"Entre códigos y latidos": Los Hermanos Miller #1

9. Latido compartido

La semana siguiente fue un vaivén constante entre salas de urgencia, pasillos saturados y jornadas que terminaban con el sol ya oculto tras los edificios de Manhattan. Lucas se había ganado su pase no oficial al equipo, bajo la categoría improvisada de "consultor externo en procesos clínicos", aunque todos sabían que estaba allí por otra razón. Y nadie decía nada.

Amanda había empezado a dejarlo entrar. A medias. Siempre manteniendo una barrera sutil: una palabra seca, una mirada profesional, un "no es tu competencia" dicho sin dureza pero con firmeza.

Hasta que llegó el caso del niño de ocho años.

—Se llama Noah. Fiebre persistente, dificultad respiratoria, historial de asma, pero esto no parece un brote común —le explicó Amanda, revisando el informe frente a Lucas—. RX sin consolidación clara, laboratorio normal, pero el niño está empeorando rápido.

—¿Se descartó infección bacteriana atípica? —preguntó él, mirando la pantalla.

—Sí. También viral. El problema es que clínicamente no encaja con nada conocido. Está en zona gris.

Lucas se quedó pensativo. Luego caminó hasta la pizarra del staff y comenzó a escribir.

—¿Y si no estamos mirando el sistema correcto?

Amanda entrecerró los ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Tal vez no es el pulmón. Tal vez es el corazón… ¿Puedo mostrarte algo?

Ella lo observó, con cierto escepticismo, pero asintió.

Lucas abrió su laptop y proyectó un algoritmo que estaba desarrollando con su equipo, uno que cruzaba variables clínicas aparentemente no relacionadas y buscaba patrones ocultos. Alimentó los datos del niño en tiempo real, agregando observaciones clínicas recientes. El resultado parpadeó en rojo:

Probabilidad alta de miocarditis fulminante.

Amanda leyó el informe. Sus pupilas se dilataron. Tomó su estetoscopio y corrió hacia la habitación de Noah.

Minutos después, regresó con el ceño fruncido.

—Ruidos cardíacos amortiguados. Falla circulatoria leve. Tenías razón. Ordené un ecocardiograma urgente.

Lucas no sonrió. No se jactó. Solo dijo:

—Gracias por confiar en el algoritmo.

—No confié en el algoritmo. Confié en ti —dijo Amanda, y esta vez, no hubo barrera alguna.

Esa noche, tras estabilizar a Noah y transferirlo a cardiología pediátrica, Amanda encontró a Lucas en la azotea del hospital, la misma donde habían compartido su primer momento fuera de contexto clínico.

—Estás cambiando cosas aquí —le dijo, sentándose a su lado, con la ciudad latiendo a sus pies.

—Estoy aprendiendo a mirar lo invisible —respondió él, sin girarse.

—Hoy salvaste una vida —susurró Amanda—. Y no porque seas un genio, o porque tu algoritmo sea brillante. Sino porque te importó lo suficiente como para cuestionar lo que todos dimos por sentado.

Lucas la miró por fin. Algo en ella había cambiado. No era solo respeto. Era admiración, con una ternura inesperada.

—No me había sentido útil en mucho tiempo —admitió él—. No así. No con el corazón latiendo en las manos.

Amanda apoyó la cabeza en su hombro, solo por un instante. Fue casi imperceptible, pero suficiente.

—Bienvenido al caos —le dijo.

Y él, por primera vez en años, sintió que pertenecía a algo que no podía controlar. Ni predecir. Pero que valía cada segundo.

Capítulo 10: Temperatura Crítica

El día comenzó con una llamada que Amanda no esperaba.

—¿Te animas a salir del hospital por una noche? —dijo la voz de Lucas al otro lado del teléfono, entre tímida y decidida—. Hay una muestra de arte digital en el MoMA. Y un bar en la azotea del que todos hablan. No hay quirófanos. Solo luces y música.

Amanda dudó. Hacía tanto que no salía sin bata ni diagnóstico que la sola idea la descolocaba. Pero algo en su voz—la manera en que le dio espacio para decir que no sin presión—la hizo decir que sí.

La exposición era un desfile de colores cinéticos, pantallas interactivas y esculturas que respondían al pulso cardíaco del visitante. Lucas se detuvo frente a una instalación que proyectaba un algoritmo en constante mutación. Amanda lo observó de reojo, notando lo diferente que se veía sin el peso de las decisiones médicas a cuestas. Más suelto. Más real.

—Es curioso —dijo ella—. Hasta en tu tiempo libre los algoritmos te persiguen.

—Solo porque nunca encontré algo que me fascinara tanto… hasta ahora —respondió él, mirándola directamente.

Amanda bajó la mirada, sintiendo que algo se derrumbaba con suavidad dentro de su pecho.

Después de un par de tragos en el bar de la azotea, con Manhattan extendiéndose como un circuito de luz líquida, la tensión entre ambos se volvió más densa, más cercana. Como electricidad que no necesita tormenta para manifestarse.

—¿Puedo decir algo sin que suene a cálculo ni a plan de conquista? —preguntó Lucas, acercándose apenas.

—Solo si estás preparado para que yo también sea honesta —contestó Amanda, con una sonrisa afilada.

—Nunca me sentí tan fuera de control como contigo. Ni tan vivo —dijo él, y había verdad en su tono, no juego.

Ella sostuvo su mirada, y en ese instante, todo el peso de las semanas compartidas—las miradas, las discusiones, las decisiones bajo presión—se convirtió en una sola cosa: hambre.

Hambre de proximidad. De tocar lo que hasta ahora solo habían rozado con la punta de los dedos.

Fue Amanda quien lo besó primero. Como quien toma la iniciativa en una cirugía: con precisión y fuego.

Lucas respondió como si llevara horas esperando ese momento. Las manos en su cintura, el cuerpo inclinándose hacia el suyo. No había protocolo ni distancia profesional. Solo piel, latido y deseo.

Subieron a su departamento sin hablar demasiado. La ciudad seguía viva allá abajo, pero ellos estaban en otro ritmo, uno hecho de gemidos contenidos y respiraciones entrecortadas.

La primera vez fue torpe y salvaje. Como si el cuerpo necesitara sacarse de encima todo lo que el lenguaje no supo decir.



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En el texto hay: romance amistad

Editado: 23.01.2026

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