Me gusta la poesía que se escribe con suspiros y latidos, esa que no nace de la razón ni del frío pensamiento, sino que brota desde lo más hondo, desde el centro mismo del ser, como la sangre que corre, como el aire que se respira, como el agua que nace en la montaña y baja cantando hacia el valle.
Me gustan las caricias de sus letras, suaves, tibias, profundas, esas que rozan la piel del alma sin hacer ruido, que se deslizan entre las grietas donde se guardan los secretos, que llegan hasta donde nada más puede llegar y hacer que el corazón brinque de alegría, como un niño que corre libre por él prado, como un pájaro que alza el vuelo después de una larga espera, como el sol que rompe la niebla y llena todo de luz y de color.
Me gusta la poesía que te hace vivir, la que te lleva a soñar, la que no se queda en la hoja ni se encierra en las palabras, sino que salta, que corre, que vuela, que se hace parte de tu respiración. Cuando sus palabras te tocan, todo cambia a tu alrededor: el alma se detiene un instante, como si el tiempo se hubiera parado para escuchar, como si el mundo entero se callara para dejar que hables lo que sientes, y entonces empiezas a suspirar un suspiro que sale del pecho cargado de todo lo que eres, de todo lo que amas, de todo lo que esperas, de todo lo que sueñas. Y en ese suspiro hay felicidad, esa felicidad dulce y serena, la que no grita ni se impone, pero se queda contigo, como una mano amiga que nunca te suelta, como una luz pequeña que brilla aunque sea de noche.
Me gusta la poesía que sale del alma y del corazón, la que no busca adornos ni palabras raras, ni formas complicadas, sino que habla claro, con la voz de quien siente y no sabe callar. Esa que habla de bondad, de esa bondad que nos hace humanos, que nos enseña a mirar al otro con ternura, con respeto, con amor; la que habla de pasión, esa llama que arde sin quemar, que da calor y vida, que mueve montañas y cruza mares, que hace que cada paso sea más fuerte, cada mirada más profunda; la que habla de esperanza, esa semilla que nunca muere, que crece aunque el suelo sea duro, aunque el viento sople fuerte, que nos dice que siempre hay un mañana, que siempre hay algo nuevo que descubrir; y sobre todo, la que habla de amor, el amor en todas sus formas: el amor que cuida, el amor que espera, el amor que perdona, el amor que se entrega sin pedir nada a cambio, el amor que es el principio y el fin de todo lo que existe.
Esa poesía se refleja en los ojos de todo aquel que lee, porque quien lee no solo la entiende: la siente, la vive, la hace suya, y en sus ojos brillan las mismas luces, los mismos sueños, las mismas verdades que el poeta puso en cada línea, en cada sílaba, en cada latido.
Me gusta la poesía, y a veces me pregunto, con curiosidad y ternura, quien fue el primero que le escribió al amor utilizando solo instintos, emociones puras, sentimientos que no saben de reglas ni de medidas.
Tal vez fue un adolescente, con el pecho lleno de mariposas, qué descubrió por primera vez lo que es mirar a alguien y sentir que el mundo se detiene, que las palabras se le quedan cortas, que el corazón le late tan fuerte que le duele, que siente que todo lo que existe es esa persona, esa mirada, ese momento.
Tal vez escribió sus versos en un papel arrugado, con mano temblorosa, con letras que se cruzaban, con frases que no tenían orden ni sentido, pero que eran verdaderas, más verdaderas que cualquier cosa escrita con perfección.
Tal vez lo hizo bajo la luz de la luna, o al calor del sol, o en el silencio de la noche, cuando todo está callado y solo hablan los sentimientos. Y desde entonces, esa costumbre se quedó con nosotros: escribir lo que se siente, decir lo que el alma grita, hacer que el amor tenga voz, que tenga forma, que tenga nombre, porque el amor sin palabras es grande pero con poesía, se vuelve eterno.
Me gusta la poesía, esa que te hace vibrar hasta el último rincón del ser, que recorre tu cuerpo y tu mente como un escalofrío suave y agradable, que te hace sentir que eres más grande, más libre, más tú mismo.
Es la que invita a deslizarse a través de miles de sentimientos, todos distintos, todos profundos, todos llenos de magia: la alegría que estalla como un río que se desborda, la tristeza que es suave como la lluvia que cae despacio, la nostalgia que trae recuerdos como flores secas guardadas en un libro, la gratitud que llena el pecho de luz, la ternura que abraza todo lo que toca. Sentimientos que no tienen nombre exacto, pero que todos conocemos, que todos llevamos dentro, y que la poesía nos ayuda a reconocer, a entender, a aceptar, a querer.
Esa poesía abraza, si, abraza fuerte y sin prisa, como quien abraza a alguien que ha estado lejos mucho tiempo, como quien abraza lo que ama sin miedo, sin dudas, sin condiciones. Y da fuerza, mucha fuerza: cuando sientes que no puedes más, cuando el mundo pesa demasiado, cuando todo parece oscuro, lees unos versos y sientes que algo cambia, que algo se levanta, que hay una razón para seguir, para creer, para esperar.
Te lleva a las alturas de la felicidad, esas alturas donde el aire es más limpio, donde se ve todo más claro, donde los problemas se vuelven pequeños, donde solo existe lo bueno, lo hermoso, lo verdadero, donde te sientes capaz de tocar el cielo con las manos, donde comprendes que la felicidad no es algo que se busca lejos, sino algo que se lleva dentro, y que la poesía nos ayuda a encontrar.
Me gusta la poesía, el perfume de sus palabras, ese aroma que se queda flotando en el aire mucho después de haber leído, que entra por los sentidos y llega hasta el alma, aroma de flores, de tierra mojada, de pan recién hecho, de cosas sencillas y hermosas que nos hacen sentir en casa.
Y el aroma de cada verso, cada uno distinto, cada uno especial, que adornan mí vida de ilusiones, de esas ilusiones que nos mantienen vivos, que nos hacen soñar con lo que puede ser, con lo que queremos, con lo que esperamos, con lo que amamos.
Editado: 08.08.2026