Entre Alas y Sombras

Capítulo 37

Dos corazones, un destino

La inmensa mano dorada atravesó la grieta.

No era una mano humana.

Era una manifestación de algo imposible de comprender.

Cada uno de sus dedos parecía estar formado por constelaciones enteras. Donde rozaba el cielo, las nubes desaparecían y las montañas comenzaban a desintegrarse lentamente, como si el mundo olvidara cómo existir.

El Santuario entero tembló.

Las antiguas columnas se quebraron una tras otra.

El Primer Latido, muy lejos de allí, respondió con un pulso desesperado.

El universo estaba luchando por seguir vivo.

El rey de las sombras se levantó lentamente.

En una mano sostenía su espada.

En la otra, la espada de Arkan.

Dos hojas idénticas.

Dos hermanos.

Dos historias.

Observó ambas armas durante unos segundos.

Luego clavó la de Arkan junto al altar del Santuario.

—Tu batalla terminó, hermano.

Ahora la nuestra comienza.

El Creador dio un paso.

Solo uno.

Y el mundo entero se estremeció.

Bosques enteros desaparecieron en la distancia.

Los mares comenzaron a elevarse.

Las estrellas dejaron de verse.

No era un ataque.

Era simplemente su presencia.

La realidad no estaba preparada para contenerlo.

Elyria apareció junto a Lyra y Kael.

Su rostro mostraba una preocupación que ya no podía ocultar.

—Ya no queda tiempo.

Kael dio un paso adelante.

—Dinos qué debemos hacer.

Elyria respiró hondo.

—Recuerdan la espada que vieron en la visión.

Ambos asintieron.

—Ha llegado el momento de forjarla.

Lyra miró sus manos.

—¿Cómo?

La guardiana levantó una mano.

La luz plateada de Lyra respondió.

Las sombras luminosas de Kael hicieron lo mismo.

Las dos energías comenzaron a girar alrededor de ellos.

Como dos ríos buscando un mismo cauce.

—No luchen contra lo que son.

Confíen.

No intenten dominar la otra mitad.

Acéptenla.

Las energías comenzaron a acercarse lentamente.

Pero justo antes de tocarse...

Se rechazaron con una explosión.

Kael cayó hacia atrás.

Lyra perdió el equilibrio.

Elyria negó con tristeza.

—Todavía no.

Kael golpeó el suelo con frustración.

—¿Qué estamos haciendo mal?

La respuesta llegó del rey de las sombras.

—Siguen ocultándose cosas.

Los dos levantaron la mirada.

El antiguo guardián los observaba con una expresión serena.

—Los conozco demasiado bien.

Los dos están preparados para morir por el otro.

Pero ninguno está dispuesto a decirlo.

El silencio fue absoluto.

Lyra sintió un nudo en la garganta.

Kael bajó la mirada.

El rey continuó.

—Eso no es confianza.

Eso es miedo.

Miedo a que el otro elija quedarse.

Miedo a que sufra.

Miedo a amar completamente.

Las palabras golpearon sus corazones.

Porque eran verdad.

Mientras tanto, la Devoradora avanzó lentamente hacia el Creador.

Todos la observaron sorprendidos.

La criatura que había sido el enemigo durante toda la historia caminaba ahora hacia quien la había creado.

Se detuvo frente a la inmensa figura dorada.

—¿Todavía crees que puedes corregir tu error?

El Creador la observó.

—Nunca debiste existir.

Ella sonrió con amargura.

—Lo sé.

Fui tu primer fracaso.

El Creador extendió una mano.

—Ven.

Pondré fin a tu sufrimiento.

La Devoradora cerró los ojos.

Durante un instante pareció tentada.

Mil años de dolor.

Mil años de odio.

Mil años de soledad.

Todo podía terminar.

Pero entonces recordó algo.

A Lyra.

A Kael.

Al rey de las sombras.

A Arkan.

A todos los que habían elegido seguir luchando, incluso después de haber perdido casi todo.

Abrió los ojos nuevamente.

Y negó lentamente.

—No.

El Creador frunció el ceño por primera vez.

—¿Por qué?

La respuesta fue casi un susurro.

—Porque ellos me enseñaron algo que tú nunca entendiste.

Una lágrima de oscuridad descendió por su rostro.

—Incluso los monstruos pueden elegir.

Entonces lanzó un rugido que hizo temblar los cielos.

Y atacó al Creador.

La batalla fue indescriptible.

Luz dorada contra vacío.

Creación contra destrucción.

Cada choque hacía nacer y morir estrellas en el firmamento.

Elyria observó a Lyra y Kael.

—Ahora.

Los dos se miraron.

Ya no quedaban secretos.

Ya no quedaban palabras sin decir.

Kael dio un paso hacia ella.

—He intentado protegerte desde el día en que nos conocimos.

Lyra sonrió entre lágrimas.

—Y yo he intentado hacer lo mismo contigo.

Él tomó sus manos.

—Pero ya entendí que amarte no significa decidir por ti.

Lyra apretó sus dedos.

—Ni sacrificarme sin dejarte elegir.

Una cálida luz comenzó a envolverlos.

Las sombras dejaron de ser oscuras.

La luz dejó de ser cegadora.

Se mezclaron suavemente.

Sin violencia.

Sin imponerse.

Como dos corazones latiendo al mismo ritmo.

Entonces Kael dijo las palabras que llevaba guardando desde hacía demasiado tiempo.

—Te amo, Lyra.

Ella sonrió mientras las lágrimas recorrían su rostro.

—Y yo te amo, Kael.

En ese instante, el universo respondió.

Entre sus manos apareció lentamente una espada.

La misma de la visión.

Su hoja estaba formada por plata y sombras entrelazadas que parecían respirar.

Su empuñadura brillaba con el símbolo del equilibrio.

Elyria sonrió.

El rey de las sombras cerró los ojos con alivio.

Y hasta la Devoradora, en medio de la batalla, levantó la vista.

La espada había nacido.

Pero antes de que Lyra pudiera tomarla...




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