El silencio que siguió al nombre de Kael fue peor que la tormenta.
La lluvia continuaba golpeando el techo de la cabaña, pero dentro de la habitación el aire parecía haberse detenido por completo. Las velas apagadas dejaban el lugar sumido en una oscuridad inquietante, iluminada apenas por los relámpagos que atravesaban las ventanas.
Lyra no podía apartar la mirada de él.
Del príncipe.
Porque no necesitaba preguntar quién era. Incluso viviendo escondida en el bosque, había escuchado historias sobre el heredero de Aeris. El príncipe maldito. El monstruo de alas negras encerrado en el castillo.
Pero las historias no se parecían a la realidad.
No mencionaban el cansancio en sus ojos.
Ni la sangre que empapaba parte de su ropa.
Ni la tristeza extraña que parecía seguirlo como una sombra.
Kael respiraba agitadamente bajo la lluvia. Una de sus alas estaba herida; varias plumas oscuras permanecían pegadas por la sangre cerca del borde.
Elena fue la primera en reaccionar.
—No puedes estar aquí —dijo con frialdad.
Kael sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Su voz era más grave de lo que Lyra imaginó. Cansada. Como alguien que llevaba demasiado tiempo huyendo de algo.
—Entonces vete.
Lyra giró sorprendida hacia su madre.
—Mamá—
—No.
Elena retrocedió un paso, todavía sujetando el cuchillo.
Había miedo en sus ojos.
Miedo verdadero.
Kael lo notó inmediatamente.
Estaba acostumbrado a eso.
—No vine a hacerles daño —murmuró.
Un trueno sacudió el bosque.
Por un instante, la luz iluminó completamente las alas negras extendidas detrás de él. Eran enormes, cubiertas de plumas oscuras con reflejos plateados bajo la tormenta.
Hermosas.
Y aterradoras.
Lyra sintió nuevamente aquella conexión extraña dentro de su pecho. Como si algo en las sombras la empujara hacia él.
—Está herido —susurró.
Elena cerró los ojos brevemente.
—Lyra…
—Si lo dejamos afuera, va a morir.
Kael soltó una pequeña risa amarga.
—He sobrevivido cosas peores.
Pero incluso mientras lo decía, sus piernas parecían perder fuerza.
La sangre seguía cayendo lentamente desde su ala herida.
Lyra tomó una decisión antes de pensarlo demasiado.
Caminó hacia la puerta.
—Entra.
Elena giró bruscamente.
—¡Lyra!
—No podemos abandonarlo.
Su madre la observó durante largos segundos.
Luego miró al príncipe.
Y algo cambió en su expresión.
Como si estuviera viendo un recuerdo que no quería enfrentar.
Finalmente bajó el cuchillo.
—Solo esta noche.
Kael dudó.
Probablemente esperaba que lo echaran.
La mayoría de las personas lo hacían.
Pero finalmente entró.
La oscuridad pareció seguirlo dentro de la casa.
Las sombras alrededor de las paredes se movieron apenas mientras él avanzaba. Lyra lo notó inmediatamente… y Kael también.
Sus ojos se encontraron por un segundo.
Ambos sintieron lo mismo.
Las sombras reaccionaban a ellos.
Elena cerró rápidamente la puerta antes de caminar hacia la mesa principal.
—Siéntate.
Kael obedeció en silencio.
Nox apareció detrás de Lyra gruñendo suavemente al ver las alas negras. El pequeño animal observó al príncipe con desconfianza antes de esconderse parcialmente detrás de ella.
—Ni siquiera tu criatura confía en mí —dijo Kael con ironía.
—Nox no confía en nadie —respondió Lyra.
Eso arrancó una sonrisa breve del príncipe.
Y fue extraño.
Porque por un instante dejó de parecer peligroso.
Solo parecía… solo.
Elena regresó con vendas y un recipiente lleno de agua caliente.
—Quítate la capa.
Kael dudó apenas.
Luego obedeció lentamente.
Lyra contuvo la respiración.
Las alas ocupaban mucho más espacio sin la tela cubriéndolas. Eran inmensas, naciendo desde su espalda entre marcas oscuras que parecían extenderse bajo su piel como grietas de tinta.
Pero también había heridas.
Cortes recientes atravesaban varias plumas y una parte del ala derecha estaba manchada de sangre.
—¿Qué te ocurrió? —preguntó Lyra.
Kael permaneció en silencio unos segundos.
—Guardias.
Elena levantó la mirada inmediatamente.
—¿Te atacaron?
—Intentaron hacerlo.
La manera en que lo dijo hizo que Lyra entendiera algo importante.
Los guardias no lo habían herido por accidente.
Lo habían cazado.
Elena comenzó a limpiar la sangre con movimientos cuidadosos.
Kael tensó ligeramente la mandíbula cuando el agua tocó la herida, pero no se quejó.
Lyra permanecía frente a él observándolo.
Más de cerca, el príncipe parecía diferente a como lo imaginaba. Su cabello oscuro estaba mojado por la lluvia y algunas pequeñas cicatrices cruzaban parte de su cuello y brazos.
Como si hubiera pasado años peleando contra algo invisible.
—¿Por qué huiste? —preguntó ella finalmente.
Kael soltó una risa seca.
—Porque el castillo dejó de sentirse como un hogar hace mucho tiempo.
Elena terminó de vendar parte del ala antes de hablar.
—El rey nunca habría permitido que salieras solo.
Kael levantó la mirada lentamente.
—Mi padre ya no controla todo lo que ocurre dentro del reino.
Había algo oscuro en esas palabras.
Algo que hizo que Elena se pusiera tensa nuevamente.
Lyra lo notó.
—¿Qué significa eso?
Kael guardó silencio.
Elena también.
Y Lyra sintió crecer otra vez esa frustración insoportable.
Todos parecían saber cosas menos ella.
—Estoy cansada de que me oculten todo —dijo de pronto.
El príncipe la observó fijamente.
—Créeme. A veces es mejor no conocer la verdad.
—Eso mismo dice ella.
Kael miró brevemente a Elena.
—Entonces probablemente tenga razón.