—¡KAEL!
La voz de Lyra resonó por todo el valle.
Pero ya era demasiado tarde.
Las gigantescas puertas del Santuario del Origen se habían cerrado.
Un muro de luz plateada se elevó entre ambos.
Impenetrable.
Inquebrantable.
Lyra corrió hacia él.
Intentó atravesarlo.
La energía la rechazó inmediatamente.
Una fuerza invisible la obligó a retroceder varios pasos.
—¡No!
Kael golpeó el otro lado con el puño.
Las sombras estallaron alrededor de su brazo.
Pero la barrera ni siquiera se movió.
La entidad alada observaba la escena sin expresión alguna.
—¡Ábrelas! —ordenó Kael.
La figura permaneció inmóvil.
—La prueba ha comenzado.
—¡No puedes separarnos!
La voz de Lyra tembló.
Por primera vez en mucho tiempo sintió verdadero pánico.
No por la Devoradora.
No por Arkan.
No por la guerra.
Sino por perderlo.
La entidad giró lentamente la cabeza hacia ella.
Y sus ojos de luz parecieron atravesarla.
—Precisamente por eso.
El silencio cayó.
Lyra frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
La respuesta llegó como un susurro que pareció llenar el mundo.
—El equilibrio no puede nacer de la dependencia.
Nadie comprendió completamente aquellas palabras.
Pero la entidad ya no estaba prestándoles atención.
Su mirada permanecía fija en Kael.
—Heredero de las sombras.
Luego en Lyra.
—Llave de Plata.
El aire vibró.
Las puertas comenzaron a brillar.
Y antes de que ninguno pudiera reaccionar...
la luz los envolvió.
Kael cayó de rodillas.
La sensación fue extraña.
Como atravesar un sueño.
Cuando levantó la cabeza, el mundo había desaparecido.
Ya no estaba frente al Santuario.
Ya no veía el valle.
Ni a Lyra.
Ni a nadie.
Solo existía una inmensa llanura negra.
Vacía.
Silenciosa.
Infinita.
—¿Dónde estoy?
Una voz respondió.
—En tu verdad.
Kael giró rápidamente.
Pero no había nadie.
Entonces el suelo comenzó a brillar.
Y aparecieron imágenes.
Recuerdos.
Fragmentos de su vida.
Su infancia.
Los entrenamientos.
Las miradas de miedo.
Los rumores.
Los susurros.
"Está maldito."
"Es un monstruo."
"Un día perderá el control."
Kael observó aquellas escenas sin decir nada.
Llevaba años intentando ignorarlas.
Pero allí estaban.
Todas.
Esperándolo.
La voz volvió.
—¿Qué eres?
Kael cerró los puños.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes?
Las imágenes cambiaron.
Ahora mostraban algo diferente.
El día en que casi destruyó una aldea durante uno de sus primeros episodios de oscuridad.
Las personas huyendo.
Los niños llorando.
El miedo en los ojos de todos.
—¿Qué eres?
La pregunta resonó nuevamente.
Más fuerte.
Más profunda.
Más cruel.
Y por primera vez...
Kael no tuvo una respuesta.
Mientras tanto, Lyra apareció en otro lugar.
Un jardín.
Hermoso.
Inmenso.
Lleno de flores plateadas.
El viento movía suavemente los árboles.
Y durante un instante todo parecía perfecto.
Demasiado perfecto.
—¿Dónde estoy?
—En tu verdad.
La misma voz.
La misma presencia.
Lyra avanzó entre las flores.
Y entonces vio algo.
Una casa.
Pequeña.
Hermosa.
Familiar.
Su corazón se aceleró.
Porque la reconoció.
Era la casa donde había crecido.
La casa que había perdido.
La casa que había extrañado durante años.
La puerta se abrió.
Y una mujer apareció.
Lyra dejó de respirar.
—Mamá...
Selene sonrió.
La misma sonrisa de sus recuerdos.
La misma sonrisa de sus sueños.
—Ven.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente.
—No eres real.
—¿Importa?
La pregunta la atravesó.
Porque una parte de ella quería correr hacia esa ilusión.
Quería abrazarla.
Quería quedarse.
Quería olvidar la guerra.
Olvidar el destino.
Olvidar todo.
Selene extendió una mano.
—Ya sufriste demasiado.
La voz era suave.
Amorosa.
Perfecta.
—Quédate.
Lyra sintió cómo su corazón se rompía.
Porque era exactamente lo que más deseaba.
Pero algo estaba mal.
Muy mal.
—No.
La sonrisa de Selene vaciló.
—¿Qué?
—Mi madre jamás me pediría que abandonara a las personas que amo.
El jardín tembló.
La ilusión comenzó a agrietarse.
Y entonces la figura sonrió.
Pero ya no era Selene.
Era la entidad del Santuario.
—Correcto.
El paisaje desapareció.
Como humo.
Como un sueño.
Como una mentira.
En el mundo real, fuera de las puertas del Santuario, el resto del grupo esperaba.
Aedan.
Nerys.
Elena.
Orion.
Y el rey de las sombras.
Nadie hablaba.
Todos observaban las enormes puertas cerradas.
Entonces el rey de las sombras levantó lentamente la cabeza.
Su expresión cambió.
El miedo apareció en sus ojos.
—No.
Nerys se giró inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
El antiguo guardián observaba el horizonte.
Y cuando los demás siguieron su mirada...
comprendieron.
Una cuarta columna negra acababa de aparecer.
La cuarta puerta se había abierto.
Pero eso no era lo peor.
Porque delante de ella...
volando hacia el Santuario...
venía Arkan.
Y no estaba solo.
Miles de figuras oscuras avanzaban junto a él.