivir dependía de estar preparado.
Una rama crujió a su izquierda.
Lyra se detuvo inmediatamente.
Sus ojos grises recorrieron la oscuridad.
Silencio.
Luego otro sonido.
Más cerca.
La joven suspiró con cansancio antes de hablar:
—Si vuelves a asustarme, juro que esta vez sí voy a dejarte solo en el río.
Desde unos arbustos apareció una criatura pequeña cubierta de pelaje negro y enormes ojos dorados. Parecía una mezcla entre un zorro y un lobo diminuto. El animal soltó un chillido indignado antes de acercarse a ella.
Lyra sonrió apenas.
—Sabía que eras tú, Nox.
La criatura saltó contra sus piernas y comenzó a girar alrededor suyo con emoción. Ella se agachó para acariciarle la cabeza mientras el viento movía lentamente las hojas sobre ellos.
Por un instante, todo parecía tranquilo.
Hasta que el bosque volvió a susurrar.
Lyra levantó la mirada de inmediato.
Lo había sentido otra vez.
Esa extraña energía.
Fría.
Oscura.
Observó alrededor lentamente. Los árboles permanecían inmóviles, pero algo no estaba bien. Desde hacía semanas el bosque se comportaba de manera extraña. Los animales huían hacia el norte, las sombras parecían más densas durante la noche y aquella sensación incómoda no dejaba de crecer dentro de ella.
Como si algo estuviera despertando.
Nox comenzó a gruñir suavemente.
—Lo sé —murmuró Lyra.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Entonces ocurrió.
Una ráfaga de viento atravesó el bosque con violencia, apagando la pequeña lámpara que colgaba de su mochila. La oscuridad cayó sobre ellos de golpe.
Y las sombras comenzaron a moverse.
Lyra retrocedió un paso.
Las había visto antes. Muchas veces. Formas oscuras que aparecían entre los árboles durante la noche y desaparecían cuando intentaba acercarse. Pero esta vez era diferente.
Esta vez se acercaban.
El corazón comenzó a golpearle más rápido.
Las figuras se deslizaban entre la niebla sin hacer ruido, largas y deformes, como humo vivo arrastrándose sobre la tierra.
Nox gruñó con más fuerza.
—No… —susurró Lyra.
Las sombras nunca cruzaban cierto límite del bosque.
Nunca.
Hasta ahora.
La joven dio otro paso atrás y sintió algo extraño en sus manos. Un calor repentino. Intenso. Familiar.
Miró sus dedos.
Una luz violeta comenzó a extenderse bajo su piel.
Lyra abrió los ojos con horror.
No.
Eso no podía estar pasando.
Intentó ocultar las manos dentro de las mangas de su ropa, como si pudiera detenerlo, pero la luz siguió creciendo. Las sombras a su alrededor parecieron reaccionar inmediatamente.
Se detuvieron.
Como si la reconocieran.
El bosque entero quedó en silencio.
Y entonces una voz atravesó su mente.
—Por fin.
Lyra retrocedió bruscamente.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta.
Solo oscuridad.
Pero la presencia seguía allí.
Observándola.
La luz violeta explotó de repente alrededor de su cuerpo.
Una onda de energía atravesó el bosque y las sombras desaparecieron instantáneamente entre los árboles. El viento rugió con fuerza mientras las ramas se agitaban sobre su cabeza.
Luego todo terminó.
Silencio otra vez.
Lyra cayó de rodillas, respirando agitadamente.
Sus manos temblaban.
Nox se acercó inmediatamente, empujando su brazo con el hocico.
—Estoy bien… —murmuró ella, aunque ni siquiera estaba segura de que fuera verdad.
Miró sus dedos nuevamente.
La luz había desaparecido.
Pero el miedo seguía allí.
Porque aquello no era normal.
Nunca lo había sido.
Desde pequeña, cosas extrañas ocurrían a su alrededor. Objetos moviéndose solos. Sombras reaccionando a sus emociones. Sueños demasiado reales. Pero su madre siempre le había prohibido hablar de eso.
“Ocúltalo.”
Eso era lo único que repetía.
“Pase lo que pase, jamás dejes que alguien vea lo que eres.”
Durante años Lyra obedeció sin hacer preguntas. Porque en Aeris la magia estaba prohibida. Especialmente la magia oscura.
Especialmente las sombras.
La joven respiró profundamente antes de ponerse de pie.
Debía regresar.
Ya había pasado demasiado tiempo fuera de casa.
El camino hasta la pequeña cabaña escondida entre los árboles tomó varios minutos. La niebla era más espesa ahora y el silencio del bosque comenzaba a sentirse incómodo.