Londres siempre tuvo esa llovizna diaria y cielo grisáceo que cualquiera diría que era triste vivir bajo ese clima de lluvia y cielo nublado constantemente. Para Caín era un tiempo climático perfecto. No había demasiado sol y tampoco frío excesivo.
Él, bajo el cielo gris de la ciudad donde todos iban arriba abajo para el trabajo, traer sus hijos al cole, hacer los recados o ir al ayuntamiento a por un permiso de reforma, regaba las flores junto a su hijo Darío.
-¿Me puedo ir ya?
-Sabes la respuesta.
Darío, que estaba entrando a la preadolescencia refunfuñó. Siguió regando y luego, su padre le mandó a hacer la tarea de la escuela.
-La tarea es aburrida y demasiado fácil. ¡Preferiría hacer un sudoku!
-Darío, vete y haz los deberes. No lo volveré a repetir.
Ese niño era tan testarudo como si padre. Caín bien. Era consciente de ello. Ese niño era demasiado listo y observador, por eso le aburría la tarea. Aún así no era escusa para no hacerla.
Caín dejó las amapolas y se sentó en el porche. Observó sus manos sucias de abono y tierra metida bajo las uñas. Esas manos que en un pasado habían sido de un Rey, ahora estaban mugrientas. Bajo si papel de padre normal que se preocupaba por si sus hijos aprobaban todo o por el precio del pana, miró ese libro de filosofía política que su hijo de apenas 11 años estaba leyendo por su cuenta. A veces Caín tenía esa audacia de su hijo.
-¡Jack, así no!-gritó Collet haciendo que Caín volviese a la realidad.
Su pequeña niña, de unos 6 años, estaba enseñando a hacer una corona con amapolas al hijo de la vecina. Otra vez ese par de críos arrancaron las amapolas que Caín había cuidado con paciencia y tiempo.
-Las vas a romper como no seas cuidadoso y sigas haciendo fuerza para atarlas, se van a romper y van a llorar.
-Solo quiero que sea resistente.Solo quiero que sea resistente -murmuró Jack.- Si te la vas a poner, no quiero que se caiga si tienes que correr.
Caín cerró los ojos, dejando que la brisa le acariciara el rostro. Si tienes que correr. Las palabras del niño eran un eco de un instinto que los humanos poseían sin saberlo: el miedo a la pérdida.
-¿Habeis arrancado otra vez las amapolas?-regañó Caín a los niños con una voz grave.
Collet se levantó de inmediato, pero Jack siguió a lo suyo. Terminó la corona y se la puso a Collet.
-Ya está, ahora eres la reina de las flores.
-Sí.
Caín alzó la mirada al cielo. Su reina estaba por algún lugar, deseando su cabeza como trofeo.
—¡Papá, Jack dice que si soy la reina tengo que tener un trono! —la voz de Collet era muy frágil.-Y plantar monedas para que salgan arboles de chocolate.
-¿Salen arboles de chocolate?
Jack hizo una muec y Caín no pudo evitar reírse. A veces era difícil de creer lo inocentes y ajenos que eran ese par al mundo que les esperaba.
-Vamos, entrar en casa. Pronto lloverá
Entró en la casa, dejando las botas embarradas en el felpudo con una meticulosidad casi obsesiva.
En la cocina, el ambiente era radicalmente distinto. El olor a estofado y a ropa limpia chocaba con el frío metálico que Caín sentía en el pecho. Darío estaba sentado a la mesa, con el libro de filosofía política abierto, pero no estaba leyendo. Observaba a Jack y a Collet con una mueca de superioridad que ocultaba una envidia silenciosa por su inocencia.
—Has vuelto a destrozar el jardín, Collet. —dijo Darío sin levantar la vista.—Papá se pasa horas ahí fuera para que tú lo conviertas en un vertedero de pétalos en cinco minutos.
—¡Es una corona! —defendió Jack, dando un paso al frente. Sus manos aún tenían rastros de savia pegajosa.—Es para que esté segura.
Darío soltó una risa seca, demasiado madura para un niño de once años.
—Nadie está seguro por llevar flores en la cabeza, Jack. Deberías leer sobre el Leviatán. El poder no es una corona, es el miedo.
Caín apoyó una mano en el hombro de Darío. El niño se tensó, pero no se apartó.
—A veces, Darío, el poder es simplemente saber cuándo cerrar la puerta y disfrutar de una cena en paz .—dijo Caín con una firmeza que hizo que el chico bajara la mirada hacia su libro.— Jack, gracias por cuidar de ella. Ve a casa, tu madre estará esperándote.
Jack asintió, le dedicó una última mirada de reojo a Collet (que seguía luciendo su corona de amapolas marchitas con un orgullo inquebrantable)y salió por la puerta trasera.
Caín se quedó mirando a sus dos hijos. Uno demasiado listo para su propio bien, la otra demasiado luminosa para el mundo que la esperaba. Se sentó a la mesa, observando sus manos. A pesar de habérselas frotado contra el pantalón, la tierra seguía allí, incrustada en las grietas de su piel.
—Papá, ¿mañana volveremos a regar? —preguntó Collet, sentándose a su lado.
Caín la miró. "Mañana", esa palabra que odiaba.
—Mañana intentaremos que las flores crezcan más alto que hoy .—mintió él, esbozando una sonrisa que no llegó a sus ojos.- Ahora, Darío, enséñame ese sudoku. Si es tan fácil, supongo que ya habrás terminado la tarea de historia.
Mientras la lluvia golpeaba con más fuerza contra los cristales, Caín se obligó a concentrarse en los números del cuaderno de su hijo. Era una distracción necesaria. Porque mientras pudiera debatir sobre tareas escolares o regar amapolas, podía fingir que el mañana nunca llegaría, y que el Rey que fue se había hundido para siempre en el barro de aquel jardín londinense