"Entre códigos y latidos": Los Hermanos Miller #1

4. Sistema Incompatible

Era viernes por la noche cuando Amanda recibió el mensaje.

Lucas Miller: Sé que dijiste que no querías Excel... pero ¿una cena sin estadísticas? Prometo no mencionar inteligencia artificial. Solo... buena comida y mejor música.

Amanda miró la pantalla de su celular durante un largo minuto. La semana había sido agotadora, su apartamento en Brooklyn era un caos controlado de libros, batas y post-its con recordatorios quirúrgicos. Pero había algo en el tono del mensaje. No pedía permiso. No exigía. Solo... ofrecía.

Amanda Jones: ¿Música buena según quién?

La respuesta llegó segundos después.

Lucas Miller: Según una playlist que armé con algoritmos y sentimientos. No preguntes cómo funciona.

Amanda sonrió. Sin admitirlo. Y escribió:

Amanda Jones: Estaré allí en un rato. No me gusta que me esperen en la puerta.

La casa de Lucas en Tribeca era exactamente como Amanda había imaginado... y al mismo tiempo, no. Sí, había domótica de última generación, luces que se ajustaban a su presencia, una cocina que parecía sacada de una película futurista. Pero también había libros con esquinas dobladas, una guitarra junto a un sillón y una cafetera vieja que no combinaba con nada, pero parecía haber ganado su lugar.

Lucas la recibió sin traje ni corbata. Camisa remangada, jeans, descalzo. El cabello ligeramente despeinado. Amanda se sintió inesperadamente fuera de contexto con su vestido negro y su moño improvisado.

—¿Esperabas una cena con velas y protocolo? —preguntó él, notando su mirada.

—Esperaba... no sabía que esperar la verdad —respondió ella, sincera.

La cena fue más simple de lo que habría apostado: pasta fresca, vino tinto, pan caliente. Hablaban de todo y nada. De música, de películas, de la vez que Amanda se desmayó en su primer turno de cirugía. Lucas escuchaba con la intensidad de quien programa con mil líneas de código en la cabeza, pero sólo necesita una para que todo tenga sentido.

Pero la tregua emocional se rompió sin aviso.

—¿Y tú? —preguntó Amanda, mientras recogían los platos—. ¿Siempre fuiste así? ¿Controlador? ¿Meticuloso?

—Desde que mi madre murió —respondió él, sin adornos—. Tenía doce. Aprendí que todo lo que no se mide, se pierde.

Amanda se quedó quieta, con un plato entre las manos.

—Yo perdí a mi padre por un mal diagnóstico. Prometí que nunca más iba a permitir que un error decidiera quién vive y quién no.

Se miraron. No como extraños. Como dos sobrevivientes del mismo naufragio, aunque en océanos distintos.

—¿Y cómo haces para... desconectarte? —preguntó él.

—No me desconecto. Solo cambio de canal. Pero siempre estoy “en llamada”.

Lucas la condujo al sillón, con dos copas más de vino. Se sentaron, más cerca de lo que el protocolo médico permitiría.

—¿Puedo decir algo, sin que lo analices clínicamente? —murmuró él.

—Prueba a ver.

—Me asustas. Pero también me haces querer arriesgarme a equivocarme.

Amanda lo miró, con los ojos más suaves que nunca.

—Y tú me desconciertas. Pero me haces sentir... que está bien no tener todas las respuestas.

Hubo un segundo —o quizás una eternidad— donde ambos olvidaron quiénes eran, qué hacían, a quién habían perdido. Solo eran Amanda y Lucas. Latido y código.

El beso llegó como una conclusión inevitable. No fue torpe, ni impulsivo. Fue una afirmación. Una alianza tácita entre dos mentes brillantes que, por un instante, decidieron callar y dejar hablar al corazón.

Pero justo cuando el momento parecía perfecto, su móvil interrumpió con una alerta suave pero firme:

"Doble accidente de tráfico, necesitamos urgentemente que se presente en su puesto de trabajo."

Amanda se separó, sonriendo nerviosa.

—Sistema incompatible —dijo, levantándose.

Lucas soltó una risa corta y resignada.

—Pero con buena conectividad.

Ella tomó su bolso, sin dejar de mirarlo.

—Esto no será fácil.

—Nada que valga la pena lo es —respondió él, siguiéndola con la mirada hasta la puerta.

Y mientras ella se alejaba por el pasillo, Lucas supo algo con total certeza: su mejor proyecto ya no estaba en una sala de juntas. Estaba en juego cada vez que Amanda sonreía... o cerraba la puerta, como ahora.



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En el texto hay: romance amistad

Editado: 23.01.2026

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