El silencio fue absoluto.
Ni siquiera las luces flotantes de la Cámara de los Recuerdos parecían moverse.
Lyra permanecía inmóvil frente a la imagen de Selene.
Su madre.
Su verdadera madre.
Después de toda una vida sin conocerla, finalmente la tenía delante.
Y aun así, las palabras que acababa de escuchar hicieron que el frío recorriera todo su cuerpo.
—¿Algo peor? —susurró.
La imagen de Selene asintió lentamente.
La tristeza llenó sus ojos violetas.
—La mayor mentira de nuestra historia fue hacer creer al mundo que la prisión fue creada para encerrar al rey de las sombras.
Aedan parecía incapaz de respirar.
—No...
Selene levantó la mirada.
—Porque él nunca fue el verdadero enemigo.
El silencio cayó sobre la cámara.
Kael observó la imagen con atención.
—Entonces ¿qué encerraron allí?
La figura de Selene tardó varios segundos en responder.
Como si incluso pronunciar aquel nombre resultara peligroso.
Finalmente habló.
—La Devoradora.
Todas las luces de la sala parpadearon.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y por primera vez desde que comenzaron aquellas revelaciones, Aedan retrocedió un paso.
—Creí que era un mito.
—Eso era exactamente lo que debía creer el mundo.
Lyra sintió un escalofrío.
—¿Qué es la Devoradora?
Las imágenes alrededor de ellos comenzaron a cambiar.
La Cámara de los Recuerdos respondió a las palabras de Selene.
Las paredes desaparecieron.
El techo desapareció.
Y de pronto estaban observando una visión antigua.
Un mundo diferente.
Más antiguo que cualquier reino conocido.
Más antiguo que Elarion.
Más antiguo que Aeris.
Ciudades enteras cubrían los valles.
Torres gigantescas brillaban bajo la luz de dos lunas.
Y entonces llegó la oscuridad.
No una oscuridad normal.
Algo vivo.
Una sombra inmensa descendió desde el cielo.
Cubriendo montañas.
Ocultando estrellas.
Devorando todo lo que tocaba.
Lyra sintió terror.
Porque aquello no parecía una persona.
Ni una criatura.
Parecía un vacío.
Un hambre imposible.
—Hace miles de años —explicó Selene— existió una entidad nacida del desequilibrio entre la luz y las sombras.
La visión continuó.
Ejércitos enteros luchaban.
Magos.
Guardianes.
Reyes.
Todos cayendo ante aquella presencia.
—La llamaron la Devoradora porque consumía magia, recuerdos y vida.
Kael observó la visión sin apartar la mirada.
—¿Y el rey de las sombras?
La imagen cambió nuevamente.
Y apareció un hombre.
Alto.
Cubierto por una armadura oscura.
Con enormes alas negras.
Pero sus ojos no eran crueles.
Ni monstruosos.
Estaban llenos de determinación.
—Él fue quien la detuvo.
El silencio explotó dentro de la cámara.
Lyra abrió los ojos con sorpresa.
Aedan parecía petrificado.
—Eso no puede ser verdad.
Selene sonrió tristemente.
—La historia fue escrita por quienes sobrevivieron.
La visión mostró al rey de las sombras liderando a miles de guerreros.
Luchando.
Cayendo.
Volviendo a levantarse.
Hasta llegar finalmente a una montaña gigantesca.
Las Montañas Grises.
—La prisión fue creada para sellar a la Devoradora.
La imagen mostró enormes puertas cerrándose.
Runas brillando.
Sacrificios.
Magia antigua.
Y entonces algo inesperado.
El rey de las sombras entrando voluntariamente.
Encerrándose junto a ella.
El corazón de Lyra dejó de latir un instante.
—¿Se sacrificó?
Selene asintió.
—Alguien debía vigilar el sello desde dentro.
Nadie habló.
Porque aquello cambiaba todo.
Todo.
Las guerras.
Las leyendas.
La prisión.
La profecía.
Todo.
Kael observaba la visión con una intensidad que Lyra nunca había visto.
Porque por primera vez estaba contemplando la historia de alguien que compartía su sangre.
Y no veía un monstruo.
Veía un héroe.
Entonces la imagen de Selene se volvió más seria.
—Pero el sello comenzó a debilitarse hace siglos.
El miedo regresó inmediatamente.
—¿Por qué? —preguntó Lyra.
—Porque la magia que lo mantenía estable dependía del equilibrio.
La respuesta llegó antes de que terminara de hablar.
—La luz y las sombras —murmuró Kael.
Selene asintió.
—Cuando comenzó la persecución de los descendientes de las sombras, el equilibrio se rompió.
Aedan cerró los ojos.
—Orion...
—No fue el único responsable.
Pero ayudó a acelerar la caída.
La culpa pareció llenar la sala.
Incluso a la distancia.
Incluso sin estar presente.
Lyra sintió un peso en el pecho.
—Entonces la profecía...
—No habla de destrucción.
Habla de restauración.
La imagen de Selene la observó directamente.
—Tú y Kael nunca estuvieron destinados a abrir la prisión.
Estaban destinados a repararla.
El silencio volvió.
Y por primera vez en mucho tiempo, una pequeña esperanza apareció dentro de Lyra.
Quizás todavía podían detener aquello.
Quizás todavía existía una forma.
Entonces ocurrió.
Uno de los cristales explotó.
La luz se hizo añicos.
Todos se sobresaltaron.
Luego explotó otro.
Y otro.
Y otro más.
Miles de grietas comenzaron a recorrer la Cámara de los Recuerdos.
Aedan palideció.
—No...
La imagen de Selene también comenzó a distorsionarse.
—Escúchenme.
No queda mucho tiempo.
Las palabras se interrumpían.
Como si algo estuviera interfiriendo.
—Deben encontrar...
La imagen tembló.
—La Llave de Plata...