Entre Cámaras y leyes

CAPITULO 3

CAPÍTULO 3

NARRADOR OMNISCIENTE

Días después, Kristhina se puso en contacto con Burak para solicitar una reunión. Fue directa y profesional: necesitaban verse para aclarar varios puntos del caso antes de que el juicio avanzara. Hasta entonces, todo había sido llamadas y mensajes formales.

Burak aceptó casi de inmediato, aunque la idea de conocerla en persona por primera vez lo dejó inquieto. Para él, Kristhina había sido solo una voz firme al otro lado del teléfono y un nombre en los documentos.

El día de la reunión llegó con algunos minutos de anticipación. Repasó los puntos que debían tratar, decidido a mantenerlo todo en el terreno profesional. Pero cuando la vio entrar, comprendió que no sería tan sencillo como había imaginado.

Kristhina avanzó hacia él con paso seguro y dejó su carpeta sobre la mesa.

—Gracias por venir, señor Burak. Quiero que revisemos algunos puntos del expediente antes de que esto avance más.

Él asintió, cruzándose de brazos.

—Mientras no signifique cambiar la estrategia a última hora.

Ella lo miró con calma, sin perder la cortesía.

—Significa asegurarnos de que no haya vacíos. Mi trabajo es proteger tu posición en el juicio, no improvisar.

Burak sostuvo su mirada un instante, como si estuviera a punto de replicar, pero finalmente se limitó a sentarse.

—Está bien. Te escucho.

Mientras revisaban los documentos, Kristhina señalaba cada detalle con precisión, marcando lo que debía ajustarse y lo que necesitaba confirmación. Burak seguía sus explicaciones con atención, aunque no pudo evitar intervenir en más de una ocasión.

—Ese punto ya lo habíamos considerado —dijo—. No creo que sea tan grave.

—Lo es si la otra parte decide usarlo en nuestra contra —respondió ella, firme, sin alzar la voz—. Prefiero prevenir ahora que lamentar después.

Él apretó los labios, pensativo.

—Supongo que para eso te contraté.

La frase sonó más seca de lo que pretendía. Kristhina no se inmutó.

—Y yo pienso cumplir con eso —replicó, volviendo a los papeles—. Pero necesito que confíes en el proceso.

El silencio que siguió fue breve, denso, pero no incómodo. Solo entonces Burak se dio cuenta de que no estaba frente a alguien que aceptara medias tintas.

—De acuerdo —dijo al fin—. Sigamos.

La reunión continuó en ese tono: profesional, medido, con pequeñas fricciones que no rompían el equilibrio, pero dejaban claro que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder a la ligera.

BURAK

La reunión seguía en ese mismo tono tenso y medido cuando mi teléfono vibró sobre la mesa. No pensaba contestar, hasta que vi el nombre de la escuela en la pantalla. Algo en el pecho se me cerró de inmediato.

—¿Cómo que la están llevando a la clínica? —dije, poniéndome de pie—. Voy para allá ahora mismo.

Colgué y miré a Kristhina.

—Es mi hija. Hubo una emergencia.

No esperé respuesta. Salí del despacho con la cabeza llena de ruido y el corazón golpeándome las costillas.

En el camino llamé a dos personas sin pensarlo: Mara y Mauro, mis mejores amigos. Los únicos en quienes confiaba cuando se trataba de Milenka.

Cuando llegué a la clínica, Mara ya estaba en recepción. Estaba pálida, con el rostro tenso, como si hubiera salido corriendo de donde estuviera. Mauro apareció unos minutos después, con la misma expresión preocupada.

—Está en el tercer piso —me dijo Mara apenas me vio—. La están revisando.

Subimos juntos. Escuché a Milenka antes de verla.

—¡Papi!

La tomé en brazos y traté de no mostrar el miedo que me estaba partiendo por dentro.

El diagnóstico fue rápido: apendicitis. Cirugía inmediata.

La espera se me hizo eterna. Mara no se apartó de mi lado ni un segundo. Mauro se quedó cerca, en silencio, como siempre hacía cuando no había nada que decir.

Cuando el médico salió del quirófano, sentí que el aire volvía a entrar en mis pulmones.

—La operación fue un éxito. Está estable.

Cerré los ojos un instante. No recuerdo haber agradecido nada con tanta fuerza en mi vida.

Más tarde, cuando por fin pude verla dormir, agotada pero fuera de peligro, saqué el teléfono y marqué a Kristhina. No podía desaparecer sin decirle nada después de haber salido así de su oficina.

—Señorita Rodríguez —dije—. Tuve una emergencia con mi hija, por eso me retiré sin explicar nada.

—Espero que esté bien —respondió—. Eso es lo más importante.

—La audiencia sigue en pie. Cuando necesite algo de su parte, le comunicaré.

—Está bien —dijo—. Comuníquese conmigo. Que tenga buena tarde y buena noche.

Colgué con una sensación extraña en el pecho, una mezcla de cansancio y alivio.

Mara apoyó una mano en mi hombro. Mauro me dedicó un leve asentimiento.

Y mientras Milenka dormía, supe que, pasara lo que pasara con el juicio, había cosas que siempre estarían primero.

Entonces la doctora que había operado a Milenka se acercó, con una sonrisa sutil y una mirada que me hizo estremecer.

—Señor Yilmaz, fue un placer cuidar a alguien tan importante para usted… y debo admitir que cuidar de usted también fue interesante —susurró, acercándose un poco.

—¡Oye! —intervino Mara de inmediato, cruzándose de brazos y poniéndose frente a mí—. No me gusta cómo lo miras. No intentes nada con él, ¿entendido?

La doctora levantó las manos con una sonrisa ligera, divertida, mientras Mara me lanzaba una mirada protectora.

No pude evitar sonreír, sintiendo que la tensión se mezclaba con alivio y algo más que no podía nombrar. Milenka descansaba, débil pero segura. Sus ojos se abrieron un instante y murmuró:

—Papi, gracias por siempre cuidarme…

—Siempre estaré aquí —le susurré, abrazándola con fuerza—. No permitiré que nada te pase.

Mara me dio un golpe leve en el hombro, aunque sonriendo.

—Sí, sí… ya vimos que eres un papá excelente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.