El silencio desapareció.
Fue reemplazado por el miedo.
Un miedo tan profundo que incluso las antiguas piedras de Elarion parecían sentirlo.
El guardián permanecía de pie en la entrada del salón, respirando agitadamente.
—La segunda puerta... —repitió Aedan—. ¿Estás seguro?
El hombre asintió.
—Los observadores del norte enviaron el mensaje hace unos minutos.
Nadie habló.
Porque todos comprendían la gravedad de aquella noticia.
La primera puerta había permitido que la influencia de la Devoradora escapara de la prisión.
Pero la segunda...
La segunda nunca debía abrirse.
El rey de las sombras cerró lentamente los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos, la tristeza había desaparecido.
Ahora solo quedaba determinación.
—Tenemos que partir inmediatamente.
Una hora después, Elarion era un caos organizado.
Guardianes recorrían los corredores.
Mensajeros iban y venían.
Antiguos mapas eran desplegados sobre grandes mesas de piedra.
Por primera vez en siglos, la torre despertaba por completo.
Como si hubiera estado esperando este momento.
Lyra observaba el movimiento desde una de las terrazas superiores.
El viento agitaba su cabello.
A lo lejos, en el horizonte, la columna negra seguía creciendo.
Más alta.
Más oscura.
Más amenazante.
Y ahora otra columna había aparecido junto a ella.
Una segunda grieta en el mundo.
Una segunda herida.
—No deberías estar sola.
Lyra sonrió sin girarse.
—Tú tampoco.
Kael se apoyó sobre la baranda a su lado.
Durante varios segundos ninguno habló.
Ambos observaban las luces lejanas.
Las montañas.
La tormenta.
El destino acercándose.
Finalmente Kael rompió el silencio.
—¿Tienes miedo?
Lyra soltó una pequeña risa.
—Mucho.
—Yo también.
Aquella confesión los hizo sonreír.
Porque era sincera.
Porque era real.
Porque ya no necesitaban fingir fortaleza frente al otro.
—¿Crees que podamos lograrlo?
Kael permaneció observando el horizonte.
—No lo sé.
La respuesta era honesta.
—Pero sé algo.
Lyra giró hacia él.
—¿Qué?
Los ojos grises del príncipe se encontraron con los suyos.
Y por un instante el resto del mundo desapareció.
—No quiero enfrentar esto sin ti.
El corazón de Lyra se aceleró.
Aquellas palabras significaban más de lo que Kael probablemente imaginaba.
Ella bajó la mirada.
Intentando ocultar la sonrisa que aparecía en sus labios.
—Tendrás que soportarme entonces.
—Parece que sí.
Y por primera vez en días, ambos rieron.
Una risa pequeña.
Breve.
Pero suficiente para recordarles que seguían vivos.
Mientras tanto, en las profundidades de las Montañas Grises...
La oscuridad respiraba.
Las gigantescas puertas de la prisión estaban abiertas.
Dos de los siete sellos habían caído.
Las runas antiguas parpadeaban débilmente.
Como estrellas moribundas.
Y en el centro de aquel abismo imposible, una figura observaba las grietas.
La Devoradora.
Todavía incompleta.
Todavía atrapada.
Pero cada vez más libre.
Una sonrisa apareció en su rostro de sombras.
Porque ya podía sentirlos.
La Llave de Plata.
El Heredero.
Acercándose.
Exactamente como había previsto.
Entonces una figura apareció detrás de ella.
Envuelta por oscuridad.
Oculta bajo una capa negra.
La Devoradora no se giró.
—Has cumplido tu parte.
La figura inclinó la cabeza.
—Como prometí.
La voz era femenina.
Suave.
Desconocida.
—La segunda puerta está abierta.
—Y pronto abrirás la tercera.
La mujer sonrió.
—Por supuesto.
El silencio se instaló.
Entonces la Devoradora habló nuevamente.
—¿Ellos sospechan algo?
—No.
—¿Ni siquiera Lyra?
—Menos que nadie.
La sonrisa oscura se amplió.
Porque el enemigo más peligroso aún permanecía oculto.
Entre aliados.
Entre amigos.
Esperando.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Al amanecer, el grupo partió de Elarion.
Aedan.
Elena.
Lyra.
Kael.
Y el rey de las sombras.
Los guardianes observaban desde las murallas mientras cruzaban los antiguos portones.
El viaje hacia el Santuario del Origen había comenzado.
Pero ninguno de ellos sabía cuánto cambiaría todo antes de llegar.
Porque el mapa mostrado por Elarion ocultaba secretos.
Secretos que incluso el rey de las sombras desconocía.
Y mientras avanzaban hacia el norte, una tercera presencia comenzó a despertar.
Más antigua que los reinos.
Más antigua que la prisión.
Más antigua incluso que la Devoradora.
Algo que había permanecido dormido desde el nacimiento del mundo.
Y que acababa de sentir el movimiento del equilibrio.
El juego estaba cambiando.
Y esta vez, no solo el destino del reino estaba en peligro.
Sino el destino de toda la creación.