entre Coronas y destinos

El gran baile del sol

capítulo I

Los primeros rayos del alba apenas rozaban las murallas de Astravia cuando las campanas imperiales comenzaron a sonar. Su eco atravesó la capital como una orden imposible de ignorar. Comerciantes abrían sus puestos con apresurada emoción, los artesanos colgaban estandartes dorados en los balcones y las calles se llenaban de soldados que vigilaban cada esquina con una disciplina impecable.

No era un día cualquiera.

Cada cuatro años, el Imperio de Astravia abría las puertas de su palacio para celebrar el Gran Baile del Sol, una tradición tan antigua como la propia corona. Reyes, príncipes, duques y embajadores recorrían cientos de kilómetros para asistir a una sola noche de festejos. Entre música y sonrisas nacían alianzas, se rompían pactos y se decidía el destino de reinos enteros sin necesidad de desenvainar una espada.
Desde el balcón más alto del palacio, Kaelian Velmor observaba la ciudad despertar.

Vestía un uniforme negro bordado con hilos dorados y una capa blanca descansaba sobre sus hombros. El viento agitaba su cabello plateado mientras sus ojos, de un intenso tono dorado, seguían el interminable desfile de carruajes que cruzaban las puertas de la capital.

—Todo está listo, alteza —

informó un guardia inclinando la cabeza—.

Las delegaciones han comenzado a llegar.
Kaelian asintió sin apartar la vista del horizonte.

—¿Cuántas faltan?

—Tres reinos y dos ducados.
Un leve silencio se instaló entre ambos.

—Entre ellos, Lyrian.
El príncipe no respondió. Apenas apoyó ambas manos sobre la fría piedra del balcón mientras contemplaba el puerto imperial. Decenas de embarcaciones permanecían ancladas junto a los muelles, recordándole por qué Astravia era considerada la nación más poderosa del continente.

Aquel día no le interesaban los títulos, las riquezas ni los interminables discursos que tendría que escuchar. Había aprendido desde niño que ser heredero significaba sonreír cuando era necesario y callar cuando convenía.

Detestaba los bailes.

Los nobles fingían amistad con quienes despreciaban, los músicos repetían las mismas melodías año tras año y cada conversación escondía un interés político. Todo parecía una obra de teatro donde nadie mostraba su verdadero rostro.

—Su prometida ha preguntado por usted dos veces esta mañana —añadió el guardia.

Kaelian dejó escapar una risa casi imperceptible.

—Entonces procura que no haya una tercera.

El hombre bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
En otra parte de la ciudad, una larga caravana avanzaba lentamente por la avenida principal. Los caballos levantaban pequeñas nubes de polvo mientras los habitantes se detenían para observar el desfile de banderas extranjeras.

Dentro de uno de aquellos carruajes, una joven levantó apenas la cortina de terciopelo.
Fue suficiente.

Las enormes torres blancas del palacio aparecieron frente a ella como si hubieran nacido entre las nubes. Nunca había visto una ciudad tan inmensa. Ni siquiera las historias que escuchó durante su infancia lograban hacer justicia a semejante lugar.

—¿Es esa... la capital? —preguntó en voz baja.
La mujer sentada frente a ella sonrió con ternura.

—Bienvenida a Astravia.
La joven volvió a mirar por la ventana sin poder ocultar el asombro.

No imaginaba que, antes de que terminara aquella noche, aquel lugar dejaría de ser un recuerdo hermoso para convertirse en el origen del mayor secreto de su vida.



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Editado: 13.07.2026

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