Una semana después, Mason fue dado de alta. El sol otoñal apenas calentaba la acera del Mount Sinai cuando Amanda le dio el alta definitiva y le dedicó una sonrisa profesional, aunque genuina. Mason, aún con rastros de ironía en los ojos, le guiñó un ojo antes de salir por las puertas del hospital, escoltado por su hermano.
Lucas se despidió con un gesto escueto. Amanda no respondió. Seguía molesta. Herida, aunque no lo admitiría. No por su ego —eso estaba bien entrenado—, sino porque en sus palabras había sentido algo más profundo: desconfianza, desvalorización. Y eso, para alguien como ella, era inaceptable.
Pero Lucas no se fue lejos. Durante días merodeó el hospital con excusas disfrazadas de propuestas: donaciones para nuevas salas, charlas sobre inteligencia artificial en medicina, colaboraciones con universidades. Cualquier motivo era válido si le permitía cruzarse con Amanda Jones.
Lo intentó todo, menos lo esencial: disculparse con el corazón.
La encontró una tarde, sola en la sala de residentes, leyendo algo en su tablet, una taza de café olvidada a su lado. Dudó antes de entrar. Respiró. Y cruzó la puerta.
—No vine a hablar de tecnología —dijo, sin preámbulo.
Amanda levantó la vista, sin expresión.
—¿Y entonces?
—Vine… porque me equivoqué. Porque no supe cómo manejar el miedo que sentí respecto a mí hermano.
Ella lo observó en silencio. No estaba acostumbrada a ver a Lucas Miller sin una coraza verbal. No lo interrumpió y decidió escucharlo.
—Cuando dijiste que Mason estaba vivo por tus decisiones… supe que tenías razón. Y me dolió, porque yo no podía hacer nada. Yo, el tipo que siempre tiene un plan. No supe qué hacer, Amanda. Así que hice lo que hago siempre: controlar. O intentarlo.
Amanda bajó lentamente la tablet.
—Lucas, no puedes controlar un corazón.
—Lo estoy descubriendo —respondió él, con una honestidad que desnudaba su alma más que cualquier confesión.
Hubo un momento de quietud, cargado de posibilidades.
—¿Y qué quieres ahora, Lucas? —preguntó ella, no con frialdad, sino con una curiosidad cauta.
—Una oportunidad. No para impresionarte. No para corregirte. Solo para conocerte. Como eres. Con la bata puesta o sin ella. Con estadísticas o con silencios.
Amanda lo miró durante varios segundos. Luego, como si una parte de su rigidez se derritiera por dentro, se inclinó hacia la taza de café, la olió y frunció la nariz.
—Está frío.
—¿Aceptas uno nuevo?
Ella se lo pensó apenas un instante.
—Solo si no viene con una hoja de Excel adjunta.
Lucas sonrió por primera vez en días.
—Prometido.
Esa noche, cuando él apareció con dos cafés —uno negro, uno con leche de almendra y canela, como ella prefería—, no hubo planes, ni algoritmos, ni términos médicos. Solo un banco en el parque frente al hospital y dos personas sentadas en medio del caos de la ciudad, tratando de entender el ritmo impredecible del corazón.
Y por primera vez desde aquel encuentro hostil, Amanda lo miró sin defensa. Sin juicio. Solo con la sospecha —leve, pero insistente— de que tal vez, solo tal vez… había algo más en él que un nombre en la portada de una revista.