Días habían pasado desde el casi beso en la biblioteca, pero la sensación de la cercanía de Camila aún vibraba en el aire, como una melodía que se negaba a desvanecerse. Mariana se encontraba atrapada en un torbellino de pensamientos, donde cada imagen de Camila se entrelazaba con los recuerdos de ese instante mágico. ¿Qué era realmente lo que sentía por ella? Era una mezcla de confusión y deseo que la mantenía despierta cada noche, girando en la cama, con el rostro de Camila grabado en su mente.
El bar, su refugio habitual, ahora parecía un laberinto de distracciones. Las risas y conversaciones de los clientes resonaban en sus oídos, pero Mariana se sentía aislada en su propio mundo. Su mejor amigo, que la conocía mejor que nadie, la observaba desde la barra, con una mirada que mezclaba preocupación y diversión.
—¿Qué te pasa, Mariana? —preguntó él, apoyando los codos en la barra, su tono amable contrastando con la animación que la rodeaba.
Mariana suspiró, incapaz de esconder su desasosiego. —Es Camila.
Su amigo frunció el ceño, sorprendido. —¿La escritora famosa? ¿La que te sacó de quicio hace unas semanas?
—Sí, esa misma —respondió Mariana, sintiendo cómo la frustración se convertía en un nudo en su estómago. —No puedo dejar de pensar en ella desde aquella tarde. No sé si lo que siento es amor, pero... quiero acercarme a ella.
Su amigo se inclinó hacia adelante, interesándose. —¿Y qué te detiene? ¿Por qué no haces algo al respecto?
Mariana bajó la vista, mordiéndose el labio inferior mientras su mente luchaba entre el deseo y el miedo. —No sé qué hacer. ¿Y si ella no siente lo mismo?
Su amigo se encogió de hombros, haciendo una pausa como si calibrara sus palabras. —Si no lo intentas, nunca lo sabrás. Es mejor que quedarte aquí pensando en "qué pasaría si".
Las palabras de su amigo resonaron en su cabeza, desafiando sus miedos. Tenía razón. Si quería entender lo que había entre ella y Camila, debía actuar. La idea de dejar que la incertidumbre definiera su vida la incomodaba más de lo que quería admitir.
Se levantó de un salto, la determinación creciendo en su interior, desechando el temor que había estado acumulando. —Tienes razón. Tengo que buscarla.
Sin perder tiempo, se dirigió hacia su motocicleta. El sonido del motor al encenderse la llenó de una energía renovada, como si cada vibración la impulsara hacia adelante. Mientras conducía, las calles familiares se desdibujaban en un borrón, la ansiedad y la emoción convirtiendo cada segundo en una mezcla electrizante. No podía dejar de pensar en lo que iba a hacer; necesitaba encontrar a Camila y ver si existía la posibilidad de algo más entre ellas.
Al llegar a la tienda artesanal donde Ana trabajaba, se detuvo un momento para tomar aire. Entró en el lugar, donde el aroma de madera y pinturas se mezclaba con la calidez de las creaciones locales. Ana, siempre con una sonrisa, la miró desde detrás del mostrador.
—¡Mariana! ¿Qué te trae por aquí? —preguntó, sus ojos brillando con curiosidad.
Mariana se sintió algo incómoda, consciente de que su ansiedad era evidente. —Estoy buscando a Camila. ¿Sabes dónde está?
Ana ladeó la cabeza, su sonrisa traviesa iluminando su rostro. —Camila está en el pequeño parque, no tan lejos de la casa, esperando a alguien que le dé clases sobre cómo es estar con una mujer.
Las palabras de Ana provocaron un destello de emoción en el pecho de Mariana, como si hubiera encendido una chispa. Sonrió, sintiéndose aliviada y entusiasmada a la vez. —Gracias, Ana.
Salió de la tienda con una rapidez que la sorprendió a sí misma, encendiendo la motocicleta con un propósito renovado. Mientras conducía hacia el parque, el viento acariciaba su rostro, llevando consigo sus dudas y temores. En su mente, solo había espacio para la imagen de Camila.
El viaje al parque fue breve, pero cada segundo lo sintió como una eternidad. ¿Qué diría cuando la viera? ¿Cómo reaccionaría ella? Las preguntas la mantenían inquieta, pero el deseo de verla superaba cualquier duda que pudiera tener. Al llegar al parque, la vio sentada en un banco, con un libro en las manos. Sin embargo, su expresión era más introspectiva que concentrada en la lectura.
Mariana aparcó la moto a una distancia prudente, tomando un momento para respirar profundamente y calmar su acelerado corazón. Caminó hacia Camila, sintiendo que cada paso la acercaba a una decisión que podría cambiar el rumbo de sus vidas. Cuando Camila levantó la vista al escuchar sus pasos, el mundo a su alrededor se desvaneció.
—Hola —dijo Mariana, tratando de sonar tranquila, aunque su voz traicionaba un leve temblor.
—Hola, Mariana —respondió Camila, una sonrisa iluminando su rostro. Era una sonrisa que llenaba a Mariana de calidez y nervios a la vez
Mariana tomó aire, intentando tranquilizar su corazón agitado mientras observaba a Camila. Con un toque de nerviosismo, se acercó un poco más.
—¿Qué estás haciendo aquí, Camila? —preguntó, intentando sonar casual, aunque la curiosidad y el interés desbordaban su voz.
Camila levantó la mirada, sus ojos chispeantes encontrándose con los de Mariana. —Pensando en tu oferta —respondió, dejando a Mariana algo asombrada.
Un silencio tenso se instaló entre ellas, pero segundos después, Camila rompió la atmósfera con una sonrisa traviesa. —Es broma. Estoy trabajando en mi próxima novela.
Mariana no pudo evitar soltar una risa, aliviada por la ligereza de la conversación. —¿Puedo sentarme?
—Claro, si no te importa compartir el banco conmigo —respondió Camila, moviéndose un poco para hacerle espacio.
Mariana se acomodó a su lado, sintiendo cómo la cercanía encendía una chispa de emoción en su interior. Mientras miraba a Camila, una idea juguetona cruzó por su mente.
—Aunque tú no lo creas, puedo ser una gran fuente de inspiración para ti. Deberías aprovecharte de eso.
Camila arqueó una ceja, divertida. —Ya que tanto insistes... ¿cómo actuarías si estuvieras coqueteando conmigo?