Solo quedaba un día.
Un día antes de volver a Derling.
Un día antes de regresar a la normalidad… si es que eso todavía existía.
Así que decidieron aprovecharlo.
El lago estaba más tranquilo que nunca. El agua reflejaba el cielo como un espejo inmenso, azul profundo con destellos dorados del sol.
Stefani y Elena salieron primero de la pequeña casa de madera donde se habían cambiado.
Joshua y Adrián ya estaban cerca del agua.
Y cuando las vieron…
Se hizo silencio.
El bikini de Stefani era negro, delicado, con pequeños diamantes azulados incrustados que brillaban bajo la luz. En el lago parecía una constelación sobre su piel, como si llevara una galaxia abrazando su figura.
Elena llevaba uno celeste claro, con pequeñas esmeraldas cosidas en la parte superior que capturaban la luz cada vez que se movía. El color resaltaba su piel clara y su cabello color miel que caía húmedo sobre sus hombros.
Las vampiresas del pueblo eran hermosas, sí.
Pero ellas…
Ellas no parecían comunes.
No era solo belleza.
Era vida.
Era imperfección perfecta.
Era el latido que los vampiros no tenían.
Adrián tragó saliva.
Joshua hizo lo mismo.
—¿Van a quedarse mirando o van a entrar? —preguntó Elena cruzándose de brazos, divertida.
Stefani sonrió, sabiendo perfectamente el efecto que estaban causando.
Joshua no aguantó.
Se acercó a Stefani, la tomó suavemente por la cintura y la atrajo hacia él.
—No es justo que me distraigas así —murmuró cerca de su oído.
—No estoy haciendo nada —respondió ella con inocencia fingida.
Él la besó.
No desesperado.
No urgente.
Un beso profundo, lento, como si quisiera memorizarla.
Stefani pasó sus brazos por su cuello y respondió sin dudar.
El lago, el sol, el mundo entero desaparecieron por un instante.
—¡Ey! ¡Consigan una habitación! —gritó Elena riendo.
Y sin esperar respuesta, se lanzó al agua.
Adrián la siguió.
El agua estaba fría, pero no incómoda.
—¡Jugamos tiburón! —propuso Elena nadando hacia el centro.
—¿Y quién es el tiburón? —preguntó Stefani.
Elena miró a Adrián.
—Obvio.
Él levantó una ceja.
—¿Por qué yo?
—Porque eres el depredador, ¿no?
Adrián sonrió.
—No sabes lo que dices.
—Atrápame primero.
Y comenzó el juego.
Adrián se movía rápido bajo el agua. Demasiado rápido. Pero Elena era buena nadadora, ágil, escurridiza.
—¡Por eso soy la mejor nadadora de mi escuela! —gritó riendo mientras esquivaba su intento de atraparla.
Joshua observaba divertido mientras Stefani se apoyaba contra él.
—Va a atraparla —murmuró.
—No tan fácil.
Pero Adrián cambió de dirección bajo el agua.
Desapareció.
Elena miró alrededor.
—¿Adrián?
Nada.
El lago parecía demasiado tranquilo.
Y de pronto—
Un brazo rodeó su cintura desde abajo.
Ella soltó un pequeño grito ahogado cuando emergieron juntos.
—Te tengo —susurró él.
Elena quedó atrapada entre sus brazos.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
El agua llegaba apenas a sus hombros.
Sus cuerpos casi se tocaban.
Solo faltaba un suspiro para que sus labios rozaran.
Elena sintió la piel erizarse.
No de miedo.
De algo completamente distinto.
Los ojos verdes de Adrián estaban más intensos bajo la luz.
Sus pecas apenas visibles sobre la piel pálida.
Su expresión ya no era juguetona.
Era seria.
Vulnerable.
—Te distraes mucho —murmuró él.
—No… —susurró ella—. Solo estaba esperando.
—¿Qué?
Pero ella ya no pensó.
No fue lujuria.
No fue impulso descontrolado.
Fue deseo suave.
Fue cariño.
Fue decisión.
Elena lo besó.
Firme.
Seguro.
Un beso profundo pero limpio, lleno de sentimiento.
Adrián se quedó inmóvil medio segundo.
Y luego respondió.
Sus manos subieron ligeramente por su espalda, sosteniéndola con cuidado, como si aún tuviera miedo de romperla.
El mundo se volvió silencio.
El lago dejó de moverse.
Y por un instante…
Nada más existió.
Cuando se separaron, Elena tenía las mejillas encendidas.
—Creo que gané yo —dijo intentando sonar normal.
Adrián la miró como si acabara de descubrir algo irreversible.
—Sí —respondió suavemente—. Creo que sí.
Desde la orilla, Joshua observó a su hermano.
Y entendió.
El miedo.
La certeza.
La condena dulce.
Porque cuando un vampiro ama…
No es por un verano.
No es por un momento.
Es para siempre.
Y ese “para siempre” pesa.
Pero ese día…
Bajo el sol.
Con el lago brillando como un espejo del cielo.
Decidieron no pensar en el mañana.
Solo en el último atardecer que les quedaba.
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Editado: 25.02.2026