La luz plateada atravesó el cielo.
Incluso desde las profundidades de Elarion podía verse.
Una columna inmensa que nacía en las Montañas Grises y se elevaba más allá de las nubes.
Más allá de las estrellas.
Más allá de cualquier cosa que los presentes hubieran visto jamás.
Toda la Cámara de los Recuerdos tembló.
Las grietas seguían expandiéndose por las paredes.
Fragmentos de cristal caían desde el techo.
Y aun así, nadie podía apartar la vista de aquella luz.
Porque todos comprendían lo mismo.
El rey de las sombras había despertado.
La Devoradora rugió.
Un sonido lleno de odio.
De rabia.
De hambre.
—No.
Por primera vez, aquella voz parecía alterada.
Aterrada.
Lyra sintió un escalofrío.
—Le tiene miedo.
Aedan asintió lentamente.
—Porque él fue quien la encerró.
La criatura nacida del vacío comenzó a retroceder.
Las sombras líquidas que cubrían el suelo parecían agitadas.
Inquietas.
Como animales que perciben la llegada de un depredador.
Entonces una nueva voz resonó en toda la montaña.
Profunda.
Calma.
Antigua.
—Mil años y sigues huyendo.
El silencio cayó.
La Devoradora tembló.
Y la oscuridad de la cámara pareció contraerse.
Como si aquella sola voz bastara para debilitarla.
Kael sintió algo extraño dentro de su pecho.
Un latido.
Una llamada.
Una conexión.
La misma que había sentido durante semanas.
Pero ahora era diferente.
Ya no era una presencia lejana.
Ahora estaba despierta.
Y se acercaba.
—Lo siento —susurró.
Lyra giró hacia él.
—¿Qué ocurre?
Kael se llevó una mano al corazón.
—Puedo sentirlo.
La respuesta fue suficiente.
Porque todos sabían de quién hablaba.
A cientos de kilómetros de allí, las puertas de la prisión se habían abierto.
Solo una.
La primera.
Pero había sido suficiente.
La montaña entera estaba cubierta por grietas luminosas.
Runas antiguas brillaban sobre las piedras.
Y en medio de todo aquello se encontraba una figura.
Alta.
Inmóvil.
Cubierta por una armadura negra agrietada por líneas plateadas.
Dos enormes alas descansaban detrás de su espalda.
No eran amenazantes.
No eran monstruosas.
Parecían cansadas.
Como si hubieran soportado el peso de siglos.
El rey de las sombras observó el horizonte.
Sus ojos grises brillaban bajo la tormenta.
Los mismos ojos de Kael.
Exactamente los mismos.
Y por primera vez en mil años...
sonrió.
Porque podía sentirlo.
Su heredero estaba vivo.
La Cámara de los Recuerdos continuaba derrumbándose.
—¡Tenemos que salir! —gritó Aedan.
Una columna cayó detrás de ellos.
El impacto sacudió el suelo.
Kael reaccionó inmediatamente.
—Por aquí.
Las sombras atravesaron los escombros y abrieron un camino hacia la salida.
Todos comenzaron a correr.
Lyra apenas podía seguir el ritmo.
Las paredes se quebraban.
Los cristales explotaban.
Y la oscuridad del vacío continuaba extendiéndose.
La Devoradora no intentaba perseguirlos.
Estaba haciendo algo peor.
Escapando.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Lyra.
Orion observó la oscuridad.
Y palideció.
—Está reuniéndose.
—¿Qué significa eso?
—Solo vimos una parte de ella.
El miedo recorrió al grupo.
—¿Una parte?
Aedan asintió.
—Lo que enfrentamos era apenas un fragmento.
La respuesta hizo que el silencio se volviera insoportable.
Porque si aquello era solo un fragmento...
¿qué tan poderosa era realmente la Devoradora?
Finalmente alcanzaron la salida.
La enorme puerta circular comenzó a cerrarse detrás de ellos.
Las runas brillaron intensamente.
Y cuando el sello terminó de cerrarse, los rugidos desaparecieron.
Solo quedó silencio.
Pesado.
Agotado.
Nadie habló durante varios segundos.
Entonces Orion se giró hacia Lyra.
—Tenemos que llegar a las Montañas Grises.
—¿Para qué?
—Porque el rey de las sombras no despertó por casualidad.
Kael observó a su padre.
—¿Qué quieres decir?
Orion tardó unos instantes en responder.
Y cuando lo hizo, su voz sonó más seria que nunca.
—Despertó porque el sello está a punto de romperse.
El miedo regresó.
—Entonces debemos ayudarlo —dijo Lyra.
Pero Orion negó lentamente.
—No.
El silencio cayó.
—¿No?
—Si el sello cae completamente, tendrá que tomar una decisión.
Aedan comprendió antes que los demás.
Y abrió los ojos con horror.
—No...
Kael frunció el ceño.
—¿Qué decisión?
El rey observó directamente a su hijo.
Y por primera vez parecía realmente triste.
—Elegir entre salvar el mundo...
o salvarte a ti.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Kael sintió un vacío abrirse dentro de su pecho.
—¿Qué?
Orion respiró profundamente.
—Porque tú eres el último vínculo entre él y el exterior.
El último heredero de su sangre.
El último fragmento de su poder.
Lyra sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Qué estás diciendo?
La respuesta llegó como una sentencia.
—Si el rey de las sombras quiere restaurar completamente el sello...
necesitará recuperar todo lo que le pertenece.
Y eso incluye a Kael.
El silencio se volvió absoluto.
Nadie habló.
Nadie respiró.
Porque todos comprendieron la posibilidad que acababa de aparecer.
El rey de las sombras no era el enemigo.
Pero eso no significaba que fuera a detenerse.
Y si Orion tenía razón...