El silencio fue devastador.
Las palabras del rey de las sombras parecían haber vaciado el aire del salón.
"Alguien deberá permanecer encerrado con ella."
Nadie habló.
Nadie se movió.
Porque todos comprendían lo que aquello significaba.
Mil años atrás, el rey había entrado voluntariamente en la prisión para contener a la Devoradora.
Ahora el sello se estaba rompiendo.
Y alguien debía ocupar su lugar.
Lyra sintió un nudo en el estómago.
—No.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
El rey de las sombras la observó.
Sus ojos grises estaban llenos de una tristeza infinita.
—Ojalá existiera otra solución.
—Entonces encontraremos una.
La voz de Lyra tembló.
—Siempre hay otra forma.
El antiguo guardián sonrió apenas.
No una sonrisa feliz.
Una sonrisa cansada.
—Eso mismo decía Selene.
El silencio volvió.
Kael observó al hombre frente a él.
Aquel hombre que durante toda su vida había sido presentado como un monstruo.
Y que ahora parecía más humano que cualquiera de los presentes.
—¿Por qué no lo dijiste? —preguntó.
El rey levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—La verdad.
—Porque nadie la habría creído.
La respuesta fue sencilla.
Dolorosamente sencilla.
Y probablemente cierta.
Durante siglos el mundo había necesitado un villano.
Y él había sido el candidato perfecto.
Alas negras.
Sombras.
Poder.
Todo encajaba demasiado bien.
Entonces una nueva explosión sacudió Elarion.
Más fuerte que las anteriores.
Parte del techo se agrietó.
Fragmentos de piedra cayeron sobre el suelo.
La Devoradora estaba creciendo.
Cada minuto que pasaba se volvía más fuerte.
Más libre.
Más cercana.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Aedan.
El rey guardó silencio.
Luego respondió:
—Poco.
Demasiado poco.
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Horas después, el grupo se reunió en la sala más antigua de Elarion.
Una cámara circular donde antiguamente los guardianes tomaban decisiones.
El ambiente estaba cargado de tensión.
Nadie encontraba una solución.
Nadie encontraba esperanza.
Porque todas las respuestas parecían conducir al mismo final.
Un sacrificio.
Lyra caminaba de un lado a otro.
Negándose a aceptarlo.
—Debe existir otra manera.
—Llevamos siglos buscándola —respondió Aedan.
—Entonces busquemos más.
—Lyra...
—No.
Ella giró hacia todos.
La energía violeta brilló bajo su piel.
—No pienso aceptar que la única solución sea encerrar a alguien para siempre.
El silencio cayó sobre la sala.
Y entonces alguien habló.
—Quizás tengas razón.
Todos giraron.
Era el rey de las sombras.
Permanecía junto a una de las ventanas observando la tormenta.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Kael.
El hombre permaneció pensativo.
—Durante mil años estuve dentro de la prisión.
Aprendí cosas.
Vi cosas.
Recordé cosas.
La atención de todos se concentró en él.
—La prisión fue diseñada para contener a la Devoradora.
Pero nunca fue diseñada para destruirla.
Aedan frunció el ceño.
—Porque se creía imposible.
—Exactamente.
El rey se giró lentamente.
—Pero quizá estaban equivocados.
Por primera vez una chispa de esperanza apareció en la habitación.
—¿Existe una forma? —preguntó Lyra.
El hombre no respondió inmediatamente.
Y aquello fue suficiente para que el miedo regresara.
—Existe una posibilidad.
—¿Cuál?
El rey observó a Lyra.
Luego a Kael.
—El equilibrio completo.
El silencio volvió.
—No entiendo —dijo Lyra.
—La Devoradora nació cuando la luz y las sombras dejaron de coexistir.
La explicación hizo que todos prestaran atención.
—Es un vacío.
Una herida.
Una ruptura.
Y las rupturas no se sellan con más fuerza.
Se sellan restaurando aquello que fue roto.
Aedan abrió los ojos lentamente.
—Equilibrio absoluto...
El rey asintió.
—La Llave de Plata.
Y el Heredero de las Sombras.
Todos comprendieron al mismo tiempo.
Lyra y Kael.
Siempre había sido ellos.
Desde el principio.
La profecía jamás habló de destrucción.
Jamás habló de guerra.
Hablaba de unión.
Entonces una nueva voz resonó en la sala.
Pero no provenía de nadie presente.
Provenía de la propia torre.
—El camino existe.
Las runas comenzaron a iluminarse.
Las paredes brillaron.
Y una imagen apareció en el centro de la habitación.
Un mapa.
Antiguo.
Cubierto por símbolos plateados.
Aedan se quedó sin aliento.
—No puede ser.
El rey de las sombras observó la imagen.
Y por primera vez pareció sorprendido.
—El Santuario del Origen.
Lyra observó el mapa.
En él aparecía una ubicación desconocida.
Mucho más allá de las Montañas Grises.
Más allá incluso de los territorios conocidos.
—¿Qué es ese lugar?
El rey respondió con voz grave.
—Donde nació el equilibrio.
Donde fueron creadas la luz y las sombras.
El silencio llenó la sala.
—Si existe una manera de destruir a la Devoradora para siempre...
está allí.
Una nueva esperanza surgió entre ellos.
Pequeña.
Frágil.
Pero real.
Sin embargo, antes de que alguien pudiera hablar, la puerta del salón se abrió violentamente.
Un guardián irrumpió corriendo.
Pálido.
Aterrado.
—¡Señor!
Todos se giraron.
—¿Qué ocurre?
El hombre apenas podía respirar.
—Las Montañas Grises...
El miedo atravesó la habitación.