Yaneth.
Después del abrazo, nos dirigimos las dos a la cancha. Yo camino con el corazón pegado en la garganta y tratando de no derretirme cada que la veo mover el cabello hacia atrás. ¿Cómo es posible que alguien se vea tan bonita incluso cuando está nerviosa?
Solo Miriam puede.
Al llegar, mis compañeras nos miran curiosas. No creo que sea ningún problema que sea la portera, ya que Lara es nuestra portera y justo se le dio por no venir.
—Traje a la solución— levanto mis brazos señalando a Miriam, mientras mis manos hacen manos de jazz y muestro la sonrisa menos nerviosa que puedo mostrar.
—¿Va a jugar?— pregunta Rebeca en voz baja, como si Miriam fuera una celebridad.
—Va a ser portera— digo con orgullo. Como si yo hubiera hecho un milagro, esperando que mis nervios no se noten.
Miriam levanta una mano tímida, como saludando al salón un día de exposiciones.
—No prometo nada— advierte.
Mis compañeras la miran de arriba abajo; escucho susurros, mas no logro descifrar qué es lo que están diciendo.
—Está bien, es mejor a perder por default— dice Alice, la mejor jugadora del equipo, la número 10—. ¿Alguna vez has jugado?
Miriam niega con la cabeza, mientras hace unos sonidos de negación. Casi me recordó a Burro de Shrek diciendo "Nones". Solo le faltó eso.
—Bueno, intentaremos que no pasen— suspira y pone una mano en el hombro de Miriam.
Esa acción me hace fruncir el ceño y voltear hacia eso de inmediato. Para mi gran e indignada sorpresa, Miriam le devuelve la sonrisa.
Kheeeeeeeee.
Conmigo ella siempre está a la defensiva y haciéndome burla. ¿Por qué con ella es amable?, ¿será que le gustó?, ¿será que yo no soy tan importante? Obvio, nos acabamos de conocer hace un mes y apenas hablamos bien, pero pensé que al menos podíamos ser amigas sin llevar a nada más. Yo pensé...
Un toque en mi hombro hace que mis pensamientos paren. Volteo hacia la persona y veo una linda sonrisa en su rostro, dedicada para mí.
—Haré mi mayor esfuerzo, no estés nerviosa— me dice Miriam. Esas palabras hacen que mi corazón se acelere y mis mejillas se tiñan de un color carmesí. Le devuelvo una sonrisa más segura.
¡Lo vamos a lograr!
Alex se acerca también. Cruza los brazos y nos sonríe, pero siento que la sonrisa va más para Miriam que para cualquiera de nosotras. Su sonrisa es coqueta, como siempre, esa que usa cuando quiere molestarme.
—¿Listas para fallar estrepitosamente?— dice.
Yo lo golpeo con el codo y él finge que le dolió.
—Alex, cállate. Ve a fastidiar a otro lado, ya va a empezar el partido.
Miriam se ríe.
Ella se ríe.
Y por un segundo siento que me quedo sin aire.
—No pasa nada— responde ella—. Estoy consciente de que hoy vengo a humillarme.
—No te vas a humillar— digo rápido, alzando la voz más de lo que quería—. O sea... te va a ir bien. Te vamos a cubrir. Literal, solo tienes que evitar que entre el balón y ya.
Miriam levanta una ceja.
—Ah, solo eso. Facilito— dice, sarcásticamente.
Y yo quiero desaparecer en ese instante porque no sé si la estoy ayudando o asustando.
***
Cuando ya estamos a punto de iniciar, le presto mis guantes que usaba en los entrenamientos.
A mí jamás se me dio la portería.
No puedo evitar fijarme en cómo sus manos encajan en ellos, cómo se aprieta las muñecas para ajustarlos.
Me observa.
—¿Sí me quedan? —pregunta.
Y yo siento el cerebro reiniciarse como Windows.
—Te... te quedan perfectos— logro decir.
Ella sonríe de lado; esa sonrisita suya va a arruinar mi vida.
Ella se acerca un poco a mí. Siento que su respiración golpea en mi cuello y hace que se me vaya el aire de una manera muy vergonzosa. Cierro los ojos por inercia, esperando a que diga lo que tenga que decir.
—Gracias, macetita.
Y eso rompe la magia. Hago un puchero, veo su sonrisa en sus labios y, antes de que le diga algo, escapa hacia la cancha.
Sin más que hacer, me dirijo con ella y el equipo.
—Bueno, chicas— digo para que ellas me escuchen. Todas voltean a verme, pero la única mirada que me quema es la de ella. Respiro, intentando concentrarme—. Este día es para divertirse, entonces den lo mejor de sí.
Levanto mi mano hacia enfrente; todas empiezan a hacer lo mismo, formando un círculo. Pero queda un espacio y volteo a verla.
—Vamos, Miriam— veo duda en ella y eso me hace fruncir el ceño, algo raro...—. Estás en la lista, eres del equipo, vamos.
Ella, sin mucha seguridad, nos imita.
—A la cuenta de tres, gritamos: Las Perlas.
—1, 2, 3 — y gritamos en unísono — ¡Las Perlas!
***
El silbato suena.
El partido empieza.
Miriam se va corriendo a la portería con pasos torpes, tratando de no caerse. Aun así, se ve increíblemente bien con el uniforme de Lara que le prestamos; le queda justo a la medida.
La pelota rueda, el equipo contrario empieza a avanzar y mis nervios se disparan.
—¡Cubran, chicas!— grito.
Rebeca ataja un pase, manda el balón y corro con todas mis ganas. Escucho a Miriam gritar algo que no entiendo, pero que suena a "¡Dale, Yaneth!".
Y aunque no debería emocionarme tanto, lo hace.
***
Minuto ocho. Es el primer tiro que logra conseguir el otro equipo.
La delantera contraria le pega con fuerza. El balón va directo hacia la portería.
Yo giro para ver.
Miriam abre los ojos como si le hubieran apuntado con una pistola; se ve el pánico en cada expresión de su cara.
Me pongo nerviosa de inmediato, no por si perdemos, sino por ella...
Y aun con sus nervios, ella levanta las manos y la pelota le pega directo a las palmas...
Ella retrocede dos pasos. Casi se cae, pero no se cae.
El equipo se queda callado por medio segundo y es cuando escucho a Alex gritar desde nuestras bancas:
—¡NOOOO MAMES, LA CACHÓ!
Siento una sonrisa crecerme sola en la cara. Miriam voltea hacia mí, sorprendida, como si ni ella se creyera lo que hizo.