CAPÍTULO 2
LA CASA DE LOS PALACIOS
Yo no tenía ropa para una fiesta de los Palacios.
Lo juro. Mi closet eran tres blusas de Zara de oferta, un jean y el uniforme del Santa Ram.
Le mandé foto a Pamela por WhatsApp: "¿Qué me pongo?" y ella me respondió: "¡Lo más corto! ¡Es casa de famosos!"
Mamá Ana me dijo: "Ponte decente, Aruna, que vas a casa de gente mayor".
Tenía razón. Sofía y Matías Palacios no eran cualquier gente. Eran leyendas.
El sábado a las 8, Arturo me pasó a recoger en una moto vieja. Yo con un vestido negro simple que me prestó mi compañera de piso y mis zapatillas blancas porque no tengo tacones.
— ¿Lista para conocer a la familia más ruidosa de Madrid? — me dijo Arturo, dándome un casco.
— ¿Ruidosa?
— Ya vas a ver.
La casa de los Palacios no era una casa. Era una casa de revista. En La Moraleja, con jardín, luces por todos lados y música.
Yo quería devolverme.
— Arturo, yo no pertenezco aquí...
— Cállate. Tú eres mi invitada. Y le debes un perdón a Max, ¿no? — me guiñó el ojo.
Entramos.
Y lo primero que vi fue a Sofía Palacios en persona. En persona. La Sofía Palacios de las novelas de mi mamá.
Estaba en la cocina, sirviendo tortilla, con un delantal que decía "La jefa".
— ¡Arturo! ¡Llegaste! ¿Y esta preciosidad quién es? — dijo, y vino directo a abrazarme. Como si me conociera de toda la vida.
— Sofía, ella es Aruna. La del Santa Ram. La que le dijo a Max que tomara agua.
Sofía se tapó la boca y soltó una carcajada enorme.
— ¡TÚ ERES! ¡Ay, por favor, gracias! Alguien tenía que bajarle los humos a mi hijo. Soy Sofía. Ven, siéntate, tienes que comer. Matías, ¡ven!
Matías Palacios, el productor más serio de España, salió de la sala con una cerveza y me miró.
— ¿Entonces tú eres Aruna Rivera? Arturo me habló de ti. Dice que tienes carácter. Me gusta. Los actores sin carácter no llegan lejos.
Me quedé muda. ¿Actriz? Yo era mesera.
— Yo... yo no soy actriz...
— ¿Y qué quieres ser? — me preguntó Matías.
— Actriz — solté, sin pensarlo. Era la primera vez que lo decía en voz alta en Madrid.
Sofía y Matías se miraron y sonrieron.
— Entonces estás en la casa correcta.
Y ahí, justo cuando pensé que todo iba bien, apareció.
Samantha.
Bajando las escaleras. Con un vestido rojo, pelo largo, con esa cara de modelo que tiene. Samantha Palacios, la hermana menor, la que también estaba empezando a actuar. La que Pamela seguía en Instagram.
Y venía tomada de la mano de... Max.
Max me vio. Se quedó parado a mitad de la escalera. Tenía la misma cara que en el Santa Ram, pero sin gorra. Más guapo. Mucho más guapo.
— Aruna — dijo.
— Hola... mesa siete — le dije, estúpida. ¿Mesa siete?
Arturo se atragantó de la risa.
Samantha me miró de arriba a abajo. No feo, pero sí analizándome.
— ¿Entonces tú eres la mesera famosa? — dijo. Su voz no era mala, pero tampoco era dulce —. Arturo no para de hablar de ti desde ayer. "Aruna esto, Aruna lo otro".
Sentí el golpe. Ahí estaba. La rivalidad.
Arturo se puso rojo.
— Sam, no empieces...
— ¿Qué? Solo digo. Parece que mi mejor amigo ahora tiene mejor amiga nueva — me miró —. ¿Cuánto llevan conociéndose? ¿Un día? ¿Dos?
Toda la sala se quedó callada. Sofía puso cara de "ay, esta niña".
Yo entendí todo en un segundo. No era que yo le cayera mal. Era que Arturo era SU mejor amigo. Desde niños. Era su persona. Y de la nada aparecía yo y Arturo me defendía.
Era celos de amiga. No de novia.
Respiré.
— Llevamos un día — le dije a Samantha, mirándola a los ojos —. Y no vine a quitarte a tu mejor amigo. Vine porque Arturo me invitó porque le dio pena que tu hermano me tratara mal en mi trabajo. Si te molesta que esté aquí, me voy. No hay problema.
Silencio total.
Samantha se me quedó viendo. Esperaba que yo me achicara, que llorara. Pero yo ya había aguantado mucho en Madrid para achicarme.
De repente, Sofía aplaudió.
— ¡Me encanta! ¡Ya tenemos dos con carácter en la casa!
Y Samantha, después de dos segundos eternos, sonrió. Pero sonrió de verdad.
— Ok. Me caes bien. Un poco. Solo un poco — dijo —. Pero si le rompes el corazón a Arturo, te mato. Él es como mi hermano.