La voz resonó una segunda vez.
—Si quieren sobrevivir, síganme.
El eco recorrió los corredores de Elarion mientras las antorchas de la biblioteca temblaban violentamente.
Lyra sintió un escalofrío.
Porque aquella voz no pertenecía a la aparición plateada.
Era real.
Humana.
Y provenía de algún lugar profundo dentro de la torre.
Kael reaccionó de inmediato.
Sus alas negras se extendieron ligeramente detrás de él mientras las sombras comenzaban a deslizarse entre las estanterías.
—¿Quién está ahí? —preguntó.
No hubo respuesta inmediata.
Solo silencio.
Luego una figura apareció al final de uno de los corredores ocultos.
Era un anciano.
Alto.
Delgado.
Vestido con una túnica gris oscura cubierta por símbolos plateados.
Su cabello completamente blanco caía sobre los hombros y sus ojos parecían demasiado jóvenes para alguien de su edad.
Elena abrió los ojos con sorpresa.
—No puede ser...
El hombre sonrió apenas.
—Ha pasado mucho tiempo, Elena.
La mujer parecía incapaz de hablar.
—Creí que habías muerto.
—Muchos lo creyeron.
Kael observó la escena con desconfianza.
—¿Quién es?
El anciano lo estudió durante varios segundos.
Y cuando habló, su voz se suavizó.
—La última persona que conoció a tu madre.
El príncipe quedó inmóvil.
La biblioteca pareció congelarse.
—¿Qué?
El hombre inclinó levemente la cabeza.
—Mi nombre es Aedan. Fui uno de los guardianes de Elarion.
La aparición plateada observó al anciano y luego comenzó a desvanecerse lentamente.
—Entonces mi tarea termina aquí.
Lyra dio un paso hacia ella.
—Espera.
La figura sonrió con tristeza.
—Las respuestas que buscan ya no me pertenecen.
Su luz comenzó a apagarse.
—Recuerden esto: las sombras no son el enemigo.
Y desapareció.
El silencio volvió a llenar la biblioteca.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces un estruendo sacudió toda la torre.
Las paredes vibraron.
Polvo cayó desde el techo.
A lo lejos se escucharon gritos.
Kael giró inmediatamente hacia las ventanas.
—Entraron.
Aedan asintió.
—Los cazadores encontraron la entrada principal.
Otro golpe resonó desde los niveles inferiores.
Más cerca.
Más fuerte.
Lyra sintió el miedo crecer dentro de su pecho.
—¿Qué hacemos?
El anciano giró hacia un corredor oculto detrás de las estanterías.
—Vengan conmigo.
No discutieron.
La situación ya era demasiado peligrosa.
Siguieron a Aedan por una serie de pasillos antiguos que descendían cada vez más profundo bajo la torre. El aire se volvía más frío a cada paso y las paredes estaban cubiertas por símbolos luminosos.
—¿Viviste aquí todo este tiempo? —preguntó Lyra.
—No exactamente.
—Entonces, ¿por qué regresaste?
Aedan sonrió.
—Porque sabía que algún día volverían.
Kael caminaba unos pasos detrás.
—¿Nos estabas esperando?
—Sí.
—¿Por qué?
El anciano lo observó brevemente.
—Porque la profecía nunca terminó.
Kael pareció cansado de escuchar aquella palabra.
—Todo el mundo habla de la profecía.
Nadie explica nada.
—Porque la mayoría solo conoce fragmentos.
Llegaron finalmente a una enorme sala subterránea.
Y Lyra se quedó sin aliento.
En el centro de la habitación ardía una llama gigantesca.
Pero no era una llama normal.
Era plateada.
Sus reflejos parecían hechos de estrellas líquidas.
Y aun así no emitía calor.
—¿Qué es eso? —susurró.
Aedan se acercó lentamente al fuego.
—La Llama de la Memoria.
Kael frunció el ceño.
—Creí que era una leyenda.
—Muchas cosas que creías leyendas son reales.
El anciano extendió una mano hacia las llamas.
La luz reaccionó inmediatamente.
Y las imágenes aparecieron.
No sobre las paredes.
Dentro del fuego.
Lyra vio a una mujer.
Lyanna.
La madre de Kael.
Estaba de pie frente a la misma llama.
Y parecía preocupada.
—Si algo nos ocurre —decía la imagen—, ellos deberán saber la verdad.
La voz era clara.
Real.
Kael dio un paso adelante.
Su respiración se volvió más pesada.
La mujer continuó:
—Orion cree que puede controlar las sombras.
Pero se equivoca.
El fuego brilló con más intensidad.
—No comprende lo que está despertando.
La imagen cambió.
Ahora apareció el propio rey.
Más joven.
Discutiendo con Lyanna.
No podían escucharse las palabras.
Pero sí ver el dolor.
La desesperación.
Y finalmente la traición.
El rostro de Kael se endureció.
Aedan observaba en silencio.
La imagen volvió a cambiar.
Esta vez mostraba una habitación oculta dentro del castillo.
Orion hablaba con Malik.
Y las palabras finalmente pudieron escucharse.
—Cuando encontremos el corazón de las sombras, el reino será nuestro.
El silencio cayó sobre la sala.
Lyra sintió frío.
—¿El corazón de las sombras?
Aedan la miró.
—Tú.
La joven se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tu linaje guarda una parte del poder original de las sombras.
Kael giró inmediatamente hacia ella.
—Por eso te buscaron.
Elena cerró los ojos.
Como si siempre hubiera sabido que ese momento llegaría.
—No quería que lo descubrieras así.
Lyra apenas la escuchó.
Porque la llama seguía mostrando imágenes.
Y entonces apareció algo nuevo.
Un mapa.
Antiguo.
Marcado con símbolos extraños.
Aedan se tensó inmediatamente.
—No...
La imagen permaneció unos segundos más.
Suficiente para reconocer un lugar.