El día siguiente amaneció con un cielo despejado y un aire fresco que traía consigo el aroma del campo. Camila, sentada en el porche de la casa de sus padres, disfrutaba de una taza de café mientras observaba cómo los primeros rayos de sol bañaban el pequeño pueblo. A pesar de los incómodos encuentros con Mariana, comenzaba a sentirse a gusto en casa nuevamente. Había algo en la tranquilidad del lugar que la reconfortaba.
Su hermana menor, Ana, salió corriendo por la puerta con una energía inagotable, como siempre.
—¡Hey! ¿Qué planes tienes hoy? —preguntó Ana con una sonrisa pícara.
—Nada en particular. Solo quiero pasear un rato y despejarme —respondió Camila, fingiendo despreocupación, pero sabiendo que en el fondo sus pensamientos rondaban en torno a cierta dueña de un bar.
Ana la miró con una mezcla de emoción y picardía. —Bien. Entonces, ¿qué tal si damos una vuelta más tarde? Me apetece salir. Y prometo que no te llevaré al bar de Mariana esta vez, a menos que tú quieras, claro —dijo con un guiño.
Camila rió, asintiendo. —Está bien, pero nada de planes secretos esta vez.
El día transcurrió entre paseos tranquilos por el pueblo y pequeños recuerdos que afloraban mientras caminaban por lugares que ambas conocían desde la infancia. A medida que avanzaba la tarde, Camila comenzó a relajarse un poco más, aunque inevitablemente, sus pensamientos seguían regresando a la noche anterior, a la constante fricción con Mariana, y a lo mucho que la había afectado.
Más tarde, esa misma tarde, decidieron detenerse en un pequeño parque cerca de la plaza del pueblo. Había niños jugando, y algunos turistas disfrutaban del ambiente relajado. Camila y Ana se sentaron en un banco, hablando de temas triviales hasta que Camila decidió levantarse para comprar algo de beber en un carrito de helados cercano.
Mientras esperaba en la fila, sintió una presencia incómoda detrás de ella. Al principio no le prestó demasiada atención, pero cuando un hombre alto y robusto se acercó demasiado, sus alarmas internas se encendieron. El hombre, con una sonrisa que a Camila le pareció más perturbadora que amigable, comenzó a hacerle comentarios inapropiados.
—Vaya, pero qué linda te ves hoy. ¿Estás sola? —le dijo con un tono descarado, acercándose aún más.
Camila lo miró de reojo, ya acostumbrada a lidiar con este tipo de situaciones, pero algo en él la hacía sentir más incómoda de lo normal. Dio un paso hacia adelante, intentando ignorarlo, pero el hombre no se dio por vencido y volvió a interponerse en su camino.
—Vamos, preciosa, solo quiero hablar contigo. ¿Por qué tan fría?
Camila frunció el ceño y, manteniendo la calma, se preparó para defenderse verbalmente. —No estoy interesada. Déjame en paz.
El hombre soltó una risa burlona, como si no pudiera creer que lo estaba rechazando. Dio otro paso hacia ella, pero antes de que pudiera acercarse más, una voz firme y familiar interrumpió la escena.
—Creo que ella fue bastante clara.
Camila giró la cabeza y allí estaba Mariana, de pie, con los brazos cruzados y una mirada tan afilada como siempre. La presencia de Mariana parecía cambiar el ambiente de inmediato, y el hombre vaciló por un momento, mirando entre Camila y la recién llegada.
—¿Y tú quién eres? —preguntó el hombre con arrogancia, claramente desafiando la intervención.
Mariana dio un paso adelante, sin perder ni un ápice de su calma. —Soy la que te va a romper la cara si no dejas a la señorita en paz. Así que, si eres inteligente, te irás antes de que las cosas se pongan feas.
El hombre, al notar el tono serio y amenazante de Mariana, retrocedió, murmurando algo ininteligible antes de finalmente dar media vuelta y alejarse. Camila, que había estado tensa durante toda la interacción, finalmente soltó un suspiro de alivio.
—Gracias —dijo, mirando a Mariana con una mezcla de sorpresa y gratitud.
Mariana la observó con una sonrisa de lado, esa que parecía siempre estar presente en cualquier situación. —No tienes que agradecerme. Puedo reconocer a un imbécil cuando lo veo.
Camila esbozó una pequeña sonrisa, aunque todavía sentía el nudo de la tensión en su estómago. Mariana la miraba con una expresión diferente esta vez, una que no estaba cargada de sarcasmo ni burla.
—De verdad, gracias. No quería causar una escena —dijo Camila, sintiendo la necesidad de aclararlo.
—Tranquila. Lo manejaste bien —dijo Mariana, mirando hacia el carrito de helados—. Aunque te hubieras librado de él por tu cuenta, pensé que te vendría bien una mano.
Hubo un breve silencio entre las dos, una especie de tregua tácita que parecía borrar, aunque fuera por un momento, las tensiones anteriores. Camila, sintiéndose un poco más relajada, decidió romper el hielo.
—No me había presentado formalmente. Me llamo Camila —dijo, extendiendo la mano hacia Mariana.
Mariana miró la mano extendida por un segundo antes de tomarla. —Ya lo sabía —respondió con una sonrisa cómplice—. Soy Mariana.
Camila la miró con sorpresa. —¿Sabías mi nombre?
Mariana soltó una pequeña risa. —Claro. Eres famosa, ¿recuerdas? Además, en un pueblo como este, todos saben quién es quién.
Camila sintió un leve calor en sus mejillas, un poco avergonzada, pero también aliviada de finalmente haber tenido un momento más sincero con Mariana.
—Bueno, ahora es oficial. Encantada de conocerte, Mariana —dijo Camila, sonriendo un poco más relajada.
Mariana la miró durante un momento, con una expresión que parecía contener más de lo que estaba dispuesta a decir en voz alta. —Encantada, Camila.
Antes de que el momento pudiera volverse demasiado incómodo, Ana llegó corriendo desde el parque, interrumpiendo lo que parecía ser el inicio de una conversación más profunda.
—¡Camila! ¿Estás bien? Te vi desde lejos y parecía que estabas en problemas —dijo Ana, mirando a Mariana con curiosidad.
—Todo bien, gracias a Mariana —respondió Camila, sonriendo hacia su hermana para tranquilizarla.