El príncipe maldito
El sonido de las campanas despertó al castillo antes del amanecer.
Las torres de Aeris emergían entre la niebla como gigantes de piedra observando el reino desde las alturas. Bajo el cielo gris de la mañana, los sirvientes recorrían los pasillos apresurados mientras los guardias cambiaban turnos junto a las enormes puertas de hierro del palacio.
Todo parecía normal.
Y, sin embargo, el miedo seguía allí.
Se escondía en las miradas rápidas. En los murmullos que se apagaban cuando alguien cruzaba un corredor. En las puertas que se cerraban demasiado rápido.
Porque todos sabían que algo había cambiado.
La tormenta de la noche anterior no había sido una tormenta común.
Las sombras habían despertado otra vez.
Kael observaba el reino desde el balcón de la torre norte, inmóvil bajo el viento helado. La luz gris del amanecer iluminaba parcialmente su rostro, marcando las ojeras oscuras bajo sus ojos y la expresión cansada que parecía acompañarlo siempre.
Detrás de él, enormes alas negras descansaban extendidas parcialmente sobre el suelo de piedra.
Eran demasiado grandes.
Demasiado oscuras.
Demasiado monstruosas para pertenecer a un príncipe.
El viento agitó algunas plumas mientras Kael levantaba lentamente la mirada hacia el bosque que se extendía más allá de las murallas.
Podía sentirlo incluso desde allí.
Algo lo llamaba.
Desde la noche anterior, aquella sensación no había desaparecido ni un solo segundo.
Una presencia.
Una energía idéntica a la suya.
Oscura.
Peligrosa.
Viva.
El príncipe cerró los ojos un instante.
Y volvió a verla.
No un rostro completo. Apenas fragmentos. Cabello oscuro moviéndose entre la niebla. Ojos grises brillando bajo la luna. Una silueta perdida entre árboles antiguos.
La chica del bosque.
La desconocida conectada con las sombras.
Kael abrió los ojos de golpe.
Aquello no era posible.
Durante años creyó ser el único.
El único monstruo.
—Tu padre te está buscando.
La voz hizo que se girara lentamente.
Una mujer alta permanecía de pie junto a las puertas abiertas de la torre. Su vestido azul oscuro rozaba el suelo de piedra y una corona plateada descansaba sobre su cabello negro cuidadosamente recogido.
La reina Selene.
Kael apartó la mirada inmediatamente.
—Entonces ya me encontró.
Selene suspiró apenas antes de acercarse.
A diferencia del resto del reino, ella nunca observaba las alas con miedo. Tampoco con lástima.
Solo con tristeza.
—No has dormido.
—No tenía sueño.
La reina lo observó durante unos segundos.
—Las sombras volvieron a hablarte, ¿verdad?
Kael tensó la mandíbula.
No respondió.
Eso fue suficiente.
Selene apoyó una mano sobre la baranda del balcón mientras el viento agitaba ligeramente su vestido.
—Cada día es más difícil ocultarlo —murmuró.
El príncipe soltó una risa seca.
—¿Ocultarlo? Todo el reino sabe lo que soy.
—No.
La voz de la reina se endureció.
—El reino sabe lo que tu padre les permitió creer.
Kael la miró finalmente.
Y allí estaba otra vez esa sensación incómoda.
Como si su madre supiera cosas que nunca decía.
Como si todos en aquel castillo ocultaran secretos.
—¿Qué ocurrió realmente conmigo? —preguntó de pronto.
Selene quedó en silencio.
El príncipe sintió frustración inmediatamente.
Siempre igual.
Desde niño había escuchado historias distintas sobre su maldición. Algunos decían que había nacido durante un eclipse. Otros que una bruja lo había condenado antes de nacer. Algunos aseguraban que las alas eran un castigo enviado por los dioses.
Pero nadie decía la verdad.
Porque nadie quería hablar de ello.
—Kael…
—Estoy cansado de secretos.
La reina bajó la mirada lentamente.
—Hay cosas que hice para protegerte.
—¿Encerrarme toda mi vida fue protegerme?
El dolor atravesó la expresión de Selene.
Kael inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho, pero ya era tarde.
El silencio volvió a caer entre ambos.
A lo lejos, las campanas sonaron nuevamente.
Entonces las puertas de la torre se abrieron bruscamente.
—Su Majestad lo espera en el salón principal.
El guardia evitó mirar directamente las alas mientras hablaba.
Kael sonrió apenas.
No era una sonrisa amable.
Estaba acostumbrado a eso.
A las miradas incómodas.
Al miedo.
A los susurros.
El monstruo del castillo.
Así lo llamaban algunos sirvientes cuando creían que él no podía escucharlos.
El príncipe pasó junto al guardia sin decir una palabra.
Los pasillos del palacio parecían más fríos aquella mañana. Grandes ventanales dejaban entrar la luz gris del exterior y los nobles que caminaban por allí se apartaban apenas lo suficiente cuando Kael cruzaba cerca de ellos.
Nunca demasiado evidente.
Pero suficiente para notarlo.
Siempre ocurría.
Una mujer incluso hizo que su hijo pequeño bajara la mirada inmediatamente cuando el príncipe pasó junto a ellos.
Kael siguió caminando como si no hubiera visto nada.
Había aprendido a hacerlo hacía años.
El salón principal estaba lleno cuando llegó.
Consejeros, soldados y nobles discutían alrededor de la enorme mesa de madera mientras mapas del reino cubrían gran parte de la superficie.
En la cabecera permanecía sentado el rey Orion.
Su padre.
La corona dorada descansaba sobre su cabello oscuro ya comenzando a cubrirse de canas y sus ojos fríos recorrieron a Kael apenas entró en la habitación.
—Llegas tarde.
—Buenos días para ti también.
Varios consejeros intercambiaron miradas incómodas.
La tensión entre el rey y el príncipe era conocida por todo el castillo.