La grieta de luz se abrió bajo los pies de Lyra y Kael.
Todo ocurrió en un instante.
El suelo desapareció.
El Santuario.
La batalla.
Las montañas.
El cielo.
Todo se desvaneció en un torbellino de luz y sombras entrelazadas.
Lyra sintió la mano de Kael aferrarse a la suya.
Con fuerza.
No la soltó.
Ella tampoco.
Después de todo lo vivido, aquel contacto se había convertido en una promesa silenciosa.
Pase lo que pase, no nos separaremos.
El mundo volvió a existir.
Pero no era el mismo.
Se encontraban sobre una inmensa superficie de cristal transparente.
Bajo sus pies no había tierra.
Había estrellas.
Miles de millones de ellas.
Galaxias enteras giraban lentamente debajo del cristal, como si estuvieran caminando sobre el propio universo.
No existía un horizonte.
Solo un cielo infinito cubierto por constelaciones que cambiaban de forma constantemente.
El aire era cálido.
Y, sin embargo, no había viento.
—¿Dónde estamos...? —susurró Lyra.
Una voz respondió detrás de ellos.
—En el lugar donde todo comenzó.
Elyria apareció caminando sobre el cristal como si hubiera estado allí desde siempre.
Su túnica brillaba con una intensidad distinta.
Más viva.
Más antigua.
—Este es el Primer Latido.
Kael observó maravillado el universo bajo sus pies.
—¿Esto... es real?
—Más real que cualquier reino que hayan conocido.
Elyria extendió una mano.
En el centro de aquella inmensidad apareció una esfera del tamaño de un corazón humano.
No era de luz.
No era de sombra.
Latía.
Cada pulsación hacía vibrar las estrellas.
Cada latido parecía dar vida al universo entero.
Lyra sintió que las lágrimas acudían a sus ojos sin motivo.
—Es hermoso...
—Porque de aquí nació toda existencia.
La voz de Elyria se volvió solemne.
—Mientras este corazón siga latiendo...
el universo vivirá.
Kael dio un paso hacia la esfera.
Sintió una energía inmensa envolviéndolo.
No había miedo.
Solo paz.
Entonces escuchó algo.
Un latido.
Después otro.
Y otro.
No provenían del corazón.
Provenían de él.
Y de Lyra.
Al mismo tiempo.
Elyria sonrió.
—Ya lo sienten.
—¿Qué sentimos? —preguntó Lyra.
—Que ustedes también forman parte de este lugar.
Muy lejos de allí, en el Santuario del Origen, la batalla continuaba.
Orion y Arkan cruzaban espadas mientras las criaturas corruptas rodeaban las murallas.
El rey de las sombras luchaba como en los antiguos tiempos.
Cada movimiento de su espada destruía decenas de enemigos.
Pero por cada criatura que caía...
dos más aparecían.
Nerys protegía a Elena mientras Aedan reforzaba las barreras del Santuario.
La quinta puerta abierta había debilitado el equilibrio del mundo.
Y todos podían sentirlo.
Las montañas comenzaban a resquebrajarse.
Los ríos cambiaban de curso.
El cielo adquiría un tono rojizo.
La creación entera estaba enfermando.
Entonces Arkan retrocedió unos pasos.
Respiraba con dificultad.
La corrupción recorría nuevamente su cuerpo.
Más intensa que antes.
El rey de las sombras lo miró con tristeza.
—Resiste.
Arkan sonrió con amargura.
—Estoy intentando...
Pero ya era evidente.
La corrupción estaba recuperando el control.
En el Primer Latido, Elyria se detuvo frente al corazón del universo.
—Escuchen con atención.
La esfera emitió una nueva pulsación.
Esta vez más fuerte.
Más profunda.
Y alrededor de ellos comenzaron a aparecer imágenes.
No eran recuerdos.
Eran fragmentos del futuro.
Lyra vio ciudades en ruinas.
Océanos desapareciendo.
Bosques convertidos en cenizas.
Vio a la Devoradora enfrentando al Creador.
Vio al rey de las sombras caer de rodillas.
Vio a Nerys llorando junto al cuerpo de alguien.
Intentó distinguir quién era.
Pero la imagen cambió demasiado rápido.
Luego apareció otra.
Ella y Kael.
Frente al corazón del universo.
Tomados de la mano.
Y una espada hecha de luz y sombras entrelazadas descansaba frente a ellos.
—¿Qué significa eso? —preguntó Kael.
Elyria respondió con voz serena.
—Ese es el único poder capaz de enfrentar al Creador.
Lyra observó la espada.
Era hermosa.
Y, al mismo tiempo, desprendía una inmensa sensación de responsabilidad.
—¿Podemos usarla?
Elyria negó lentamente.
—Todavía no.
—¿Por qué?
La mujer los miró a ambos.
Y por primera vez parecía dudar.
—Porque la espada no se forja con magia.
Ni con poder.
Ni con sangre.
El silencio se instaló.
—Entonces... ¿con qué?
Elyria respiró profundamente.
—Con una elección.
Kael sintió un escalofrío.
—¿Qué clase de elección?
La respuesta tardó unos segundos en llegar.
—Cuando llegue el momento...
uno de ustedes deberá renunciar a aquello que más ama.
El corazón de Lyra se detuvo por un instante.
Miró a Kael.
Él también la estaba mirando.
Ninguno dijo una palabra.
No hacía falta.
Ambos comprendieron exactamente qué significaban aquellas palabras.
Y ambos pensaron lo mismo.
Nunca permitiré que sea él.
Sin embargo, ninguno sabía que el otro acababa de tomar esa misma decisión.
Muy por encima de ellos, una sexta columna negra atravesó el cielo.
La sexta puerta acababa de abrirse.
Solo quedaba una.
Y cuando la última cayera...
ya no habría vuelta atrás.
Continuará...