Entre Alas y Sombras

Capítulo 8

Sombras detrás del trono

El viento se volvió más frío.

Lyra permaneció inmóvil en la terraza de la torre mientras observaba el reflejo de la marca plateada sobre su cuello. La luz de la luna atravesaba las nubes por breves instantes, iluminando el símbolo con un brillo suave y fantasmal.

Era exactamente igual al de Kael.

La misma media luna.

Las mismas líneas oscuras rodeándola.

La misma sensación extraña recorriéndole la piel.

—¿Tú también la tienes? —preguntó en voz baja.

Kael parecía tan sorprendido como ella.

Por un instante, toda la dureza de su expresión desapareció.

—Nunca había visto otra igual.

Lyra acercó lentamente los dedos a la marca.

Estaba tibia.

Como si tuviera vida propia.

—¿Qué significa?

El príncipe negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

Pero algo en sus ojos le dijo que aquello tampoco era completamente cierto.

Antes de que pudiera insistir, una voz resonó desde la entrada de la terraza.

—Significa que el tiempo se está acabando.

Ambos giraron inmediatamente.

La aparición plateada permanecía de pie entre las sombras del corredor.

Su figura parecía más débil ahora, como si cada minuto que pasaba consumiera parte de su energía.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Lyra.

La mujer avanzó lentamente.

—Las marcas despiertan cuando los herederos finalmente se encuentran.

Kael cruzó los brazos.

—Hablas como si todo esto hubiera sido planeado.

La aparición lo observó.

—Lo fue.

El silencio cayó sobre la terraza.

Lyra sintió un escalofrío.

—¿Planeado por quién?

La figura levantó la mirada hacia el cielo oscuro.

—Por quienes sabían que algún día el reino volvería a necesitar equilibrio.

Kael soltó una risa sin humor.

—El equilibrio parece estar haciendo un trabajo terrible.

La aparición sonrió apenas.

—Todavía no ha comenzado.

Un trueno lejano atravesó el horizonte.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente, la figura volvió a mirar a Lyra.

—Hay algo que deben ver.

Mientras tanto, muy lejos de la torre, las luces del castillo de Aeris brillaban bajo la lluvia.

El gran salón del trono estaba casi vacío.

Solo unas pocas antorchas iluminaban las enormes columnas de mármol y los vitrales oscuros que recorrían las paredes.

El rey Orion permanecía de pie frente a una ventana.

No parecía un hombre que acabara de recibir buenas noticias.

Sus manos estaban tensas detrás de la espalda.

Su expresión era fría.

Pero detrás de ella había algo más.

Miedo.

—¿Estás seguro?

La pregunta resonó por el salón.

Malik permanecía arrodillado frente al trono.

Su capa negra todavía estaba mojada por la tormenta.

—Lo vi con mis propios ojos.

Orion cerró los ojos durante un instante.

—Ambos.

—Sí, Majestad.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Malik observó cuidadosamente al rey.

Llevaba años sirviéndolo.

Y pocas veces lo había visto tan preocupado.

—La muchacha despertó completamente.

Orion abrió los ojos lentamente.

—Entonces ya es demasiado tarde.

—Todavía podemos encontrarlos.

—No entiendes.

La voz del rey fue más dura de lo habitual.

Malik bajó la cabeza.

Orion caminó lentamente hacia el centro del salón.

—Pasé veinte años evitando exactamente esto.

La lluvia golpeaba los vitrales detrás de él.

—Destruimos Elarion.

—Sí.

—Perseguimos a cada descendiente de las sombras.

—Sí.

—Y aun así sobrevivieron.

Malik guardó silencio.

Porque no tenía respuesta.

Orion observó la oscuridad más allá de las ventanas.

Recordaba aquella noche.

El fuego.

Los gritos.

Las alas negras cubriendo el cielo.

Habían creído que terminaba allí.

Pero algunas historias nunca terminaban realmente.

Solo esperaban.

—Reúne a los cazadores —ordenó finalmente.

Malik levantó la mirada.

—¿Todos?

—Todos.

Aquella respuesta fue suficiente para comprender la gravedad de la situación.

Los cazadores no eran soldados comunes.

Eran los hombres y mujeres entrenados específicamente para combatir magia.

El arma secreta del reino.

—¿Y si los encontramos?

Orion permaneció en silencio varios segundos.

Luego respondió:

—Tráiganlos vivos.

Malik frunció el ceño.

—Majestad…

—Vivos.

El hombre inclinó la cabeza.

Pero mientras abandonaba el salón, una pregunta seguía rondando su mente.

¿Por qué?

Si el rey les había temido durante años...

¿Por qué ahora los quería vivos?

En la torre de Elarion, Lyra y Kael seguían a la aparición a través de corredores cada vez más antiguos.

La estructura parecía diferente en aquella zona.

Más vieja.

Más olvidada.

Las paredes estaban cubiertas por símbolos plateados y raíces oscuras que atravesaban la piedra.

Finalmente llegaron a una enorme puerta circular.

La aparición levantó una mano.

La puerta se abrió lentamente.

Y Lyra dejó de respirar.

Era una biblioteca.

Gigantesca.

Miles de libros cubrían estanterías que se extendían hasta el techo.

Escaleras de madera recorrían varios niveles y pequeñas luces flotaban entre los pasillos como estrellas atrapadas.

—Esto es imposible... —susurró.

Kael parecía igual de sorprendido.

—Creí que había sido destruida.

—No todo se perdió —respondió la aparición.

Lyra avanzó lentamente.

Los libros parecían antiguos.

Mucho más antiguos que cualquier cosa que hubiera visto antes.

Entonces algo llamó su atención.

Un retrato.

Colgado sobre una pared al fondo de la sala.

Una mujer de cabello oscuro observaba desde el lienzo.




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