CAPÍTULO 1
MESA SIETE
Cinco años antes.
— ¡Aruna, mesa siete!
El grito de Ricardo me hizo pegar un brinco. Llevaba 6 horas de pie, los pies me mataban y el uniforme del Santa Ram me picaba.
Yo llevaba dos semanas en Madrid. Dos semanas desde que cerré esa maleta en Guayaquil que mi mamá Ana me ayudó a cerrar a la fuerza y mi papá Nicolás me dijo: "Si te vas, es para hacer tu nombre, Aruna, no para volver llorando". Mi hermana Pamela me mandaba 20 tiktoks al día de Madrid: "¡Cuando seas famosa me llevas!".
Famosa. Sí, claro. De mesera.
Caminé con la bandeja. La mesa siete siempre era la peor. La de los chicos guapos que no dejan propina.
Y ahí estaba él.
Gorra negra, sudadera, lentes oscuros adentro del restaurante. Con dos amigos más. Uno rubio, con cara de bueno, que después supe que era Arturo.
— Hola, ¿qué van a ordenar? — dije, con mi acento ecuatoriano más marcado por los nervios.
El de gorra ni me miró. Siguió viendo el celular.
— Una cerveza. Y que esté fría esta vez. La última que me trajeron parecía agua — dijo, sin levantar la vista.
Sentí la sangre subírseme.
Llevaba dos semanas aguantando que me hablaran así. Que me dijeran "eh, tú, la latina". Que me dejaran el plato sucio a propósito.
Y este chico con gorra...
— ¿Perdón? — le dije
.Ahora sí me miró. Se bajó un poco los lentes. Tenía ojos verdes. Muy verdes. Y cara de estar aburrido del mundo.
— Que la traigas fría. ¿Es tan difícil?
Arturo, el rubio, le dio un codazo: "Max, ya".
Pero yo ya había explotado.
— Mira, guapo — le dije, apoyando la bandeja en la mesa —. Yo no fabrico la cerveza. La traigo. Si no te gusta, te vas al supermercado y te la tomas en tu casa. O tomas agua, que es gratis y está bien fría.
Silencio.
Los tres me miraron como si les hubiera hablado en otro idioma.
El chico de gorra se quitó los lentes por completo. Sonrió. Pero no una sonrisa bonita. Una sonrisa de "no puedo creer que me estés hablando así".
— ¿Sabes quién soy? — me preguntó.
— No. Y no me importa. ¿Quieres la cerveza o no?
Arturo se empezó a reír a carcajadas. Literalmente se doblaba.
— ¡Dios! ¡Por fin alguien! — decía Arturo.
El chico de gorra me siguió mirando. Por primera vez me miró de verdad. De arriba a abajo. No feo, sino curioso.
— Tráela — dijo —. Y trae agua también. Por si acaso.
Me fui, temblando. Ricardo, mi jefe, me esperaba en la barra con cara de "te van a despedir".
— ¿Qué hiciste? ¿Sabes quién es?
— Un idiota en la mesa siete.
— Es Maximiliano Palacios. El actor. El hijo de Sofía y Matías Palacios. ¿Nunca ves tele?
Se me heló la sangre.
Claro que sabía quién era Sofía Palacios. Mi mamá Ana veía sus novelas. Y Maximiliano Palacios era el actor del momento. El que mi hermana Pamela tenía de fondo de pantalla.
Y yo le acababa de decir que tomara agua.
Llevé la cerveza y el vaso de agua. Con la mano temblando. Lo puse en la mesa.
— Aquí tienes. Fría. Como la pediste.
Él la tomó. Me miró.
— ¿Cómo te llamas?
— Aruna.
— Aruna — repitió, como probando el nombre —. Yo soy Max. El idiota de la mesa siete.
Arturo se rió de nuevo.
— Yo soy Arturo. El amigo del idiota. Y te debo una propina enorme por haberle contestado. Nadie le contesta.
Yo no supe qué decir. Quería que me tragara la tierra.
— Perdón, yo no sabía...
— No te disculpes — me interrumpió Max —. Tenías razón. Estaba siendo un idiota.
Sacó su billetera. Dejó un billete de 20 euros debajo del vaso de agua.
— Para ti. Por el agua gratis.
Y se levantó. Se puso los lentes de nuevo.
Cuando se iban, Arturo se regresó corriendo.
— Toma — me dio una servilleta —. Es mi número. Por si Max te vuelve a molestar, me llamas y yo lo golpeo. Y también... ¿vas a la fiesta de los Palacios el sábado? Va a ir todo el mundo del rodaje. Deberías ir.
— ¿Yo? No me van a dejar entrar.
— Yo te entro. Soy como de la familia.
Se fue.
Me quedé con la servilleta en la mano. Con el billete de 20 euros. Y con el corazón a mil.
Esa noche, en mi departamentito de 20 metros, le conté a mi mamá Ana por videollamada.
— Mamá, creo que insulté a un famoso.
Y Pamela atrás gritando: "¡¿MAX PALACIOS?! ¡Aruna, te amo! ¡Cásate con él!
".Yo me reí. Qué iba a saber yo que tres días después iba a estar en la casa de ese famoso. Y que iba a conocer a la chica que sería mi mejor amiga, Samantha.
Y que mi vida iba a cambiar para siempre.
Porque esa servilleta que me dio Arturo decía:
Arturo Sánchez - 678 935 8572 - El amigo del idiota :)