La llamada llegó a las 3:42 de la madrugada.
Amanda estaba de guardia. Lucas, curiosamente, también estaba en el hospital. No por trabajo, sino porque había comenzado un programa de observación silenciosa: una semana completa en urgencias, sin intervenir, sin ofrecer mejoras, solo mirando. Aprendiendo el ritmo de las respiraciones, los sonidos que no se graban en las estadísticas.
Pero esa madrugada, todo cambió.
—Varón, 42 años. Accidente en Queens. Trauma torácico cerrado. Posible perforación pulmonar. Presión cayendo. Ritmo irregular. Llegan en dos minutos —anunció el intercomunicador.
Amanda ya se estaba colocando los guantes cuando vio que Lucas la seguía, sin decir palabra, con una mirada decidida.
—No entres a la sala. No es tu lugar —le dijo ella.
—Lo sé —asintió él—. Pero si algo puedo hacer, incluso sostener una lámpara o mover una camilla, lo haré. Tú me enseñas, ¿recuerdas?
Amanda lo miró por un segundo. Y no dijo que no.
El paciente llegó inconsciente, bañado en sangre. Amanda se convirtió en un torbellino de decisiones: intubación, toracostomía, dopamina, control de hemorragia. El equipo respondía a su tono con precisión, como si cada palabra pesara lo mismo que una vida entera.
Lucas observaba desde la esquina. No había miedo en su rostro, pero sí una concentración reverente.
—Necesito compresión manual aquí —ordenó Amanda, sin mirar—. ¿Lucas?
Él dio un paso sin pensarlo. Se colocó los guantes y puso las manos donde ella indicó. Ella corrigió suavemente la posición de sus dedos.
—Ahí. Mantén firme. No sueltes hasta que te lo diga.
Durante diez minutos eternos, Lucas sintió el latido inestable de otro hombre entre sus manos. El calor, la fragilidad, la vida misma.
—Listo. Lo tenemos —anunció Amanda finalmente, tras suturar una arteria colapsada—. Estabilizado. Buen trabajo, equipo.
Lucas retrocedió, con las piernas temblorosas. Amanda lo miró.
—Gracias —dijo, y no fue casual. No por ayudar. Por confiar.
Más tarde, cuando el paciente ya estaba en UCI, Amanda y Lucas se sentaron en la sala de descanso, las manos aún marcadas por el látex.
—Ahora sabes cómo se siente —le dijo ella, con voz baja—. No es teoría. No es una simulación. Es crudo. Real. Sucio. Y hermoso a su vez.
—Es brutal —admitió Lucas—. Y adictivo. El momento exacto en que sabes que todo puede irse al demonio... y sin embargo sigues. No por probabilidad. Por instinto.
Amanda lo miró, sorprendida por la precisión de sus palabras.
—¿Ves por qué me niego a dejar que una máquina lo decida?
—Sí. Pero también veo algo más —añadió él—. Que la tecnología debe seguirte a ti, no reemplazarte. Quizá ese sea mi trabajo real. Crear algo que potencie tu instinto, no que lo calle.
Ella lo observó en silencio. Algo dentro de ella, tan rígido durante tanto tiempo, comenzó a ablandarse.
—Podrías empezar por entender que no todo se arregla desde arriba. A veces, hay que mancharse las manos —le dijo, sin dureza.
—¿Eso fue una invitación a quedarme?
Amanda tomó un sorbo de su café frío. Sonrió.
—Fue una advertencia. Si te vas a quedar… más te vale hacerlo bien.
Lucas no respondió. Solo asintió.
Y por primera vez, no como CEO, ni como visionario, ni como el hombre que la besó en una azotea… sino como un compañero. Uno que se ganaba su lugar, minuto a minuto, al ritmo exacto de su latido.