El miedo.
Durante incontables eras, nadie había visto esa emoción reflejada en el rostro del Creador.
Sin embargo, allí estaba.
Sus ojos, que parecían contener el nacimiento y el final de todas las galaxias, permanecían fijos sobre la espada que Lyra sostenía entre sus manos.
No era un arma deslumbrante.
No estaba cubierta de joyas ni despedía un poder devastador.
Su belleza residía en otra parte.
La hoja cambiaba con cada latido de sus portadores. En algunos instantes parecía forjada con plata líquida; en otros, estaba envuelta por sombras suaves que no inspiraban miedo, sino calma. La luz y la oscuridad ya no luchaban entre sí.
Habían aprendido a existir juntas.
—Imposible... —murmuró el Creador.
Elyria dio un paso al frente.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—No. Solo inevitable.
El Creador la miró con frialdad.
—Tú sembraste esta rebelión.
—No.
Ella negó lentamente.
—Yo sembré libertad.
El silencio volvió a caer sobre el campo de batalla.
La inmensa grieta del cielo seguía abierta, pero había dejado de expandirse.
Era como si el propio universo estuviera esperando el desenlace.
Lyra observó la espada.
Podía sentir su energía.
No era una fuerza que buscara destruir.
Era una presencia que escuchaba.
Que comprendía.
Como si el arma tuviera alma.
—¿Qué debo hacer? —preguntó en voz baja.
La espada respondió.
No con palabras.
Con recuerdos.
Vio el bosque donde había crecido.
La sonrisa de Selene.
Las enseñanzas de Orion.
Las risas compartidas con Elena y Aedan.
La mirada desconfiada de Nerys que, con el tiempo, se convirtió en afecto.
El sacrificio de Arkan.
La esperanza silenciosa del rey de las sombras.
Y, finalmente...
Kael.
Desde el primer encuentro hasta aquel instante.
La espada no le mostraba su poder.
Le recordaba por qué estaba luchando.
Lyra comprendió entonces que aquella arma no obedecía a quien la empuñaba.
Obedecía a aquello que protegía.
El Creador extendió ambas manos.
El cielo se abrió completamente.
Miles de fragmentos de luz descendieron como una lluvia interminable.
Cada uno de ellos contenía un mundo.
Un océano.
Una montaña.
Una vida.
—Todo lo que existe nació de mí.
Su voz retumbó en cada rincón de la creación.
—Y todo volverá a mí.
Las luces comenzaron a descender sobre el Santuario.
Pero antes de tocar el suelo, una barrera plateada apareció frente a ellas.
La Devoradora.
Su enorme cuerpo se alzó entre el Creador y el mundo.
Las sombras que la envolvían ya no parecían impulsadas por el odio.
Sino por una decisión.
—No volverás a usarme.
El Creador la observó sin emoción.
—Fuiste creada para obedecer.
Ella sonrió con tristeza.
—Y, aun así...
Aprendí a elegir.
La criatura reunió toda la oscuridad que habitaba en su interior y lanzó un rugido que hizo temblar las estrellas.
Su energía chocó contra la lluvia dorada.
Durante unos segundos, ambas fuerzas permanecieron equilibradas.
Luego...
La Devoradora comenzó a retroceder.
Sus heridas se abrían una tras otra.
Su cuerpo empezaba a deshacerse.
Lyra dio un paso hacia ella.
—¡No!
La criatura giró apenas la cabeza.
Por primera vez desde que la conocía...
Sonreía.
—No desperdicien...
...mi oportunidad.
Con un último rugido, liberó toda la energía que aún conservaba.
Una inmensa explosión de sombras envolvió el cielo.
La lluvia dorada desapareció.
La grieta se cerró parcialmente.
Pero el precio fue demasiado alto.
Cuando la oscuridad se disipó...
La Devoradora ya no estaba.
Solo quedaron pequeñas partículas negras elevándose lentamente hacia el firmamento, como cenizas llevadas por el viento.
Nadie habló.
Incluso el Creador permaneció inmóvil.
Porque el primer ser que había corrompido...
Había elegido sacrificarse para salvar el mundo.
El rey de las sombras inclinó la cabeza.
—Descansa en paz.
Elyria cerró los ojos.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Al fin encontraste la libertad.
Nerys cayó de rodillas.
Nunca había sentido compasión por aquella criatura.
Hasta ese momento.
Orion apoyó una mano sobre su hombro.
—Los verdaderos héroes no siempre son quienes esperábamos.
El Creador volvió a levantar la mirada.
Su expresión había cambiado.
Ya no había serenidad.
Solo una determinación fría.
—Entonces terminaré esto con mis propias manos.
El universo comenzó a romperse.
El suelo del Santuario se abrió en enormes grietas.
Las estrellas desaparecieron una tras otra.
El Primer Latido perdió fuerza.
Elyria observó a Lyra y Kael.
—Ya no pueden esperar.
Lyra levantó la espada.
Kael colocó su mano sobre la empuñadura junto a ella.
La hoja respondió con un resplandor tan intenso que atravesó el cielo.
No era una luz que cegaba.
Era una luz que despertaba.
El Creador dio su primer paso hacia ellos.
Lyra dio uno hacia él.
Kael hizo lo mismo.
Ambos respiraron profundamente.
Y, sin apartar la vista del enemigo, entrelazaron sus manos libres.
No por miedo.
No por necesidad.
Sino por elección.
La batalla que decidiría el destino de toda la creación...
Acababa de comenzar.
Continuará...