Para este capitulo escuchen la canción: "Beso" de Jósean Log.
Miriam
Nunca pensé estar en esta situación y mucho menos con ella.
No piensen que soy una persona agresiva, para nada; me encanta ser amable con las personas que se merecen que las traten bien, pero este tipo de personas me saca mi peor lado. Me hierve la sangre cada vez que un hombre trata mal a una mujer; cada vez que escucho los piropos o chisteos en la calle, me regreso y les digo muchas cosas. Y no solo con hombres, también con mujeres groseras o mujeres que tratan mal a los niños.
Una vez vi que una señora le estaba pegando a un niño con su zapato y yo le lancé mi zapato y, en el carro de mi papá, le grité que esperaba y le gustaran los golpes también porque me iba a bajar a partirle la madre. Obvio, eso no pasó porque mi papá me detuvo.
Vi cómo este chico se llevaba a la crush de mi amigo, vi cómo apretó sus brazos y la expresión de asustada que hizo fue el detonante. Vi rojo.
Lo golpeé.
Lo golpeé en la cara, un golpe seco, mi puño en su cara, un buen golpe.
No recuerdo qué dije; usualmente en esas ocasiones digo cosas hirientes, pero no me acuerdo de qué dije; mi respiración siempre se acelera y empiezo a temblar por la adrenalina del momento.
Lo único que sé es que el chico se enderezó y empezó a venir hacia mí con una cara de "me quiere mandar con San Pedro".
Aparentemente, yo también estaba preparada para recibir golpes. Sin embargo, los amigos de dicho individuo lo capturaron y a mi Lalo, ya que se dirigía directamente hacia él. Según le expresé:
—Eres un culo por lastimar a una mujer.
Al parecer eso lo hizo enojar más. Pero antes de que descubriéramos qué podría pasar, Lalo me jaló hacia la salida.
—¿Qué rayos te pasa, Miriam? Te pudo haber golpeado.
—Ni que me lo digas, no sé por qué lo hice —lo dije acelerada.
Cerré los ojos y empecé a regularizar mi respiración. Tenía que tranquilizarme o me iba a dar un ataque de ansiedad.
Lalo entendió todo al verme, me puso los brazos en los hombros y empezó a respirar conmigo. Sin decir ni una sola palabra, él me tranquilizó.
Esa es la sensación que causa cuando te juntas con Lalo; es una persona muy tranquila y segura.
Abrí los ojos y pude verlo con claridad. Vi su rostro; sus pecas fueron lo primero que noté. Eduardo es un chico guapo, todas las chicas de la universidad lo saben y él lo sabe; es seguro de sí mismo y en su actitud lo demuestra. Creo que la única inseguridad que puede tener es su acné, pero aun con eso siempre luce bien.
Él se levanta; ni siquiera supe cuándo me senté en el suelo y recargué mi espalda en la pared; tampoco noté cuándo se agachó para ayudarme.
Me tiende su mano y me sonríe.
—Es hora de irnos antes de meternos en más problemas.
—Creo que tienes razón —le devuelvo la sonrisa y tomo su mano para levantarme.
—Vamos a casa, Miriam.
***
Me despierto, estoy en mi cama con mi pijama puesto. Me volteo a los lados; pensé haber escuchado algo. Agarro mi celular, son las 3 de la mañana, cierro mis ojos y me dejo caer en la cama de nuevo.
Antes de siquiera intentar dormir, escucho el ruido que me despertó. Un golpe a mi ventana. Frunzo el ceño, confundida. Son las 3 de la mañana y no tengo amigos que hagan ese tipo de locuras; ni idea de quién pueda estar golpeando mi ventana.
Me levanto, me pongo mis chanclas de vaca y, antes de abrir mi ventana que da hacia la calle, me asomo por esta.
Me sobresalto porque escucho otro golpe. ¿Una piedra?
Abro la ventana y logro visualizar a la persona detrás de esto.
No. Puede. Ser.
Yaneth.
La chica de hace rato que defendí de su ex tóxico, la crush de Eduardo.
Está sola en medio de la calle, tiene una sonrisa en toda la cara y a simple vista parece borracha; su cabello está despeinado y su ropa está sucia, como si se hubiera caído en un charco de lodo o algo así. ¿Qué hace aquí?
—Miriam, ¿a qué bajas a hacerme compañía? —me dice en un tono bajo y una sonrisa pícara, como si fuera un secreto que estuviera aquí, pero entendible para escucharlo desde el segundo piso del departamento.
—¿Qué haces aquí? —susurro yo también para no llamar la atención de ninguno de mis rommies.
—¿No me vas a hacer compañía? Que estoy aquí solita, que no ves... —Hace un puchero y hasta pienso que se le van a salir las lágrimas.
Pienso un poco, esto es una locura, pero tampoco quisiera dejarla sola y que le pase algo malo.
—Ya bajó —le susurró antes de cerrar la ventana.
Me cambio mis shorts por un pantalón de pijama de gatitos y me pongo un suéter para el frío; las noches aquí son frescas.
Abro la puerta de mi habitación sin hacer mucho ruido, bajo las escaleras y abro la puerta que da hacia afuera, intentando no hacer nada de ruido; el cuarto de Eduardo está abajo y no quisiera preocuparlo.
Logré con éxito que nadie se diera cuenta de que salí. Al voltear hacia los lados, encontré a Yaneth sentada en la banqueta, cabeceando porque seguro tiene sueño.
Me acerco y me siento al lado de ella y la observo un poco. Ella sin duda es bonita, es de las pocas chicas que me han resultado bonitas; tiene su pelo castaño y despeinado, casi llegando a la cintura; su maquillaje está un poco corrido, pero eso no la hace ver mal; se sigue viendo linda, sus mejillas están más rojas de lo normal y su olor me indica que está borracha.
Pico con mi dedo su brazo y ella despierta de su sueño. Me voltea a ver y es como si hubiera visto a Jesús o a Moisés.
—¡Miriam! —se abalanza hacia mí para abrazarme.
Jamás he manifestado un exceso de abrazos; únicamente abrazo a aquellos con quienes tengo confianza. Por lo tanto, me encuentro tensa; no disfruto de abrazos o contacto físico inesperado.
—Hola. —Sonrió un poco para que no se dé cuenta de que me incomoda lo que hizo, aunque dudo que se dé cuenta de eso.