Entre Colmillos y Deseo

capitulo 11

Había pasado una semana que no lo veía. ¿Dónde estaba? ¿Será que estaba enfermo?

Era tarde cuando la campana sonó. Agarré mi mochila, mis libros y fui a mi casillero. Dejé los libros, saqué mi teléfono y cerré el casillero. Hoy iría a la casa de Joshua; quería ver si estaba bien. Él era mi mejor amigo… o bueno, eso creía.

La verdad no recordaba muy bien las cosas, era como si mi cerebro las hubiera eliminado. Lo único que recuerdo es la vez que lo vi caminando a mi lado y riendo dulcemente, dejando a la vista esos hermosos y perfectos dientes.

También fue raro que no lo recordara. Cuando hablábamos, salí de la escuela y encontré a Joshua en el árbol hablando con alguien. Cuando notó mi presencia, levantó su mirada verde esmeralda hacia mí, haciéndome bloquearme por unos segundos con solo una mirada.

Sin dejar de mirarme, me indicó que me sentara a su lado, lo cual hice. Y esa fue la mejor tarde de mi vida.

—¿Stefani, estás bien? —pregunta Elena desde el lado de mi casillero.

Suspiro ante la pregunta.

Pues… ¿por qué te quedaste en un trance mirando mi cuaderno? —dice haciéndome observar el cuaderno que tengo en mi mano.

—Uhh, no sé qué pasó —digo poniendo el libro en mi mochila.

—Bueno, nos vamos —dice Elena encaminándose hacia la puerta.

La sigo en silencio y parece notarlo, inclinando su cabeza hacia mí para después preguntarme:

—¿En quién piensas tanto, Stefani?

—Yo en nadie —digo rodando los ojos.

—Sí, claro, y yo soy Spiderman —dice bromeando—. Anda, tienes que confiar en tu secreta.

—Bueno… en realidad, pienso en Joshua —digo apenada.

—En serio, Stefani, no podía decirme qué estaba pasando en el cumpleaños de Joshua —dice mordiéndose el labio, solo de recordarlo.

—Ujum —digo un poco enojada al pensar cuántas cosas pensaría mi mejor amiga de Joshua.

—¿Cómo se siente besarlo? —pregunta de repente.

—No sé… ¿acaso lo he besado? —digo con inseguridad.

—No te hagas. Se veía bien claro cómo enredaste tu lengua con la de Joshua en la fiesta —dice mirándome indignada, aunque con un tono juguetón.

—¡Cállate! —digo saliendo casi como un susurro. Me acuerdo del beso, cómo me agarró por la cintura… y sus ojos… sus ojos cambiaron y ya no eran verdes.

—Mira, Stefani, ¿cuánto tomaste para no recordar ya un muy claro ese beso? —dice con el ceño un poco fruncido.

Stefani.

Elena me miraba como si estuviera esperando que explotara.

—A ver —dice cruzándose de brazos—. No me cambies el tema. ¿Qué te pasa con Joshua?

Trago saliva.

No sé por qué, pero mi pecho se siente pesado.

—Elena… ¿tú viste algo raro en sus ojos esa noche?

Ella frunce el ceño.

—¿Raro cómo?

—No sé… diferente. Como si… cambiaran.

Elena se queda pensándolo unos segundos.

—Stefani, ustedes estaban demasiado ocupados besándose como para que yo estuviera analizando sus pupilas —dice rodando los ojos—. No querían despegarse. Literalmente parecía que el mundo no existía para ustedes.

Mi corazón da un pequeño salto.

—¿No viste nada azul? ¿Nada brillante?

—No —responde más seria ahora—. Solo vi que te agarró de la cintura y que tú casi lo derrites ahí mismo.

Siento calor en las mejillas.

Pero no es vergüenza.

Es frustración.

—Te juro que vi algo —susurro.

—Bueno, si lo viste, tal vez fue la luz —dice intentando tranquilizarme—. Además, si pasó algo más, tú deberías recordarlo… ¿no?

Ese “¿no?” se queda flotando en el aire.

Porque no.

No lo recuerdo todo.

Y eso es lo que más miedo me da.

Esa misma tarde decidimos ir a la casa donde se estaba quedando Joshua.

No sé por qué lo hice.

Tal vez necesitaba confirmar que realmente se había ido.

Tal vez esperaba que todo fuera una exageración.

La casa se veía igual.

Callada.

Vacía.

Toqué la puerta con el corazón latiendo más rápido de lo normal.

Después de unos segundos, una anciana abrió.

Su cabello blanco estaba recogido en un moño bajo y sus ojos, pequeños pero atentos, nos analizaron con cuidado.

—¿Sí?

—Buenas tardes… —digo intentando sonar tranquila—. Buscamos a Joshua.

Elena me mira de reojo.

La mujer suspira.

—El muchacho se fue hace días.

Siento que algo se rompe dentro de mí.

—¿Se fue…? —repito.

—Sí. Dijo que tenía asuntos familiares urgentes. No dejó dirección.

El silencio me invade.

—¿No dijo si volvería? —pregunta Elena.

La anciana niega lentamente.

—Solo dejó algunas pertenencias. Dijo que si alguien preguntaba por él… podían llevarlas.

Mi corazón empieza a latir más fuerte.

—Yo las puedo recoger —digo casi de inmediato.

La mujer me observa unos segundos más, como si estuviera leyendo algo en mi rostro.

Luego asiente y desaparece dentro de la casa.

Regresa con una pequeña caja de madera.

La tomo con manos temblorosas.

—Gracias.

La anciana no sonríe.

—Ten cuidado, niña.

No entiendo por qué dice eso.

Pero esas palabras se me quedan grabadas.

En mi habitación, cierro la puerta y me siento en la cama con la caja frente a mí.

Elena se sienta a mi lado.

—Ábrela.

Respiro hondo.

Levanto la tapa.

Dentro hay algunas cosas simples: una pulsera negra, una libreta pequeña… y un papel doblado.

Lo saco.

Lo despliego.

Es un mapa.

Un plano del bosque que rodea Derling.

Pero no es un mapa cualquiera.

Hay marcas.

Señales dibujadas a mano.

Y un círculo.

Un círculo rojo marcado sobre una zona específica.

Una cueva.

Mi respiración se vuelve más pesada.

—¿Qué es eso? —pregunta Elena acercándose.

—No lo sé…

Pero lo sé.

Lo siento.

Algo me atrae hacia ese lugar.

Como si una parte de mí ya hubiera estado allí.

Como si ese círculo marcara algo más que una simple cueva.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.