Entre Alas y Sombras

Capítulo 20

La Llave de Plata

El silencio cayó sobre la Cámara de los Recuerdos.

Incluso la criatura nacida del vacío pareció detenerse.

Todos observaron al rey.

Orion permanecía de pie junto a la entrada de la sala, con la capa oscura agitada por una corriente invisible.

Por primera vez no parecía un rey.

Ni un conquistador.

Ni un enemigo.

Parecía un hombre cansado.

Un hombre que llevaba demasiado tiempo huyendo de sus propios errores.

—Yo sé dónde está la Llave de Plata —repitió.

Kael lo observó con frialdad.

—¿Y recién ahora decides decirlo?

Orion soportó la mirada de su hijo.

—Porque esperaba no tener que usarla jamás.

La criatura soltó una especie de risa.

Un sonido horrible.

Vacío.

Sin emoción.

—Sigues escondiendo secretos, Orion.

El rey ignoró aquella voz.

Su atención estaba puesta en Lyra y Kael.

—La Llave de Plata no es un objeto.

El silencio volvió.

Aedan frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá.

Orion avanzó lentamente hacia el centro de la sala.

Las sombras del vacío parecían evitarlo.

Como si reconocieran algo.

Como si recordaran algo.

—Hace siglos, cuando la prisión fue creada, los guardianes comprendieron que ningún sello duraría para siempre.

La criatura comenzó a caminar alrededor de ellos.

Observándolos.

Escuchándolos.

Esperando.

—Por eso crearon una última protección.

Una protección que solo podría activarse cuando el equilibrio estuviera al borde de desaparecer.

Lyra sintió un escalofrío.

Porque ya sabía lo que venía.

Lo presentía.

—La Llave de Plata es una persona.

El corazón de Lyra se detuvo.

Kael también pareció comprenderlo.

Y ambos miraron a Orion al mismo tiempo.

—No... —susurró Lyra.

El rey bajó la mirada.

—Sí.

Aedan cerró los ojos.

Como si una vieja pieza finalmente hubiera encajado.

—Selene.

Orion asintió.

—Selene fue la última guardiana de la Llave.

El silencio se volvió insoportable.

—Pero ella murió —dijo Kael.

—Sí.

—Entonces la llave desapareció.

—No.

La voz de Orion tembló por primera vez.

—La heredó su hija.

Todos giraron hacia Lyra.

La marca de su cuello comenzó a brillar.

La energía violeta respondió inmediatamente.

Y la verdad cayó sobre ella como una tormenta.

—Yo...

—Tú eres la Llave de Plata.

La criatura sonrió.

Por primera vez parecía verdaderamente satisfecha.

—Por eso la busqué.

El miedo recorrió la sala.

Porque todo cobraba sentido.

Las persecuciones.

La profecía.

La obsesión de Orion.

La muerte de Selene.

Todo.

Siempre había sido por ella.

—No entiendo —dijo Lyra.

Orion respiró profundamente.

—La Llave puede reforzar el sello.

O destruirlo para siempre.

El silencio explotó.

—¿Qué?

—Todo depende de quién la use.

La criatura comenzó a acercarse.

Paso a paso.

Lentamente.

Como un depredador.

—Ella ya decidió.

—¡No! —gritó Kael.

Las sombras estallaron a su alrededor.

La criatura retrocedió apenas.

Pero seguía sonriendo.

—Lo eligió cuando te eligió a ti.

Aquellas palabras atravesaron la sala.

Y algo dentro de Kael se congeló.

Porque comprendió inmediatamente lo que intentaba hacer.

Separarlos.

Sembrar dudas.

Crear miedo.

La misma estrategia que había utilizado durante siglos.

Lyra también lo comprendió.

Y por eso avanzó.

Directamente hacia la criatura.

Aedan abrió los ojos.

—¡Lyra!

Pero ella no se detuvo.

La energía violeta brillaba cada vez más intensamente.

—Tienes miedo.

La criatura quedó inmóvil.

—¿Miedo?

—Sí.

Por primera vez la voz de Lyra sonó firme.

Segura.

—Porque después de mil años sigues intentando dividir a las personas.

Las sombras del vacío comenzaron a agitarse.

—Porque sabes que no puedes ganar de otra forma.

La criatura permaneció en silencio.

Y aquel silencio fue una respuesta.

Entonces la energía dentro de Lyra despertó.

Más fuerte que nunca.

Más brillante.

Más antigua.

La Cámara de los Recuerdos comenzó a iluminarse nuevamente.

Los cristales rotos brillaron.

Las columnas despertaron.

Las runas reaparecieron.

Y la voz de Elarion resonó una vez más.

—La heredera ha elegido.

La criatura retrocedió.

Por primera vez.

No un paso.

Varios.

Porque algo estaba cambiando.

Algo importante.

La Llave de Plata finalmente estaba despertando.

Y la Devoradora lo sabía.

Por eso atacó.

Toda la oscuridad de la cámara explotó al mismo tiempo.

Miles de sombras líquidas se lanzaron hacia Lyra.

Kael reaccionó instantáneamente.

Las alas negras se extendieron.

Las sombras chocaron contra el vacío.

La colisión sacudió la montaña entera.

Cristales estallaron.

Piedras cayeron desde el techo.

La Cámara de los Recuerdos comenzó a derrumbarse.

—¡Tenemos que salir! —gritó Aedan.

Pero ya era tarde.

Una grieta gigantesca atravesó el suelo.

Luego otra.

Y otra más.

La montaña estaba rompiéndose.

La Devoradora rugió.

Un rugido tan inmenso que hizo temblar el mundo.

Y entonces ocurrió algo imposible.

Desde el norte.

Desde las Montañas Grises.

Una segunda columna apareció en el cielo.

Pero esta vez no era negra.

Era plateada.

Brillante.

Pura.

Hermosa.

Toda la cámara quedó iluminada por aquella luz.




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