CAPÍTULO 5
KRISTHINA
Mientras subía a mi auto, sentí la mirada de Burak clavada en mi espalda. Fingí indiferencia y me marché, aunque mi mente no dejaba de divagar. Milenka era una niña encantadora, imposible no sentirse conmovida por su ternura. Y, aun así, ese mismo pensamiento me obligaba a mantener distancia. Burak tenía su vida, su familia… y seguramente también un matrimonio al que debía lealtad.
Horas más tarde, frente al espejo de mi habitación, repasaba cada detalle. El vestido caía suavemente sobre mis hombros, delineando mi silueta con un brillo discreto, lo justo para no pasar desapercibida. Mientras me colocaba unos pendientes pequeños, no pude evitar recordar los días en que la ansiedad me había consumido y mi cuerpo era un reflejo de ello. El sobrepeso había sido una carga, no solo física, sino emocional. Había aprendido a esconderme de las miradas, a evitar los espejos. Y ahora, verme así, con seguridad y cierta felicidad en mi piel, me arrancó una sonrisa que no pude reprimir.
Un suave maullido me distrajo.
—Bruno… —susurré al verlo mirarme desde el borde de la cama con esos ojos curiosos.
Se acercó, rozándose contra mis piernas, como si también me diera su aprobación para la noche. Lo acaricié con ternura, tomé mi bolso y salí.
La fiesta estaba en su punto cuando llegué. Las luces se mezclaban con la música, vibrando en el aire como si cada rincón respirara un ritmo propio. Apenas entré, vi a Chloe agitándome la mano desde la pista. Nos abrazamos y pronto nos dejamos arrastrar por la música. Bailamos, reímos, atrayendo algunas miradas que preferí ignorar. Había algo liberador en ese lugar, como si por unas horas pudiera dejar atrás los pensamientos que me ataban.
Mientras me movía entre la gente, un leve empujón me hizo perder el equilibrio. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando sentí el choque de un hombro fuerte contra el mío.
—Lo siento mucho —dijo una voz masculina.
Levanté la vista y me encontré con un joven de mirada intensa y porte elegante, tan sorprendido como yo.
—Tranquilo —respondí con una leve sonrisa.
Chloe, que estaba a mi lado, también se había visto alcanzada por el tropiezo, y terminamos riendo los tres por el accidente. De forma casi absurda, empezamos a conversar. Él nos propuso apartarnos del bullicio y tomar unos cócteles en un rincón más tranquilo del salón. Aceptamos sin pensarlo demasiado.
La mesa estaba iluminada por una lámpara de cristal ámbar que lanzaba destellos cálidos sobre nuestros rostros. El murmullo lejano de la música se mezclaba con nuestras risas, como si aquel rincón estuviera separado del resto del mundo. El joven levantó su copa y sonrió.
—Creo que no nos hemos presentado como corresponde. Yo soy Mauro.
—Kristhina —respondí, estrechándole la mano. Su apretón fue firme, seguro, como el de alguien acostumbrado a dejar huella en cada saludo.
—Y yo soy Chloe —agregó ella.
Mauro asintió con complicidad y luego se giró hacia una mujer que acababa de acercarse a la mesa. Era elegante, con un vestido que parecía flotar con cada paso.
—Ella es Mara. Una amiga que siempre sabe cómo animar cualquier lugar.
Mara sonrió. Sus ojos tenían un brillo curioso, como si observaran más de lo que revelaban. Tras ella llegaron dos jóvenes más.
—Ellas son Emma y Eris —continuó Mauro, señalándolas.
Emma inclinó levemente la cabeza, con una dulzura que me resultó genuina.
—Un placer conocerte, Kristhina.
Eris, en cambio, se limitó a esbozar una sonrisa perfecta, casi ensayada, mientras sus ojos oscuros me escrutaban de arriba abajo. Había algo inquietante en su mirada: belleza, sí, pero también un secreto a punto de revelarse.
Finalmente, un hombre de porte seguro y sonrisa deslumbrante se unió a la mesa, dejando su cóctel sobre la superficie.
—Y este caballero —añadió Mauro, dándole una palmada en el hombro— es Kerem. Actor, amigo de muchos y… mejor que se presente él mismo.
Kerem rio con facilidad.
—¿Qué puedo decir después de semejante presentación? Encantado, Kristhina.
Su mirada tenía un dejo de picardía, y su atención hacia mí resultaba evidente, aunque sutil.
Alzamos las copas y brindamos por una noche que, en apariencia, no era más que una reunión de desconocidos. Sin embargo, mientras reíamos y compartíamos historias triviales, tuve una sensación extraña: la certeza de que nada en esa velada era casual.
No podía saberlo en ese momento, pero esas presentaciones marcarían el inicio de una trama que cambiaría el rumbo de mi vida… y la de todos los que estaban sentados a esa mesa.
Las copas tintineaban y el ambiente se volvía cada vez más ligero. Entre bromas y comentarios triviales, la noche parecía destinada solo a risas y a algún coqueteo sutil de Kerem, que se empeñaba en mantenerme atenta con su conversación.
De pronto, Emma inclinó un poco la cabeza hacia el centro de la mesa y comentó en voz baja, como quien comparte un secreto:
—¿Han escuchado lo de Burak Yilmas?
El simple sonido de su nombre hizo que mi espalda se tensara al instante.
—Dicen que está siendo acusado de abuso… pero, entre nos, lo que en realidad buscan es dinero. Todo es una trampa para sacarle lo que tiene.
Mara y Mauro se miraron, sorprendidos. En sus ojos se mezclaban la incredulidad y la curiosidad. Yo contuve la respiración. No era el lugar ni el momento, pero las palabras de Emma habían abierto una puerta imposible de cerrar.
Mauro me miró con atención, como si de pronto uniera las piezas.
—¿Y tú qué sabes de todo eso, Kristhina?
No pude escapar a la verdad.
—Soy la abogada encargada de su defensa.
El silencio cayó sobre la mesa, pesado, casi asfixiante, apenas roto por la música lejana. Sentí las miradas clavarse en mí, cargadas de preguntas. Sabía que esa revelación era inevitable, solo que no esperaba que ocurriera allí, de esa forma.
Editado: 10.02.2026