El sábado amaneció con una de esas lluvias finas que parecen no mojar, pero se meten bajo la piel si no llevas cuidado. Amanda se despertó con el sonido suave del agua golpeando las ventanas de su apartamento en Brooklyn. No tenía turnos ese día, algo raro, casi milagroso. Y por primera vez en mucho tiempo, no encendió su teléfono al abrir los ojos.
Lo que sí hizo fue pensar en Lucas.
En su forma de escuchar. En cómo su arrogancia parecía desinflarse frente a ella. En el beso que compartieron en su departamento de Tribeca. En cómo, por alguna razón, su presencia no la hacía sentir vigilada, sino vista.
A las once de la mañana, alguien llamó a su puerta.
Amanda, con el cabello suelto y una taza de té en la mano, abrió con cautela.
Lucas estaba allí. Mojado. Sin paraguas. Con una bolsa de papel marrón bajo el brazo y una expresión que oscilaba entre la vergüenza y la esperanza.
—Traje croissants. Y café de verdad. No esa cosa hospitalaria que parece hecha con arrepentimiento —dijo, levantando la bolsa.
Amanda alzó una ceja.
—¿Sin aviso previo? ¿Estás tratando de romper mi estructura interna?
—Tal vez. O tal vez sólo estoy improvisando. Por una vez.
Ella se hizo a un lado. Lucas entró, dejando gotas de agua sobre la alfombra y una ráfaga de algo cálido en el aire.
La cocina de Amanda era pequeña, pero acogedora. Estanterías con libros de medicina mezclados con novelas románticas, una planta que luchaba por sobrevivir, imanes con frases sarcásticas en la nevera.
—¿No hay domótica aquí? —bromeó él, mirando el interruptor de luz como si fuera un artefacto del siglo pasado.
—No me gusta que la casa me hable —respondió ella—. Bastante tengo con la gente real.
Se sentaron en el suelo, frente al sofá, con el desayuno entre ellos. Lucas le pasó un croissant relleno de almendras, y ella le sirvió té. Él puso jazz suave en su teléfono. Sin palabras, sin análisis.
—¿Siempre desayunas así? —preguntó él.
—Cuando tengo tiempo. Cuando estoy sola. Cuando no tengo que salvar una vida antes del primer sorbo de café.
—¿Y hoy?
—Hoy... me estoy dando permiso para no salvar a nadie.
Lucas la observó. Amanda tenía el rostro sin maquillaje, una camiseta de universidad vieja y un gesto suave, casi vulnerable. Y estaba más hermosa que nunca.
—¿Sabes qué me da miedo de esto? —dijo él, rompiendo el silencio.
Ella lo miró sin hablar.
—Que me importes demasiado. Y que lo arruine. Que intente controlarlo, como todo. Y pierda lo único que no quiero calcular.
Amanda apoyó la cabeza en la pared, pensativa.
—¿Sabes qué me da miedo a mí?
—¿Qué?
—Que me guste tanto... que olvide cómo protegerme.
La lluvia seguía cayendo, ahora más fuerte. Y por un momento, no hubo necesidad de hablar más.
Amanda se acercó, sin prisas, y apoyó la cabeza en su hombro. Lucas pasó un brazo por encima de sus hombros, como si ese gesto ya hubiera vivido en él desde antes de conocerla.
No era pasión explosiva. No era drama. Era intimidad. Sencilla. Silenciosa. Poderosa.
Más tarde, cuando el cielo empezó a despejarse, Amanda se levantó para ir a ducharse. Lucas, solo en la cocina, observó la taza de té aún tibia, la luz suave entrando por la ventana, el silencio amable que se respiraba en cada rincón.
Y supo que, en ese pequeño apartamento sin sensores ni pantallas, acababa de encontrar algo que no existía en sus servidores ni en sus millones: paz.