Amanda Jones no creía en el destino. Creía en
estadísticas, en diagnósticos precisos, en
electrocardiogramas bien interpretados. Para
ella, el corazón era un músculo, no una metáfora.
Esa fría mañana de octubre, mientras el viento
neoyorquino le desordenaba el cabello cobrizo,
Amanda salía del hospital Mount Sinai tras una
cirugía de emergencia de cinco horas. Sus ojos
verdes, cansados pero orgullosos, no notaron el
auto negro estacionado justo en la zona de
ambulancias.
Hasta que se abrió la puerta del copiloto.
—¡Oiga! —gritó ella, frunciendo el ceño—
. ¡Esto es
zona restringida!
Un hombre alto, de traje gris impecable,
descendió del auto. Su cabello oscuro y
ligeramente despeinado contrastaba con la
precisión de su postura. Sus ojos grises —fríos
como una tormenta en el Ártico— se posaron
sobre ella.—Lucas Miller —dijo simplemente, extendiendo la
mano—
. Estoy buscando al doctor Legrand. Es
una emergencia.
Amanda no se movió. Lo reconocía. Todo el
mundo lo hacía. CEO de MillerTech, genio de la
informática, uno de los solteros más codiciados
según revistas que Amanda ni leía ni le
interesaban. Pero no podía negar que había algo
hipnótico en su presencia.
—Soy la doctora Jones —respondió finalmente,
estrechándole la mano sin mucha cortesía—
. El
doctor Legrand no está. ¿De qué se trata?
—Es mi hermano, Mason. Dolor en el pecho,
pérdida de consciencia, sudoración fría. Lo traje
yo mismo porque los paramédicos tardaban
demasiado.
Amanda cambió de tono al instante. Su
entrenamiento se impuso sobre la sorpresa.
— Llévelo a la sala de urgencias. Yo me encargo