Entre Alas y Sombras

Epílogo

Cuando el viento pronuncia sus nombres

Cinco años después.

El Reino de Elarion había cambiado.

Las cicatrices de la guerra seguían allí, pero ya no eran heridas abiertas. Eran recuerdos. En los antiguos campos de batalla crecían flores plateadas que nadie había sembrado. Los ancianos aseguraban que antes de la guerra jamás habían existido, y que aparecieron la mañana en que el cielo recuperó su color.

Algunos las llamaban flores del equilibrio.

Otros preferían decir que eran el regalo de los guardianes.

La paz había traído consigo una nueva forma de vivir.

Los reinos que durante siglos habían permanecido separados construyeron caminos para unirse. Las fronteras dejaron de levantarse con murallas y comenzaron a marcarse con puentes. Los viejos prejuicios entre los pueblos nacidos de la luz y aquellos vinculados a las sombras desaparecieron poco a poco.

No fue un cambio inmediato.

Ninguna transformación verdadera lo era.

Pero cada generación nacía con menos miedo que la anterior.

Y eso bastaba.

En el corazón del antiguo Santuario del Origen ya no había un templo.

Solo quedaban unas pocas columnas cubiertas por enredaderas y un lago de aguas tan transparentes que reflejaban las estrellas incluso durante el día.

Allí acudían viajeros de todos los rincones del continente.

No para pedir poder.

Ni riquezas.

Sino para recordar.

Una estatua de piedra se alzaba junto al lago.

Representaba a dos jóvenes tomados de la mano.

Sus alas estaban abiertas hacia el cielo.

Una mitad era plateada.

La otra, negra.

En la base podía leerse una inscripción grabada por quienes sobrevivieron a la guerra.

"El equilibrio no nace de la perfección.

Nace de la elección de caminar juntos."

Cada primavera, cientos de personas dejaban flores frente a aquella estatua.

Muchos no habían conocido a Lyra ni a Kael.

Pero todos conocían su historia.

Nerys visitaba aquel lugar todos los años.

Nunca faltaba.

Llevaba el cabello mucho más largo que antes y la dureza que alguna vez había marcado su rostro había desaparecido.

En una mano sostenía un pequeño ramo de flores plateadas.

En la otra, un viejo medallón que pertenecía a Selene.

Se arrodilló frente a la estatua y sonrió.

—Hola, hermana.

El viento agitó suavemente las hojas de los árboles.

—El reino está bien.

Los niños ya no crecen con miedo a las sombras.

Y los guardianes ya no son soldados...

Ahora son maestros.

Se quedó en silencio unos segundos.

Como si esperara una respuesta.

Luego dejó las flores junto a la piedra.

—Todavía los extraño.

Pero ya no duele como antes.

Ahora...

Solo los extraño con una sonrisa.

Una suave brisa recorrió el Santuario.

Las flores se inclinaron al mismo tiempo.

Nerys levantó la vista hacia el cielo.

Y por un instante creyó distinguir dos figuras aladas atravesando las nubes.

No dijo nada.

Solo sonrió.

Orion había renunciado al título de comandante.

Decía que ya había empuñado suficientes espadas para una vida.

En su lugar, fundó la primera Academia de Guardianes del Equilibrio.

Allí enseñaba algo que muchos consideraban extraño.

Los alumnos aprendían a luchar.

Pero también aprendían a escuchar.

A perdonar.

A resolver un conflicto antes de levantar un arma.

Porque, según repetía una y otra vez:

—La mejor batalla es la que nunca llega a librarse.

Elena dirigía la gran biblioteca del reino.

Durante años reunió los relatos de la guerra para que nadie volviera a ocultar la verdad.

Aedan se convirtió en el principal estudioso del antiguo equilibrio y dedicó su vida a restaurar los conocimientos perdidos.

Juntos escribieron la historia completa de la guerra.

Sin borrar errores.

Sin convertir a nadie en un héroe perfecto.

Porque comprendieron que las personas más valientes también dudan, también se equivocan y también tienen miedo.

Del rey de las sombras jamás volvió a saberse con certeza.

Algunos afirmaban haber visto a un hombre de alas negras caminando por los bosques durante las noches de luna llena.

Otros aseguraban que protegía a quienes se perdían entre los árboles.

Los niños inventaban historias sobre un guardián silencioso que aparecía cuando alguien estaba en peligro y desaparecía antes de recibir las gracias.

Nadie sabía si era verdad.

Quizá solo era una leyenda.

O quizá algunas leyendas nacen porque alguien decidió seguir cuidando del mundo en silencio.

Muy por encima de las nubes...

Más allá del alcance del tiempo...

Dos figuras observaban el mundo.

Lyra caminaba descalza sobre un sendero de estrellas.

Kael se acercó por detrás y tomó su mano, como había hecho incontables veces desde aquel primer encuentro en el bosque prohibido.

Abajo, una niña ayudaba a levantarse a un niño con el que momentos antes había discutido.

En otro lugar, dos antiguos enemigos estrechaban sus manos para reconstruir un puente.

En una aldea lejana, una madre contaba a su hijo un cuento sobre dos jóvenes que habían unido la luz y las sombras para salvar el mundo.

Lyra sonrió.

—¿Los escuchas?

Kael cerró los ojos.

Las risas.

Las canciones.

Los latidos.

La vida.

—Sí.

Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Valió la pena.

Kael besó suavemente su frente.

—Siempre valdrá la pena mientras ellos puedan elegir.

El Primer Latido resonó una vez más.

Fuerte.

Sereno.

Lleno de esperanza.

Y, mientras el universo continuaba expandiéndose hacia nuevos horizontes, dos alas plateadas y dos alas negras se desplegaron sobre las estrellas.

Ya no había guerra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.