CAPÍTULO 4
KRISTHINA
Había intentado dejar la llamada atrás, convencerme de que no significaba nada. El trabajo no espera, me repetí, y volví a concentrarme en los expedientes.
Pasé toda la mañana con los ojos puestos en ellos. Subrayaba, hacía anotaciones al margen, pero cuando llegué al documento de autorización supe que no podía avanzar más sin la firma del señor Burak. Tomé el teléfono con cierta duda. No quería parecer insistente, pero era necesario. Marqué su número y, cuando escuché su voz grave al otro lado, sentí un estremecimiento extraño en el pecho.
—Señor Yilmaz, soy Kristhina Rodríguez —dije, intentando sonar firme—. Estoy revisando su caso y necesito que firme la autorización para representarlo. Si gusta, puede acercarse mañana al bufete y lo resolvemos en pocos minutos.
Hubo un silencio breve, casi incómodo, antes de que respondiera:
—No me es posible salir de casa en estos días. Mi hija me necesita aquí. Si no tiene inconveniente, puede acercarse usted.
Me quedé unos segundos en silencio, con la carpeta entre las manos. No sabía que tenía una hija; su vida personal nunca había sido pública. No era la respuesta que esperaba, pero tampoco podía objetar.
—De acuerdo —contesté finalmente—. Pasaré esta tarde.
—La estaré esperando —fue lo último que dijo antes de colgar.
Me quedé mirando el teléfono sobre la mesa, con el corazón acelerado. Era una simple firma, me repetí. Pero en el fondo sabía que ese encuentro significaba mucho más.Cerré la carpeta con un suspiro y me recosté un instante en la silla. Era viernes y, aunque el bufete estaba en silencio, sentía que la semana me había drenado por completo. Necesitaba un respiro.
Entonces apareció Chloe, con esa sonrisa que siempre lograba hacerme sentir cómoda y un poco atrapada a la vez.
—¿Sabes qué? —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—. Esta noche hay una fiesta. Podríamos salir un rato, distraernos.
Me reí con cierta incredulidad.
—Fiesta… suena tentador. Pero primero tengo que pasar por la casa del señor Burak.
Chloe arqueó una ceja, divertida, casi desafiándome.
—¿Otra vez? Te lo digo en serio… cada vez que ustedes dos están juntos se siente algo raro. Una tensión que no puedes ocultar.
Sentí el calor subir por mi cuello.
—Eso es solo tu imaginación —respondí, intentando sonar firme, aunque mi voz me traicionó un poco—. Nada más.
Ella me miró con esa mezcla de picardía y certeza que siempre lograba desarmarme.
—Claro… pero mi imaginación tiene muy buen ojo.
Negué con la cabeza y suspiré.
—Está bien, acepto. Después de ir a ver a Burak, salimos. Quizás me haga bien distraerme un poco.
Su sonrisa se amplió, como si hubiera ganado una pequeña batalla.
—Perfecto. Te prometo que será una noche divertida.
Mientras guardaba la carpeta, no pude evitar pensar en Burak. La tensión que Chloe mencionaba no era pura imaginación… y aunque intenté convencerme de lo contrario, sabía que algo en mí había cambiado. No podía permitir que mis emociones nublaran mi trabajo, pero aun así sentí los ojos humedecerse. Los sequé rápido antes de dirigirme a mi coche.Al subir, recordé a la Kristhina del pasado, aquella que lo había abrazado toda la noche. Miré al cielo y la pensé… pero, por primera vez, no sentí el mismo peso. Mientras conducía, Nicki Nicole sonaba en el coche y los recuerdos de aquel baño, donde había perdido parte de mi alma, volvieron sin pedir permiso.Finalmente llegué a la casa de los Yilmaz. Toqué la puerta y me recibió una señora de sonrisa cálida, que me recordó a mi abuelita.
—Buenas tardes, soy la abogada del señor Yilmaz. Vengo porque necesito que me firme unos documentos —dije.
—Pase, mi Burak me comentó —respondió—. El despacho está en la tercera puerta.
Subí las escaleras y, desde el segundo piso, escuché la risa de una niña. Por un instante pensé que Burak estaba casado… y aun así, la incomodidad en mi pecho no desapareció. Llegué a la puerta y toqué.
—Pase —dijo él.
El tono de su voz me recorrió como un escalofrío.
—Buenas tardes, señor Burak —dije, tendiéndole los documentos—. Solo necesito que firme esto, no lo molestaré más.
—Buenas tardes, Kristhina. Y no es molestia.
Un leve rubor me subió al rostro. Mientras firmaba, mis ojos recorrieron los premios y reconocimientos en su despacho. También vi el libro donde él era el protagonista y pensé, casi sin querer, en su futura adaptación.
—Listo, todo está firmado —dijo finalmente.
—Gracias, señor Burak —respondí, guardando los papeles en mi cartera—. No le quitaré más tiempo.
Salimos juntos al pasillo. La luz parecía más tenue que el nudo que llevaba dentro, y cada paso a su lado hacía que mi corazón se acelerara un poco más.
Al bajar las escaleras, una voz alegre nos interrumpió.
—¡Papi!
Me detuve. Una niña corrió hacia él y se lanzó a sus brazos. Burak se inclinó para recibirla y sonrió de una forma distinta, más suave.
Sentí algo apretarse en mi pecho.
Así que era eso. Tenía una hija. Y, de pronto, me avergoncé de mis propios pensamientos, de haber imaginado tensiones donde quizá no existían.
—Ella es mi hija —dijo, mirándome—. No quería dejarla sola estos días.
Asentí, intentando sonreír con normalidad.
—Es muy linda.
La niña me observó con curiosidad, y yo desvié la mirada por un segundo. Todo parecía más claro… y al mismo tiempo, más complicado.
Me despedí poco después. Mientras caminaba hacia la salida, entendí que aquella visita no había sido solo por una firma. Y que, aunque me negara a aceptarlo, algo dentro de mí ya no estaba en el mismo lugar.
BURAK
La casa estaba en silencio. Desde el pasillo del segundo piso llegaba apenas el murmullo de una canción infantil y las risas de Milenka, aun recuperándose del desgaste de la operación.
Editado: 10.02.2026