Nadie habló.
Nadie se movió.
Toda la cámara permaneció inmóvil mientras la pluma negra descendía lentamente sobre las raíces plateadas del árbol sagrado.
Era pequeña.
Ligera.
Inofensiva.
Y, aun así, todos la observaban con horror.
Porque sabían lo que significaba.
La prisión no había sido destruida.
Pero había sido alcanzada.
Por primera vez en mil años.
Kael seguía de pie junto a Lyra.
Respirando agitadamente.
Las sombras alrededor de su cuerpo se habían calmado, pero la batalla había dejado marcas. Pequeñas líneas oscuras recorrían parte de sus brazos como venas de tinta.
Lyra lo notó inmediatamente.
—Kael...
Él bajó la mirada.
También las vio.
Y por primera vez pareció asustado.
—No duele.
Aedan no parecía tranquilo.
Al contrario.
Su rostro se había vuelto más pálido que nunca.
—Eso es lo que me preocupa.
El silencio volvió.
Orion observaba la pluma negra sin apartar la vista.
Malik dio un paso adelante.
—Majestad...
—No.
La voz del rey fue seca.
Tensa.
—No la toques.
La pluma permanecía inmóvil sobre las raíces.
Pero algo extraño comenzó a ocurrir.
La oscuridad a su alrededor parecía respirar.
Como si estuviera viva.
Como si escuchara.
Como si esperara.
Entonces una raíz plateada se marchitó.
Frente a todos.
El brillo desapareció lentamente.
Y la madera se volvió negra.
Muerta.
Aedan maldijo en voz baja.
—La corrupción comenzó.
Lyra sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
El anciano observó el árbol.
—La prisión y Elarion están conectadas.
Elena comprendió inmediatamente.
—Si una cae...
—La otra también.
El miedo recorrió la cámara.
Porque aquello significaba algo terrible.
No tenían años.
Quizás ni siquiera meses.
El tiempo se estaba acabando.
Horas después, la tormenta seguía golpeando la torre.
Los cazadores habían sido retirados por orden del rey.
Nadie entendía por qué.
Pero Orion no parecía interesado en capturar a Lyra o a Kael.
Ya no.
Ahora parecía preocupado por algo mucho más grande.
La caída de la prisión.
Lyra permanecía sola en una de las terrazas superiores de Elarion.
La lluvia había disminuido.
Las nubes comenzaban a abrirse lentamente.
Y por primera vez en días podía verse la luna.
Una luna enorme.
Plateada.
Hermosa.
Pero ella no podía disfrutarla.
Demasiadas preguntas seguían acumulándose dentro de su cabeza.
Su verdadera madre.
La profecía.
El rey de las sombras.
Kael.
Siempre Kael.
Escuchó pasos detrás de ella.
Y no necesitó girarse para saber quién era.
—Deberías descansar —dijo Kael.
Lyra sonrió apenas.
—Tú tampoco estás descansando.
—Nunca fui bueno en eso.
Ella finalmente se giró.
El príncipe parecía agotado.
Más humano que nunca.
Las sombras ya no se movían a su alrededor.
Y eso resultaba extraño.
Después de todo lo que había ocurrido, la ausencia de oscuridad parecía más inquietante que su presencia.
—¿Cómo te sientes?
Kael apoyó los brazos sobre la baranda de piedra.
—No lo sé.
La sinceridad de la respuesta la hizo sonreír.
—Yo tampoco.
El silencio se instaló entre ambos.
Pero ya no era incómodo.
Era diferente.
Tranquilo.
Como si después de todo lo vivido ya no necesitaran llenar cada espacio con palabras.
Finalmente Kael habló.
—Cuando estaba allí...
Lyra lo observó.
—¿Dónde?
—Con él.
El escalofrío fue inmediato.
—¿Qué viste?
Kael tardó varios segundos en responder.
La luna iluminó su rostro.
Y por un instante pareció mucho más vulnerable de lo habitual.
—No intentó obligarme.
Lyra frunció el ceño.
—¿Qué?
—No me amenazó.
No me atacó.
No hizo nada de eso.
El silencio volvió.
—Entonces ¿qué quería?
Kael bajó la mirada.
—Que lo entendiera.
Aquella respuesta resultó mucho más aterradora.
Porque los monstruos eran fáciles de odiar.
Pero alguien que creía tener razón...
Eso era diferente.
—¿Y tú qué piensas?
El príncipe observó el bosque.
Las montañas lejanas.
La oscuridad del horizonte.
—Creo que está solo.
Lyra quedó inmóvil.
No era la respuesta que esperaba.
—Kael...
—No digo que sea bueno.
No digo que tenga razón.
Pero estaba solo.
Durante siglos.
La tristeza atravesó sus palabras.
Y Lyra comprendió algo.
Kael entendía esa soledad.
Porque él también la había vivido.
Quizás por eso el rey de las sombras había podido acercarse a él.
Porque conocía exactamente qué heridas tocar.
Entonces ocurrió algo extraño.
La marca del cuello de Lyra comenzó a arder.
Suavemente.
No como una advertencia.
Como una llamada.
Kael también lo sintió.
—¿Lo notas?
Ella asintió.
La marca del príncipe brillaba bajo la piel.
Ambas reaccionaban al mismo tiempo.
Al mismo ritmo.
Como si siguieran el latido de un corazón invisible.
Y entonces apareció una luz.
Lejos.
Muy lejos.
En el horizonte.
Más allá del bosque.
Más allá de las colinas.
Hacia el norte.
Las Montañas Grises.
Lyra dejó de respirar.
Porque la luz no era plateada.
Era negra.
Una columna oscura ascendía hacia el cielo nocturno.
Y parecía crecer.
—No... —susurró Kael.
La puerta de la terraza se abrió violentamente.
Aedan apareció corriendo.
Y el miedo en su rostro confirmó lo peor.
—Tenemos que irnos ahora mismo.