Amanda no volvió a responder sus mensajes.
Ni el escueto “¿Podemos hablar?” del lunes, ni el “Necesito entenderte mejor” del miércoles. El jueves, Lucas simplemente dejó de intentarlo.
Pero no dejó de pensar en ella.
Mientras caminaba por los pasillos de MillerTech, entre maquetas de quirófanos futuristas y monitores cargados de promesas, algo le chirriaba por dentro. Como un algoritmo mal calibrado. Una falla de sistema, invisible pero persistente.
—¿Seguro que quieres seguir adelante con la implementación? —preguntó Clara, su jefa de desarrollo, mientras le mostraba los resultados preliminares del PRIE.
Lucas dudó. Y eso, en él, era casi una anomalía clínica.
—Quiero una revisión completa del protocolo. No quiero que este sistema sea un producto. Quiero que sea... confiable. Y humano —murmuró—. Si no lo es, no vale nada.
Clara lo observó en silencio.
—¿Esto es por la Dra. Jones?
—Esto es por lo que se supone que esto tenía que ser.
Amanda, por su parte, había enterrado sus emociones bajo una pila de turnos dobles. Emergencias, traumas, diagnósticos. Dormía poco. Comía peor. Pero no pensaba en Lucas. O eso se repetía mientras pasaba lista en cuidados intensivos.
Fue Legrand quien rompió el cerco de su silencio interior.
—Vi tu cara en esa reunión. No solo estabas defendiendo a los pacientes, Amanda. Estabas... defendiendo otra cosa.
—¿Y qué supones que era? —preguntó ella, sin levantar la vista de los registros.
—La forma en que lo miraste cuando te respondió. Y la forma en que no lo volviste a mirar después.
Amanda se quedó en silencio.
—Le tenía fe —susurró, casi sin querer—. No por su apellido, ni por su empresa. Por él. Por lo que parecía estar descubriendo en mí... y en sí mismo. Pero quizás fui ingenua.
Legrand apoyó una mano en su hombro.
—A veces la gente no falla por maldad. Falla por miedo. O porque están aprendiendo a amar. No seas tan dura con Lucas Miller.
Dos semanas después, Amanda fue citada a una reunión técnica con el comité.
—¿Qué es esto? —preguntó, al entrar.
Lucas estaba ahí. Solo. Sin proyector. Sin gráficos. Sin traje.
—No es una reunión. Es... una conversación.
Amanda frunció el ceño, pero no se fue. Cerró la puerta tras de sí.
—Estoy escuchando —dijo, sin sentarse.
Lucas respiró hondo.
—Cancelé el despliegue del PRIE. No porque no crea en él. Sino porque entendí que, si realmente quiero cambiar algo... tengo que escuchar a quienes saben más que yo. A quienes viven entre los latidos, no entre los datos.
Amanda lo miró, cruzando los brazos.
—¿Y esperas que eso borre lo que pasó?
—No. Espero que eso construya lo que podría pasar. Lo que todavía no hemos dejado pasar —respondió él—. No quiero que me perdones. Quiero que me exijas. Que me desafíes. Que me enseñes.
Hubo una pausa. Un pulso suspendido entre el orgullo herido y la esperanza.
Amanda se acercó, esta vez sí tomando asiento frente a él.
—No tienes idea de cuánto cuesta amar algo que no puedes controlar —dijo ella, suavemente—. El cuerpo humano, un paciente en crisis, o a mí.
Lucas sonrió con tristeza.
—Estoy dispuesto a aprender, si me dais una oportunidad.
Amanda lo miró por un largo momento. Luego, inclinó la cabeza, como quien hace una primera incisión con la mayor precisión posible.
—Entonces empieza por quedarte callado y escuchar. No solo con los oídos. Con el pecho.
—¿Latidos?
—Exacto.
Y por primera vez desde la ruptura, sonrieron los dos. No porque el conflicto hubiera terminado. Sino porque habían elegido no dejarlo ganar.