Entre Alas y Sombras

Capítulo 36

El sacrificio de un hermano

El tiempo pareció detenerse.

Las palabras de Arkan quedaron suspendidas en el aire como una sentencia.

—Fui yo quien abrió la última puerta.

Nadie reaccionó.

Nadie podía hacerlo.

El rey de las sombras observó a su hermano con los ojos llenos de incredulidad.

—No...

Arkan cayó de rodillas.

Sus manos temblaban mientras la corrupción recorría su cuerpo como venas de fuego.

Las alas desgarradas comenzaron a deshacerse en fragmentos oscuros.

Cada respiración era un esfuerzo.

Cada segundo, una batalla.

—Yo... no quería hacerlo...

Su voz se quebró.

—Pero la corrupción nunca abandonó mi mente.

Solo... esperaba.

Esperaba el momento adecuado.

El rey dio un paso hacia él.

—Arkan, escúchame.

Todavía puedes luchar.

Arkan levantó lentamente la cabeza.

Por un breve instante, el brillo rojo desapareció de sus ojos.

Volvieron a ser grises.

Los mismos ojos que compartía con su hermano.

—Lo intenté...

Una lágrima descendió por su mejilla.

—Durante mil años.

El silencio envolvió el campo de batalla.

—Cada vez que recuperaba el control... cerraba una grieta.

Cada vez que volvía la oscuridad... abría otra.

Nunca fui libre.

Nunca.

El rey de las sombras sintió un nudo en la garganta.

Había odiado la decisión de encerrarlo.

Había cargado con aquella culpa durante un milenio.

Y ahora comprendía que su hermano había seguido luchando incluso dentro de la prisión.

Solo.

Olvidado por todos.

En el Primer Latido, el último círculo de luz terminó de agrietarse.

Un sonido profundo recorrió el universo.

No era una explosión.

Era el ruido de una puerta gigantesca abriéndose.

La séptima.

La última.

Lyra sintió que el corazón del universo latía con desesperación.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Luego comenzó a debilitarse.

Elyria cerró los ojos.

—Ya no hay sellos.

Kael apretó los puños.

—Entonces debemos regresar.

La guardiana asintió.

—Sí.

Pero antes...

Los miró con una intensidad que los hizo guardar silencio.

—Prométanme una cosa.

Lyra dio un paso adelante.

—¿Qué?

Elyria sonrió con tristeza.

—No permitan que el miedo decida por ustedes.

Aquellas palabras parecían dirigidas a ambos.

Porque conocía el secreto que ninguno había confesado.

Los dos estaban dispuestos a morir por el otro.

Y ese era precisamente el error.

La guardiana levantó ambas manos.

El espacio comenzó a romperse.

Una puerta de luz apareció frente a ellos.

—Es hora de volver.

Cuando Lyra y Kael atravesaron el portal, el mundo los recibió con un estruendo ensordecedor.

El Santuario estaba cambiando.

Las antiguas columnas se resquebrajaban.

El cielo era una mezcla de oscuridad y luz dorada.

Las siete columnas negras habían desaparecido.

Ya no eran necesarias.

La prisión había caído.

En el centro del valle, Arkan seguía arrodillado.

El rey de las sombras estaba frente a él.

Y nadie se atrevía a intervenir.

Lyra corrió hacia ellos.

—¿Qué pasó?

El rey no respondió.

No podía.

Arkan sonrió débilmente al verlos.

—Llegaron...

Kael sintió compasión por aquel hombre.

Ya no quedaba locura en sus ojos.

Solo paz.

Y un inmenso arrepentimiento.

—Escúchenme todos.

Su voz era cada vez más débil.

—La corrupción me utilizó para romper el último sello.

Pero todavía puedo hacer una cosa.

El rey comprendió inmediatamente.

—No.

Arkan levantó una mano.

—Hermano...

Déjame terminar.

El antiguo guardián bajó la cabeza.

Las lágrimas corrían libremente por su rostro.

Arkan sonrió con cariño.

Como cuando eran jóvenes.

—Toda mi vida tú me protegiste.

Después fui yo quien necesitó ser salvado.

Y nunca pude agradecerte.

El rey negó una y otra vez.

—No hagas esto.

—Es demasiado tarde.

La corrupción comenzó a expandirse alrededor de Arkan.

Cada vez más rápido.

Más violenta.

—Dentro de mí todavía queda una parte de la prisión.

Todos lo observaron.

—Si libero toda mi energía ahora...

podré retrasar al Creador.

No derrotarlo.

Solo darle tiempo a ustedes.

El rey de las sombras dio un paso adelante.

—Encontraremos otra forma.

Arkan sonrió.

—Siempre dijiste eso.

Y normalmente funcionaba.

Esta vez...

No.

Por primera vez en mil años, los dos hermanos se abrazaron.

No hicieron falta palabras.

El rey cerró los ojos.

—Perdóname.

Arkan negó lentamente.

—Nunca hubo nada que perdonar.

Entonces se apartó.

Miró a Lyra.

A Kael.

A Nerys.

A Elena.

A Aedan.

Y finalmente al cielo.

—Que esta vez...

el mundo recuerde la verdad.

La corrupción estalló.

No como una explosión de destrucción.

Sino como una inmensa columna de energía roja que ascendió hacia el firmamento.

Las grietas del cielo comenzaron a cerrarse lentamente.

Una enorme barrera cubrió el Santuario.

La presencia del Creador se detuvo.

Solo por un instante.

Pero ese instante bastó.

Cuando la luz desapareció...

Arkan ya no estaba.

Solo quedó su espada.

Clavada en la tierra.

El rey de las sombras cayó de rodillas.

No gritó.

No lloró.

Solo apoyó una mano sobre la empuñadura de la espada de su hermano.

Y susurró:

—Descansa.

El viento sopló suavemente sobre el valle.

Como si el mundo entero despidiera al guardián olvidado.

Pero la calma duró apenas unos segundos.

Porque la grieta dorada volvió a abrirse.




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