Sin alma… pero con miedo
No sé qué pasó.
Joshua.
Esa noche sentí miedo.
¿Miedo?
¿Cómo alguien como yo podía sentir algo así?
Soy un vampiro.
Prácticamente un ser sin alma.
Y aun así… verla a ella, pequeña, sentada afuera con el viento revoloteando su cabello negro y esos grandes ojos color café preguntándome si acaso teníamos una historia… me paralizó.
Porque casi la tenía.
Casi recordaba.
Y si recordaba la mordida…
Si recordaba lo que soy…
Pensaría que soy un monstruo.
Y lo soy.
Después de esa noche no he podido olvidar ese beso.
Tampoco he podido olvidarla a ella.
Sus ojos hipnotizantes.
Su sonrisa suave.
Esas pequeñas pecas que adornan su rostro como si el cielo hubiera dejado estrellas sobre su piel.
Quiero besarla de nuevo.
Quiero que su olor se quede impregnado en mí.
Quiero tenerla cerca.
Quiero tenerla toda para mí.
Pero no puedo.
Soy un monstruo que la está arrastrando a una historia mal contada.
—¿Por qué, Luna? —susurré mirando al cielo oscuro—. ¿Por qué ella?
Esa mañana desperté con un peso en el pecho.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Número desconocido.
Lo más probable era que fuera mi tío.
Contesté.
—Hola.
—Joshua, ¿cómo vas? —preguntó la voz al otro lado.
—Bien… ¿Cómo está mi padre?
Hubo un pequeño silencio.
—Hablando de tu padre… tengo una noticia para ti.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Una noticia?
—Sí, Josh.
No sabía qué esperar. Pero mi cuerpo ya se preparaba para lo peor.
Entonces la voz cambió.
—Hola, hijo.
Me quedé inmóvil.
—¿Padre?
Era su voz.
Débil, pero firme.
—Estoy bien… mucho mejor, hijo mío.
Sentí algo que hacía tiempo no sentía.
Alivio.
—Me alegra escucharlo.
—Joshua… ya puedes volver. Estoy estable. La banda está tranquila. Te necesito aquí esta semana.
Volver.
Eso significaba irme de Derling.
Irme de ella.
—Sí, padre —respondí, pero mi voz no sonó tan convencida como debería.
—Te espero, hijo.
La llamada terminó.
Me quedé mirando la pared durante varios segundos.
¿Esto era lo que quería?
Yo no quería involucrar a Stefani en mi mundo.
No quería convertirla en algo que no eligió ser.
Entonces… ¿por qué sentía que me arrancaban algo del pecho?
¿Acaso este iba a ser el final de mi verdadero amor?
No.
Eso es lo correcto.
Lo mejor para los dos.
Solo haré una última cosa.
La invitaré a una cita.
La besaré una última vez.
Grabaré en mi memoria el sabor a fresa de sus labios.
Y luego…
Borraré todo lo que quede de mí en ella.
Para que pueda vivir una vida normal.
Sin monstruos.
Sin Luna.
Sin destino.
Aunque eso me destruya a mí.
EN LA CITA.
La estaba esperando desde hacía quince minutos, aunque para mí parecían horas.
El bar no era muy grande. Luces cálidas, música suave de fondo, el murmullo de conversaciones ajenas que apenas escuchaba. Solo podía escuchar mi propio pensamiento… y el latido imaginario de su corazón.
Estaba nervioso.
Ridículo.
Un vampiro con miedo de una chica.
Pero no era cualquier chica.
Era ella.
Cuando la puerta se abrió, levanté la vista sin querer. Y entonces la vi.
Vestido rojo.
No rojo escandaloso… rojo profundo, elegante. El tipo de rojo que hace que todos volteen. El tipo de rojo que parecía hecho para su piel, para su figura. El vestido resaltaba cada curva de su cuerpo de una manera delicada, sin exagerar. Su cabello caía suelto, ligeramente ondulado. Y sus ojos…
Sus ojos parecían más claros bajo la luz dorada del atardecer que entraba por las ventanas.
Hermosa.
Pero ¿qué estoy pensando?
Deja de pensar eso.
Ella se acercó con una pequeña sonrisa nerviosa.
—Perdón si tardé —dijo suave.
—No… no, yo acabo de llegar —mentí.
Se sentó a mi lado. Tan cerca que pude sentir su calor. Pude oler su perfume. Fresa… con algo dulce, algo que solo era ella.
Y eso me destrozó por dentro.
Porque esta era la última vez.
—Te ves… diferente —dijo mirándome con atención.
—¿Diferente cómo?
Ella inclinó la cabeza, analizándome.
—No sé… como si estuvieras triste.
Sonreí de lado.
—¿Yo? Nunca.
Pero ella no apartó la mirada.
Esos ojos café… que cada vez que me miraban parecían preguntarme algo más profundo. Como si su alma intentara recordar lo que su mente no podía.
Pedimos algo de beber. Ella hablaba, me contaba cosas simples: la universidad, Elena, lo aburrida que había sido la semana sin “drama”. Yo la escuchaba como si fuera la última canción que iba a oír en siglos.
Porque lo era.
En un momento se quedó callada.
—Joshua…
—¿Sí?
—¿Alguna vez sientes… como si algo estuviera mal? —susurró.
Mi cuerpo se tensó.
—¿A qué te refieres?
—Como si hubiera algo que no recuerdo. Algo importante. Y cuando te miro… siento que tú sabes qué es.
Silencio.
El ruido del bar desapareció.
Podía escuchar cada latido en el lugar.
Podía oler cada gota de sangre.
Y aun así… lo único que me importaba era ella.
—Stefani —dije despacio—, estás imaginando cosas.
Ella bajó la mirada.
—Tal vez me estoy volviendo loca.
No.
No digas eso.
Yo soy el monstruo.
No tú.
Le tomé la mano sin pensar. Su piel era suave. Cálida. Viva.
—No estás loca —susurré.
Ella levantó la mirada lentamente.
Y ahí pasó.
Ese momento en que todo se rompe.
Se acercó un poco más.
—Entonces dime por qué cuando te veo… siento que ya te he perdido una vez.
Eso me atravesó.
Quise decir la verdad. Quise decirle todo. La mordida. La sangre. El miedo en sus ojos. Cómo gritó. Cómo la sostuve cuando se desmayó. Cómo borré su memoria porque no soporté verla asustada de mí.
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Editado: 25.02.2026