La grieta dorada continuaba expandiéndose sobre el Santuario.
Cada segundo era más grande.
Más profunda.
Más imposible.
Y del otro lado...
algo observaba.
Algo tan inmenso que la mente humana era incapaz de comprender su verdadera forma.
Lyra sintió que le faltaba el aire.
No porque aquella presencia fuera malvada.
Sino porque parecía existir más allá de cualquier concepto de bien o mal.
Más allá de la vida.
Más allá de la muerte.
Más allá del tiempo.
El Primero levantó lentamente la mirada hacia la grieta.
Y sonrió.
Como un hijo viendo regresar a su padre.
—Por fin.
El rey de las sombras avanzó inmediatamente.
—No.
Su voz resonó por todo el valle.
Firme.
Decidida.
—No permitiré que vuelva.
La entidad dorada lo observó con algo parecido a la compasión.
—Sigues sin comprender.
—Comprendo perfectamente.
Las sombras comenzaron a envolver al antiguo guardián.
—Fui creado para detenerte.
El Primero suspiró.
—No.
Fuiste creado para servirme.
El silencio cayó.
Entonces una explosión de energía atravesó el campo de batalla.
Las sombras del rey se elevaron.
La luz del Santuario respondió.
Y por primera vez desde que despertó...
El Primero pareció molesto.
—¡Alguien explique qué está pasando!
La voz de Kael rompió el silencio.
Porque ya nadie podía seguir entendiendo aquella guerra.
La Devoradora.
Arkan.
El Primero.
La grieta.
Todo parecía formar parte de una historia mucho más antigua.
Una historia que les habían ocultado.
El rey de las sombras observó a Kael.
Luego a Lyra.
Y finalmente habló.
—Antes del mundo existía una sola conciencia.
La grieta dorada vibró.
Como si escuchara.
—No tenía nombre.
No tenía forma.
No tenía límites.
Simplemente existía.
Todos escuchaban en silencio.
—Pero incluso los seres eternos pueden cometer errores.
El Primero cerró los ojos.
—Y tuvo miedo.
Aquella palabra sorprendió a todos.
Miedo.
—¿Miedo de qué? —preguntó Lyra.
La respuesta llegó desde la Devoradora.
—De estar solo.
La criatura había aparecido en el horizonte.
Ya no ocultaba su forma.
Ya no intentaba permanecer escondida.
Por primera vez veía a Lyra sin odio.
Sin furia.
Solo con tristeza.
—Por eso nos creó.
El silencio cayó.
—¿Nos creó? —susurró Nerys.
La Devoradora asintió.
—Creó la luz.
Las sombras.
El tiempo.
Las estrellas.
Los mundos.
Todo.
El aire se volvió pesado.
—Pero algo salió mal.
La criatura observó a El Primero.
—Nos dio libertad.
Y la libertad significa elección.
El Primero bajó la mirada.
—La peor decisión de mi existencia.
La respuesta provocó escalofríos.
Porque no había rabia en su voz.
Solo decepción.
—Los seres que creé comenzaron a cambiar.
A decidir.
A pensar.
A soñar.
Y finalmente...
A desafiarme.
El rey de las sombras apretó la espada.
—Porque querían vivir.
La entidad dorada sonrió.
—Porque olvidaron quién los creó.
La grieta continuó creciendo.
Y la presencia detrás de ella comenzó a manifestarse con mayor claridad.
No tenía forma fija.
A veces parecía una estrella.
A veces una tormenta.
A veces un océano infinito.
Era como si todas las cosas existieran dentro de ella al mismo tiempo.
Lyra sintió que la Llave de Plata ardía.
La energía del equilibrio reaccionaba violentamente.
Y entonces comprendió algo.
—Tú no quieres regresar.
Todos se giraron hacia ella.
El Primero la observó.
Curioso.
—¿No?
—No.
Lyra dio un paso adelante.
—Quieres empezar de nuevo.
El silencio cayó.
Y por primera vez...
El Primero sonrió de verdad.
—Eres inteligente.
El miedo atravesó a todos.
Porque Lyra tenía razón.
La entidad no quería gobernar el mundo.
No quería conquistarlo.
No quería destruirlo por odio.
Quería reiniciarlo.
Borrarlo.
Y crear uno nuevo.
Un mundo sin errores.
Sin rebeldía.
Sin libertad.
Sin dolor.
Sin elección.
Un mundo perfecto.
Y precisamente por eso...
Un mundo muerto.
Arkan observó la grieta.
Y algo comenzó a cambiar en él.
La corrupción roja vibró.
Inestable.
Debilitándose.
—Todo este tiempo...
El rey de las sombras lo miró.
—Arkan.
Su hermano bajó lentamente la cabeza.
—Todo este tiempo creí que luchaba por la verdad.
La locura desaparecía de sus ojos.
Poco a poco.
Como una niebla disipándose.
—Y solo era otro peón.
La Devoradora soltó una amarga carcajada.
—Bienvenido al club.
Por primera vez en siglos...
ambos compartieron el mismo enemigo.
Entonces la voz de la entidad detrás de la grieta resonó.
No la voz de El Primero.
Otra.
Mucho más antigua.
Mucho más poderosa.
Una voz capaz de hacer temblar las estrellas.
—HIJO.
El Primero se arrodilló.
Inmediatamente.
Como si fuera incapaz de hacer otra cosa.
El mundo entero pareció inclinarse.
Montañas.
Océanos.
Bosques.
Todo.
Y la grieta se abrió completamente.
Lyra sintió que el corazón se detenía.
Porque algo estaba cruzando.
Algo imposible.
El final de la creación.
El comienzo de otra.
Pero justo cuando aquella presencia comenzó a manifestarse...
la marca de Lyra y las sombras de Kael brillaron al mismo tiempo.
Una explosión de luz plateada y oscuridad luminosa atravesó el cielo.