"Entre códigos y latidos": Los Hermanos Miller #1

2. Más allá del protocolo

Dos días después, Mason Miller se recuperaba favorablemente. Aunque todavía algo pálido, su actitud desenfadada contrastaba con la rigidez de su hermano mayor, quien no se había movido del hospital. Amanda, acostumbrada a familiares insistentes, se encontró desconcertada por la forma en que Lucas no decía mucho… pero observaba todo. Especialmente a ella.

Esa tarde, Amanda entró a la habitación con su bata aún salpicada de tinta de marcador, signos de una larga jornada quirúrgica. Mason estaba sentado en la cama, hojeando una revista con expresión divertida.

—¿Qué tal el paciente más famoso de la semana? —preguntó Amanda con una leve sonrisa.

—Mejor que nunca. Aunque el desayuno de hoy me hizo reconsiderar mis ganas de seguir vivo —bromeó Mason, dejando caer la revista.

Amanda soltó una risa suave, mientras comenzaba a revisar el monitor cardíaco.

—Tus signos están bien. El marcapasos temporal funcionó como debía. Pronto pasaremos al siguiente paso.

—¿Siempre eres así de segura? —preguntó él, observándola con curiosidad.

—Solo cuando tengo razón. O sea, casi siempre.

La puerta se abrió sin aviso. Lucas entró con su andar silencioso, pero la tensión lo precedía como una sombra. Se acercó a la cama y, sin saludar, lanzó la pregunta como un dardo.

—¿Está segura de que no hay algo que paso por alto, Dra. Jones?

Ella se volvió lentamente, aún con la tablet en mano. Sus ojos verdes, habitualmente serenos, se oscurecieron apenas.

—¿Perdón?

—Solo digo —añadió Lucas, cruzando los brazos—, que quizás sería útil una segunda opinión. Mason no es cualquier paciente. No quiero que corra riesgos por exceso de confianza.

Un silencio cargado se instaló. Mason parpadeó, incómodo. Amanda lo miró como si no acabara de entender qué había escuchado.

—¿Está usted dudando de mi criterio médico? —su tono era bajo, pero firme, casi como el murmullo de una tormenta que se aproxima.

—No es personal. Solo es precaución. No todos están acostumbrados a tratar con… bueno, personas como mi hermano.

Amanda dejó la tablet sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Mira, Lucas. Sé perfectamente lo que estoy haciendo. No necesito tu aprobación, y mucho menos tus dudas disfrazadas de preocupación fraternal. Mason está vivo por decisiones que yo tomé en segundos, mientras tú aún estabas buscando lugar para estacionar.

Lucas frunció el ceño, pero no respondió de inmediato.

—Yo solo…

—No. Tú no confías en mí. Y si no confías, te sugiero que busques otro hospital. Porque lo que no voy a tolerar es que un empresario con complejo de salvador cuestione mi experiencia en mi terreno.

El silencio volvió, esta vez como un abismo. Mason desvió la mirada, mordiéndose el labio para no intervenir y ganas de reir.

Lucas bajó la vista, su arrogancia tambaleando por primera vez.

—Tienes razón —dijo finalmente—. Me excedí.

Amanda lo sostuvo con la mirada unos segundos más. Luego tomó su tablet, giró sobre sus talones y salió de la habitación con paso firme, dejando tras de sí un eco de respeto… y de algo más que Lucas aún no sabía cómo nombrar.

Lucas se quedó de pie, inmóvil, sintiendo por primera vez en años que no podía resolver algo con una firma, una transferencia bancaria o una idea brillante. Esa mujer no solo había salvado a su hermano. Lo había descolocado. En su mundo de algoritmos y decisiones racionales, Amanda era una variable que se negaba a encajar.

Esa noche, mientras Mason dormía profundamente, Lucas recorrió los pasillos del hospital como un fantasma con corbata. Preguntó discretamente por ella en recepción. Supo que había terminado su turno, que vivía en Brooklyn, que a veces salía del hospital caminando con un libro bajo el brazo. Quería disculparse, pero no sabía cómo sin sonar condescendiente. Quería verla de nuevo, pero no sabía cómo provocarlo sin parecer un acosador con traje de diseñador.

Pensó en enviarle flores, pero le pareció trivial. En escribirle un correo, pero le faltaban las palabras. Así que, por primera vez, Lucas Miller diseñó un plan que no tenía líneas de código ni prototipos.

Solo un deseo: volver a verla. Y esta vez, no para cuestionarla… sino para entenderla.



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En el texto hay: romance amistad

Editado: 23.01.2026

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