Capítulo 1
KRISTHINA
Abro los ojos con el murmullo de Madrid colándose por la ventana. La luz de la mañana dibuja sombras sobre las paredes blancas de mi apartamento, iluminando los libros apilados en la mesa y la taza de café medio vacía que dejé la noche anterior. A veces pienso que cambiar de ciudad puede borrar lo que somos… pero Madrid solo me recuerda que, aunque el pasado no me define, siempre está ahí.
Me levanto, descalza, sintiendo el frío del piso bajo mis pies, y preparo mi café. Mientras espero que se caliente el agua, mi mirada se posa en un viejo álbum de fotos. Un destello: la niña que fui, con el pelo recogido torpemente, tratando de sonreír mientras el olor a pan recién hecho se mezclaba con el silencio tenso de la casa de mis padres. Otro instante: la adolescente que aprendió a cuidar de sus hermanos mientras ocultaba su miedo y su soledad, intentando que nadie notara cuánto necesitaba ser protegida. Y uno más: aquel baño, aquel 28 de junio de 2015, el frío bajo mis pies, la luz apagada, la pérdida que nadie supo, la soledad que parecía infinita.
Casi sin darme cuenta, mi teléfono vibra. Un mensaje. Lo miro y siento un nudo en el estómago. No es nada grave, pero me recuerda que, aunque construí esta vida con esfuerzo, mi pasado siempre encuentra la manera de alcanzarme. Me siento junto a la ventana, con las fotos sobre mis piernas, observando la ciudad que me rodea. Los edificios, las calles llenas de gente, el ruido constante… y pienso que, aunque algunas heridas no desaparecen del todo, tampoco tienen que definirme. He luchado demasiado para que los recuerdos me dominen. He aprendido a seguir adelante, a respirar y a buscar luz incluso en la oscuridad. Cierro el álbum, tomo mi café y respiro profundo. Madrid me espera, y estoy lista para enfrentar el día.
Soy Kristhina Rodríguez, abogada del bufete más lujoso y reconocido de la ciudad y a nivel mundial… pero detrás de mí, siempre existe ese pasado que me recuerda de dónde vengo, lo que sobreviví, y lo que me hizo ser quien soy hoy.
Burak
El sonido de la puerta me sacó de mis pensamientos. Milenka estaba ahí, con su mochila casi más grande que ella, mirándome con impaciencia. Sonreí al verla; siempre tenía esa energía que me hacía querer protegerla, incluso cuando me cansaba. Mi hija corrió a abrazarme y, por un instante, me quedé quieto, sintiendo el calor de ese pequeño gesto. No era mucho, pero era suficiente para recordarme por qué estaba allí. La responsabilidad no me asustaba, pero sí me hacía pensar en todo lo que debía hacer bien, porque ella confiaba en mí sin reservas. Mientras caminábamos hacia la escuela, la veía ajustar su mochila, mover los pies con prisa y hablar sin parar sobre cosas que yo apenas entendía. Me reí por dentro; tenía que aprender a seguirle el ritmo, a escuchar y estar presente. Dejarla en la escuela siempre era un momento extraño: verla desaparecer entre los demás niños me hacía sentir una mezcla de orgullo y preocupación. Suspiré, tomando aire, recordándome que no podía controlar todo, que debía confiar en que ella también tendría que vivir sus propias experiencias. Mientras volvía a mi coche, los flashes de mi vida como actor reconocido me cruzaban la mente: la fama, los aplausos, los eventos, y también el vacío que dejó mi ex pareja al abandonarme con una niña recién nacida. Milenka ha sido mi mundo desde entonces, y cada día con ella me recordaba lo mucho que había tenido que luchar y aprender para ser quien era.
Al llegar a casa dejé las llaves sobre la mesa y encendí el teléfono. Antes siquiera de sentarme, noté las llamadas perdidas de un número que reconocí al instante: el bufete que manejaba mis asuntos legales. Una presión incómoda se instaló en mi pecho, esa que aparece cuando algo no anda bien.
Devolví la llamada.
—Burak —dijo la voz al otro lado—. Necesitamos que vengas hoy mismo. Ha surgido un asunto delicado. Te enviamos un correo con la información. Revísalo.
El tono fue suficiente para inquietarme. Colgué y me dejé caer en el sofá con el teléfono en la mano. Dudé unos segundos antes de abrir el correo, como si aplazarlo pudiera cambiar lo inevitable. En ese momento, el móvil volvió a vibrar.
Era mi mánager.
—El bufete ya te escribió —dijo, sin rodeos—. Esto va a hacerse público. Si sale como creemos, será una bomba en los medios. Tienes que estar preparado.
El silencio pesó más que las palabras. Abrí el correo. El mensaje era breve, directo y frío:
“Acusación de abuso sexual. Caso de exposición pública. Se recomienda tomar medidas legales inmediatas.”
Un nudo se formó en mi estómago. Supe que la noticia recorrería cada medio, cada titular, cada red social. Todo lo que había construido —mi carrera, mi imagen, mi vida— estaba a punto de ser puesto en duda. Mi mente comenzó a correr sin control: los años de esfuerzo, los errores del pasado… y Milenka.
Milenka, con su mochila grande y su manera de caminar deprisa. Milenka, confiando en mí sin conocer titulares, acusaciones ni juicios mediáticos.
Tragué saliva. Nada volvería a ser igual. No había forma de retroceder.
Soy Burak Yilmaz, actor reconocido, acostumbrado a los aplausos y a los flashes, pero también a cargar con un pasado que nadie ve y que ha marcado cada decisión que he tomado. Y esta vez, sabía que ese pasado acababa de alcanzarme.
Editado: 02.02.2026