El universo contuvo el aliento.
La voz había sido firme.
Serena.
No había gritado.
No había amenazado.
Y, sin embargo, había logrado lo imposible.
La inmensa presencia detrás de la grieta dorada se detuvo.
El tiempo dejó de avanzar.
Las hojas suspendidas en el aire dejaron de caer.
Las llamas de la batalla quedaron inmóviles.
Las gotas de lluvia permanecieron flotando como pequeños cristales.
Todo estaba detenido.
Excepto Lyra.
Excepto Kael.
Excepto El Primero.
Y el rey de las sombras.
—No puede ser... —susurró Orion.
Desde el centro del Santuario comenzó a elevarse una esfera de luz plateada.
No era tan brillante como el sol.
Era más cálida.
Más tranquila.
Transmitía paz.
La esfera ascendió lentamente hasta colocarse entre la grieta y el mundo.
Entonces se abrió.
Como una flor.
Y una figura apareció en su interior.
Era una mujer.
Vestía una túnica blanca atravesada por hilos plateados y negros que parecían moverse como si estuvieran vivos.
Su largo cabello cambiaba de color con cada movimiento del viento: a veces era oscuro como la noche, otras veces brillaba como la luna.
Sus ojos eran distintos.
El izquierdo era completamente plateado.
El derecho, negro con diminutos destellos de luz.
Lyra sintió que una lágrima recorría su mejilla sin saber por qué.
No conocía a aquella mujer.
Pero una parte de su alma sí.
La figura sonrió con dulzura.
—Han pasado muchos siglos...
Su voz era la misma que había pronunciado aquellas palabras:
"Todavía no."
Kael dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
La mujer lo observó con una mezcla de orgullo y tristeza.
—Muchos me dieron nombres distintos.
Los primeros guardianes me llamaban el Corazón del Equilibrio.
Otros simplemente me llamaban...
Elyria.
El rey de las sombras inclinó lentamente la cabeza.
Como si estuviera saludando a una reina.
—Creí que habías desaparecido.
Ella sonrió.
—No.
Solo esperaba.
El Primero permanecía arrodillado.
Su expresión había cambiado por completo.
Ya no parecía seguro.
Por primera vez...
Parecía preocupado.
—No deberías existir.
Elyria lo miró con calma.
—Y, sin embargo, aquí estoy.
—Yo destruí tu esencia.
—Solo destruiste mi cuerpo.
El silencio envolvió el valle.
Lyra frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Elyria giró hacia ella.
—Hace incontables eras, cuando el Creador dio origen a la existencia, comprendí algo que él nunca aceptó.
Lyra escuchaba sin apartar la vista de ella.
—La perfección no puede sostenerse.
Necesita el cambio.
Necesita el error.
Necesita la esperanza.
La mujer extendió una mano.
Y entre sus dedos apareció una pequeña semilla luminosa.
—Un jardín donde nunca cae una hoja...
está muerto.
El Primero apretó los puños.
—El caos solo trae sufrimiento.
—También trae amor.
La respuesta fue inmediata.
Silenciosa.
Pero devastadora.
Porque nadie pudo refutarla.
La mirada de Elyria recorrió lentamente a todos los presentes.
Se detuvo en Nerys.
Luego en Arkan.
Después en el rey de las sombras.
Finalmente llegó hasta Lyra y Kael.
Y sonrió.
—Ahora lo comprendo.
Kael frunció el ceño.
—¿Qué comprendes?
—Por qué fueron ustedes.
Lyra sintió que la marca de su cuello comenzaba a latir.
—No fueron elegidos por la profecía.
La profecía fue escrita...
porque ustedes existirían.
El silencio cayó.
—¿Qué significa eso? —preguntó Lyra.
Elyria levantó una mano.
Dos pequeñas luces aparecieron frente a ella.
Una plateada.
Una negra.
Comenzaron a girar lentamente alrededor de la otra.
Sin tocarse.
Sin separarse.
—Durante siglos creí que el equilibrio consistía en mantener separadas la luz y las sombras.
Las dos luces siguieron girando.
—Estaba equivocada.
Entonces ambas comenzaron a acercarse.
Hasta unirse.
No desaparecieron.
No se destruyeron.
Crearon una tercera luz.
Una completamente nueva.
Hermosa.
Viva.
De un color imposible de describir.
—El equilibrio no consiste en impedir que los opuestos se encuentren.
Consiste en permitir que se transformen mutuamente.
Kael comprendió antes que nadie.
—Nosotros...
Elyria asintió.
—Tú no representas las sombras.
Y Lyra no representa la luz.
Ustedes representan la posibilidad de que ambas dejen de ser enemigas.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Y entonces el rey de las sombras sonrió por primera vez desde que había despertado.
Una sonrisa auténtica.
Llena de esperanza.
—Por eso el Santuario los eligió.
No para luchar.
Sino para cambiar lo que siempre creímos.
Sin embargo, El Primero comenzó a reír.
Al principio fue una risa suave.
Luego más fuerte.
Hasta convertirse en una carcajada que hizo vibrar el cielo.
—Hermoso discurso.
La grieta dorada volvió a expandirse.
La presencia detrás de ella rugió.
—Pero llegan demasiado tarde.
Todos levantaron la vista.
Mientras hablaban...
La quinta columna negra había aparecido en el horizonte.
Cinco de las siete puertas estaban abiertas.
Solo quedaban dos sellos.
La Devoradora cerró los ojos.
—No...
El rey de las sombras apretó la espada.
—No tenemos tiempo.
El Primero se puso lentamente de pie.
Ya no parecía preocupado.
Volvía a sonreír.
—El final ya comenzó.