La entrevista comenzó exactamente a las dos en punto.
Scarlett estaba sentada frente a una periodista de sonrisa impecable y preguntas cuidadosamente preparadas. El estudio era elegante, con luz cálida y una vista parcial de la ciudad a través de grandes ventanales.
Todo estaba diseñado para verse bien.
Todo estaba diseñado para parecer natural.
—Scarlett, millones de personas siguen tu vida a diario —dijo la periodista—. ¿Cómo logras mantener esa imagen tan perfecta?
Scarlett sonrió.
Era una pregunta común.
Una respuesta ensayada.
—No se trata de perfección —respondió con calma—. Se trata de constancia, disciplina y ser fiel a lo que quieres proyectar.
La periodista asintió, satisfecha.
—¿Y nunca te cansas?
Por un segundo, Scarlett dudó.
Fue mínimo.
Casi imperceptible.
Pero suficiente para que algo dentro de ella se moviera.
—No —respondió finalmente—. Es parte de lo que soy.
Mentía con facilidad.
Lo había hecho tantas veces que ya no requería esfuerzo.
La entrevista continuó con preguntas sobre marcas, proyectos futuros y su crecimiento en redes. Scarlett respondió cada una con precisión, manteniendo el tono adecuado, la sonrisa correcta y la postura perfecta.
Pero su mente no estaba completamente allí.
De vez en cuando, una imagen aparecía sin previo aviso.
Una cámara.
Una mirada.
Y una voz tranquila diciendo:
"No sonrías todavía."
—Scarlett —la voz de la periodista la devolvió al presente—. Última pregunta.
Ella levantó la mirada.
—Si pudieras mostrarle al mundo algo que nunca has mostrado… ¿qué sería?
El silencio duró apenas un segundo.
Pero para Scarlett se sintió más largo.
Pensó en la respuesta correcta.
La segura.
La que debía dar.
—Nada —dijo finalmente, con una pequeña sonrisa—. Creo que lo que comparto ya es suficiente.
La entrevista terminó minutos después.
Aplausos suaves.
Agradecimientos.
Todo en orden.
Como siempre.
Al salir del edificio, el aire de la tarde golpeó suavemente su rostro.
Chloe caminaba a su lado revisando su tableta.
—Lo hiciste perfecto —dijo—. La revista va a amar esto.
Scarlett asintió.
—Claro.
Pero no sonaba convencida.
Subieron al coche en silencio.
Manhattan se movía rápido a su alrededor, lleno de vida, ruido y prisa.
Scarlett miró por la ventana.
Y por primera vez en mucho tiempo, no le prestó atención a su teléfono.
—¿Qué pasa? —preguntó Chloe sin apartar la vista de la pantalla.
—Nada.
—Scarlett.
Ella suspiró levemente.
—¿Alguna vez has sentido que… —se detuvo un momento— que alguien te ve de verdad?
Chloe levantó la mirada.
—¿A qué te refieres?
Scarlett dudó.
—No importa.
Chloe la observó unos segundos más.
—¿Tiene que ver con el fotógrafo?
Scarlett no respondió de inmediato.
Eso ya era una respuesta.
Chloe volvió a mirar su tableta.
—No te conviene complicarte —dijo con tono práctico—. Es solo una campaña.
Solo una campaña.
Scarlett volvió a mirar por la ventana.
Tal vez Chloe tenía razón.
Tal vez estaba pensando demasiado.
Pero había algo que no encajaba.
Y no sabía cómo ignorarlo.
A varias calles de distancia, Sebastián estaba sentado en una mesa cerca de la ventana de un pequeño café.
La cámara descansaba frente a él.
Encendida.
La misma fotografía en la pantalla.
Llevaba varios minutos mirándola.
No había cambiado.
No había desaparecido.
Y definitivamente no encajaba con el resto.
El camarero dejó una taza de café sobre la mesa.
Sebastián apenas lo notó.
Su atención seguía fija en la imagen.
—No estabas posando —murmuró.
Amplió ligeramente la fotografía.
Los detalles eran claros.
La luz.
La expresión.
La mirada.
Era breve.
Pero era real.
Sebastián apoyó los codos sobre la mesa, pensativo.
Había trabajado con muchas personas.
Modelos, actores, figuras públicas.
Todos sabían exactamente cómo mostrarse frente a la cámara.
Pero esa foto…
Esa no estaba controlada.
Y eso la hacía diferente.
Mucho más interesante.
Sebastián apagó la pantalla lentamente.
—Vamos a ver qué estás ocultando, Scarlett Whitmore.