Esa noche, el apartamento estaba en silencio.
Scarlett dejó su bolso sobre la mesa y se quitó los zapatos con un suspiro casi imperceptible. La ciudad seguía viva al otro lado de las ventanas, pero dentro de ese espacio todo parecía detenido.
Se dirigió directamente al sofá.
No encendió la televisión.
No puso música.
Solo tomó su teléfono.
Las notificaciones seguían llegando.
Comentarios. Mensajes. Reacciones.
La vida perfecta en constante movimiento.
Scarlett abrió su última publicación.
Miles de comentarios.
"Eres perfecta."
"Quiero tu vida."
"Nunca cambies."
Scarlett sostuvo la mirada en la pantalla unos segundos más.
Luego la apagó.
El silencio regresó.
Caminó lentamente hacia la ventana.
Desde allí, Manhattan brillaba con intensidad.
Luces en cada edificio.
Movimiento en cada calle.
Vida en cada rincón.
Y, aun así, algo no se sentía suficiente.
Apoyó la frente suavemente contra el vidrio.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró para sí misma.
No esperaba respuesta.
Pero en su mente, una imagen volvió a aparecer.
Una cámara levantándose.
Una voz tranquila.
"Solo mírame."
Scarlett cerró los ojos un instante.
Era absurdo.
Había conocido a Sebastián Callahan hacía apenas unas horas.
Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en él.
No en él exactamente.
En cómo la había mirado.
Como si no necesitara nada más.
Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad, Sebastián caminaba por una calle iluminada por faroles tenues.
La cámara seguía colgando de su hombro.
Se detuvo frente a un escaparate y, casi por impulso, volvió a encenderla.
La fotografía apareció otra vez.
La observó en silencio.
Luego negó levemente con la cabeza.
—Esto no debería importarme tanto.
Pero importaba.
Porque no era solo una imagen.
Era una contradicción.
Y las contradicciones siempre escondían algo más.
Guardó la cámara y continuó caminando.
A la mañana siguiente, Scarlett despertó con la misma rutina.
Pero algo había cambiado.
No en su agenda.
No en su entorno.
Sino en la forma en que observaba todo.
Revisó sus estadísticas como siempre.
Preparó su desayuno.
Siguió cada paso con la precisión habitual.
Y aun así…
Había una ligera distracción.
Un pensamiento constante.
A media mañana, su teléfono vibró.
No era Chloe.
No era su padre.
Era un número desconocido.
Scarlett lo miró unos segundos antes de contestar.
—¿Sí?
—Scarlett.
Reconoció la voz de inmediato.
Sebastián.
Se hizo un pequeño silencio.
—No esperaba tu llamada —dijo ella.
—Lo sé.
—¿Pasa algo con la campaña?
—No exactamente.
Scarlett apoyó el teléfono entre el hombro y la mejilla.
—Entonces… ¿por qué llamas?
Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.
—Porque hay una foto que necesito que veas.
Scarlett frunció ligeramente el ceño.
—¿No pueden enviarla como siempre?
—Podría.
Otra pausa.
—Pero creo que deberías verla en persona.
El silencio se extendió unos segundos.
Scarlett no sabía por qué, pero su respuesta salió casi sin pensarlo.
—¿Cuándo?
Del otro lado, Sebastián dejó escapar una respiración suave.
—Hoy.
Scarlett miró el calendario mentalmente.
Tenía cosas que hacer.
Siempre tenía cosas que hacer.
Y, aun así…
—Está bien.
—Te envío la ubicación.
La llamada terminó.
Scarlett bajó lentamente el teléfono.
Algo en su interior se movió.
No era ansiedad.
No era presión.
Era otra cosa.
Algo nuevo.
Algo que no estaba en ningún plan.
Y por primera vez en mucho tiempo, Scarlett Whitmore estaba a punto de hacer algo que no estaba perfectamente calculado.