Entre Alas y Sombras

Capítulo 22

La sangre del guardián

La noticia cayó sobre el grupo como una espada.

"El rey de las sombras está a punto de reclamar a su heredero."

Kael permaneció inmóvil.

Ni siquiera las sombras se movían.

Por primera vez desde que comenzó todo, parecía incapaz de reaccionar.

Lyra dio un paso hacia él.

—No tiene por qué ser verdad.

Pero ni siquiera ella sonó convencida.

Orion bajó la mirada.

—Ojalá me equivocara.

El silencio volvió a instalarse.

Pesado.

Doloroso.

Entonces un nuevo temblor recorrió Elarion.

Más fuerte que todos los anteriores.

Las paredes vibraron.

Las antorchas se apagaron.

Y durante un instante toda la torre quedó sumida en la oscuridad.

Luego apareció la luz.

Una luz plateada.

Suave.

Antigua.

Que atravesó los corredores como un río brillante.

Aedan abrió los ojos.

—Está aquí.

Kael sintió inmediatamente aquella presencia.

La misma energía de las visiones.

La misma voz.

La misma sangre.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Porque ahora estaba cerca.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

La luz continuó avanzando por los pasillos de Elarion.

No destruía.

No quemaba.

No atacaba.

Simplemente avanzaba.

Como si la torre la reconociera.

Como si la hubiera estado esperando.

Las puertas se abrían solas a su paso.

Las runas despertaban.

Las antiguas piedras brillaban.

Y entonces una voz resonó por toda la estructura.

Calma.

Profunda.

Poderosa.

—Elarion.

Cuánto tiempo.

El silencio cayó sobre la torre.

Lyra sintió un escalofrío.

Porque aquella voz no sonaba como la de un monstruo.

Sonaba como la de un hombre cansado.

Un hombre que había soportado demasiado.

—Está dentro —susurró Elena.

Aedan asintió.

—Sí.

Y la torre le permitió entrar.

Nadie respondió.

Porque aquello era peor de lo que imaginaban.

Si Elarion reconocía al rey de las sombras...

entonces él realmente había sido uno de sus guardianes.

Uno de sus protectores.

Uno de los suyos.

Los pasos resonaron en los corredores.

Lentos.

Firmes.

Seguros.

Kael sintió que cada paso parecía acercarse directamente a él.

La conexión entre ambos era cada vez más intensa.

Más imposible de ignorar.

Y entonces comprendió algo.

El rey de las sombras no lo estaba buscando.

Lo estaba encontrando.

Porque siempre había sabido dónde estaba.

Siempre había podido sentirlo.

Simplemente había esperado.

Mil años.

Esperando.

Lyra tomó la mano de Kael.

El príncipe la observó.

Y por primera vez había miedo en sus ojos.

No miedo a la oscuridad.

No miedo a la guerra.

Miedo a la verdad.

—No quiero irme.

La voz apenas fue un susurro.

Pero Lyra la escuchó.

Y sintió cómo el corazón se rompía un poco.

—No vas a ninguna parte.

Kael intentó sonreír.

—Ojalá fuera tan simple.

Entonces las enormes puertas del salón principal comenzaron a abrirse.

Lentamente.

Con un sonido grave.

Antiguo.

Todos se giraron.

Soldados.

Guardianes.

Aedan.

Elena.

Orion.

Todos.

Y cuando las puertas terminaron de abrirse...

el rey de las sombras apareció.

El silencio fue absoluto.

Era alto.

Más de lo que Lyra había imaginado.

Su armadura negra estaba cubierta por cicatrices de batalla.

Las líneas plateadas que recorrían el metal parecían estrellas atrapadas en la oscuridad.

Las enormes alas descansaban detrás de su espalda.

Pero lo que más sorprendió a todos fueron sus ojos.

No eran aterradores.

No eran crueles.

Estaban llenos de tristeza.

Una tristeza tan profunda que parecía imposible de medir.

El rey observó la sala.

Luego observó a Orion.

Y durante un segundo ninguno habló.

Finalmente fue él quien rompió el silencio.

—Sigues vivo.

Orion soltó una risa amarga.

—Tú también.

El rey de las sombras inclinó apenas la cabeza.

—Por desgracia.

Aquella respuesta sorprendió a todos.

Porque no había arrogancia en ella.

Ni orgullo.

Solo cansancio.

Entonces sus ojos encontraron a Kael.

Y el mundo pareció detenerse.

Durante largos segundos ninguno habló.

Porque no hacía falta.

Ambos podían sentirlo.

La sangre compartida.

La conexión.

La historia.

Todo.

El rey dio un paso adelante.

—Así que eres tú.

Kael permaneció inmóvil.

—¿Mi heredero?

El príncipe tragó saliva.

No sabía qué responder.

El hombre sonrió apenas.

Y por primera vez la expresión fue cálida.

Humana.

—Te pareces a ella.

El silencio cayó nuevamente.

—¿A quién?

La sonrisa desapareció.

—A tu madre.

Kael sintió que el corazón dejaba de latir.

Porque nadie hablaba de Lyanna.

Nadie.

El rey de las sombras cerró los ojos.

Como si el recuerdo doliera.

—Era valiente.

Más de lo que jamás comprendió.

Orion apartó la mirada.

La culpa apareció nuevamente en su rostro.

Pero el rey no dijo nada.

No lo acusó.

No lo atacó.

No lo culpó.

Simplemente volvió a mirar a Kael.

—He esperado mucho tiempo para conocerte.

La emoción en aquellas palabras resultó inesperada.

Y quizás por eso fue tan difícil ignorarlas.

Entonces una nueva vibración recorrió Elarion.

Más fuerte.

Más violenta.

Las ventanas estallaron.

Las columnas temblaron.

Y un rugido atravesó el cielo.

La Devoradora.

Todos reaccionaron inmediatamente.

El rey de las sombras levantó la mirada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.