Entre Alas y Sombras

Capítulo 30

La batalla del Santuario

El cielo desapareció.

No porque hubiera caído la noche.

Sino porque miles de criaturas oscuras cubrían el horizonte.

Eran sombras vivientes.

Seres deformados nacidos de la corrupción.

Algunos conservaban forma humana.

Otros parecían bestias imposibles.

Todos avanzaban hacia el Santuario del Origen.

Y al frente de aquel ejército volaba Arkan.

Las enormes alas rotas dejaban un rastro rojo en el aire.

Sus ojos brillaban como brasas encendidas.

Y cada aleteo hacía temblar la tierra.

El silencio cayó sobre el valle.

Nadie necesitaba preguntar.

La guerra había comenzado.

Dentro del Santuario, Kael seguía atrapado en la prueba.

La llanura oscura continuaba extendiéndose hasta el infinito.

La voz resonó nuevamente.

—¿Qué eres?

Kael cerró los ojos.

Durante toda su vida había intentado responder aquella pregunta.

Príncipe.

Monstruo.

Maldito.

Heredero.

Ninguna respuesta parecía suficiente.

Las imágenes siguieron apareciendo.

Su infancia.

El rechazo.

La soledad.

El miedo.

Y luego algo diferente.

Lyra.

Su primera discusión.

Su primer encuentro en el bosque.

Las veces que lo desafió.

Las veces que creyó en él cuando nadie más lo hizo.

La voz volvió.

—¿Qué eres?

Kael abrió los ojos.

Y finalmente comprendió.

—No soy mi maldición.

La oscuridad tembló.

—No soy el miedo de los demás.

Las imágenes comenzaron a romperse.

—No soy el error de nadie.

La llanura se agrietó.

Y entonces levantó la cabeza.

—Soy Kael.

El mundo explotó en luz.

La oscuridad desapareció.

Y por primera vez la voz guardó silencio.

Mientras tanto, Lyra enfrentaba su propia prueba.

La ilusión de Selene había desaparecido.

Pero otra apareció.

Mucho más cruel.

Mucho más peligrosa.

Frente a ella había un trono.

Sobre él se encontraba ella misma.

Más poderosa.

Más fuerte.

Más segura.

Una reina.

La Llave de Plata completamente despierta.

—Podrías salvarlos a todos.

La versión de sí misma sonrió.

—¿Y cuál es el problema?

—El precio.

El silencio cayó.

La reina se puso de pie.

—Siempre existe un precio.

Lyra sintió miedo.

Porque aquella figura no estaba equivocada.

—¿Qué quieres decir?

La otra Lyra la observó.

—Que cuando llegue el momento...

tendrás que elegir.

La voz se volvió más suave.

Más triste.

—Y no podrás salvar a todos.

Aquellas palabras atravesaron su corazón.

Porque una parte de ella sabía que eran verdad.

Las historias no terminaban sin sacrificios.

Las guerras no terminaban sin pérdidas.

Y aun así...

—No.

La reina arqueó una ceja.

—¿No?

Lyra respiró profundamente.

Y recordó algo.

A Kael.

A Nerys.

A Selene.

Al rey de las sombras.

A todas las personas que habían luchado.

—No aceptaré un destino escrito por otros.

El trono comenzó a romperse.

—Encontraré otro camino.

La ilusión se agrietó.

La reina sonrió.

Y por primera vez parecía orgullosa.

—Esa era la respuesta.

El mundo desapareció.

En el exterior, la batalla había comenzado.

Las primeras criaturas alcanzaron el valle.

Orion lideró la defensa.

Las espadas brillaban.

La magia iluminaba el campo de batalla.

Elena invocó muros de fuego plateado.

Aedan utilizó antiguas runas para contener a los enemigos.

Nerys luchaba junto a ellos.

Y por primera vez nadie dudaba de qué lado estaba.

Pero el enemigo era demasiado numeroso.

Demasiado grande.

Demasiado rápido.

Entonces una sombra gigantesca descendió desde el cielo.

Arkan.

El impacto de su aterrizaje abrió una grieta en el valle.

Los guardianes salieron despedidos.

El viento rugió.

Y el ejército oscuro se detuvo.

Esperando.

Observando.

Porque incluso ellos temían a su líder.

Arkan levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos encontraron inmediatamente al rey de las sombras.

Durante varios segundos ninguno habló.

Dos hermanos.

Dos guardianes.

Dos leyendas.

Separados por mil años.

Finalmente Arkan sonrió.

—Sigues vivo.

El rey de las sombras avanzó unos pasos.

—Y tú sigues perdido.

La sonrisa desapareció.

—No estoy perdido.

La corrupción roja comenzó a extenderse por las alas de Arkan.

—Por fin veo la verdad.

El aire vibró.

La tierra tembló.

Y el rey de las sombras desenvainó una espada negra que parecía hecha de noche líquida.

Por primera vez desde que había despertado...

estaba dispuesto a luchar.

—Entonces tendré que recordártela.

Las alas de ambos se desplegaron.

Oscuridad contra corrupción.

Pasado contra presente.

Hermano contra hermano.

Y justo cuando estaban a punto de enfrentarse...

las puertas del Santuario comenzaron a abrirse.

Una luz inmensa atravesó el valle.

Todos se detuvieron.

Todos miraron.

Porque dos figuras emergían desde el interior.

Lyra.

Y Kael.

Pero algo había cambiado.

La marca del cuello de Lyra brillaba como plata líquida.

Y las sombras de Kael ya no eran oscuras.

Ahora estaban atravesadas por luz.

La prueba había terminado.

Y el equilibrio acababa de despertar.

Sin embargo, antes de que nadie pudiera celebrar...

la esfera central del Santuario se agrietó.

Una sola grieta.

Pequeña.

Silenciosa.

Pero suficiente.

Porque desde su interior comenzó a salir una luz dorada desconocida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.